Ni venganza ni perdón
Hay libros que se leen como memoria; otros se leen como advertencia. Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer García, pertenece claramente a la segunda categoría: no tanto por lo que narra, sino por lo que revela sobre el ejercicio del poder cuando empieza a acostumbrarse a que nadie lo contradiga.
escrito por: Nizaleb Corzo
Sería fácil —y tentador— reducirlo a un conflicto entre élites. Pero esa lectura es cómoda y superficial. Lo interesante del libro no es el pleito; es el mecanismo. Funciona como un espejo: cada lector ve lo que quiere ver… y a veces lo que preferiría no reconocer.
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Desde mi experiencia trabajando tanto con empresas como con instituciones públicas, hay algo que he aprendido: en México el poder tiene una cualidad notable. Cambia de manos, cambia de discurso, cambia de estética… pero rara vez cambia de instinto. Ese instinto es simple: concentrar, disciplinar, controlar el relato y —cuando se puede— también las palancas institucionales.
Desde mi paso por Petróleos Mexicanos entendí algo esencial sobre el poder público: puede rotar entre lo técnico y lo político, puede cambiar de administraciones y estilos, pero cuando el Estado funciona, nunca pierde de vista su core business. En Pemex eso era claro: producir petróleo, refinar y distribuir. Las tensiones existían —siempre existen—, pero había una conciencia compartida de propósito. Esa experiencia me dejó una lección que hoy echo de menos en muchos espacios: cuando la narrativa empieza a pesar más que la operación, y la política más que el resultado, el problema no es ideológico… es gerencial.
Y quizá por eso el libro incomoda. Porque muestra qué ocurre cuando el foco se desplaza del desempeño institucional al control del relato.
La sátira aquí es inevitable. Vivimos en un país donde la institucionalidad se invoca con solemnidad… hasta que estorba. Donde se exige respeto a la ley, pero la ley suele entenderse como “respeto a mi interpretación”. Donde la justicia, como concepto, es universal; y como práctica, a veces parece tener geografía y calendario.
Y no, esto no es un señalamiento partidista. Es más incómodo que eso: es estructural. México ha sido consistente a lo largo de distintas administraciones en algo muy específico: cuando el poder se siente fuerte, se vuelve pedagógico. Y cuando se vuelve pedagógico, empieza a “enseñar” con el ejemplo… o con el escarmiento.
Ahí es donde el libro se vuelve verdaderamente útil: como recordatorio de que la frontera entre política y justicia es delicada. No porque los funcionarios no deban rendir cuentas —deben— sino porque un Estado moderno no puede permitirse que la rendición de cuentas se perciba como herramienta de coyuntura. La justicia selectiva, aunque venga bien narrada, suele ser una inversión de corto plazo: genera aplausos hoy, pero cobra desconfianza mañana.
Y la desconfianza no es un concepto abstracto. Es profundamente económica.
La confianza institucional es la autopista invisible por la que circulan inversiones, proyectos, empleo y desarrollo. Cuando esa autopista se deteriora, todo se vuelve trámite, sospecha y “por si acaso”. Se encarece el país. Se encarece el gobierno. Se encarece el ciudadano. Y se encarece incluso la buena fe.
Por eso vale una lectura pragmática del libro: no como documento de moralidad personal, sino como radiografía de una tensión permanente en México —la tentación de gobernar más con narrativa que con institución.
Porque la narrativa es seductora: ordena el mundo en buenos y malos, simplifica, moviliza, emociona. La institución, en cambio, es aburrida: exige reglas, límites, procesos y contrapesos. La narrativa gana aplausos; la institución produce resultados. La narrativa construye fe; la institución construye país.
La pregunta, entonces, no es quién tuvo razón en tal episodio o quién traicionó a quién. La pregunta de fondo es otra: ¿qué incentivos construimos para que el poder —sea del color que sea— entienda que la fortaleza no se demuestra doblando instituciones, sino respetándolas?
En América Latina conocemos bien este ciclo: líderes fuertes, Estados frágiles y sociedades emocionalmente movilizadas. México no es la excepción. Nos hemos acostumbrado a una política cargada de épica y pobre en ingeniería institucional. Mucha consigna, poca arquitectura. Mucha moral pública, poca capacidad operativa.
Lo más inteligente que puede hacer el país no es elegir entre venganza o perdón como temperamento político. Lo más inteligente es elegir previsibilidad: reglas claras, procesos sólidos y un Estado que no se tome personal lo que debe ser institucional.
Al final, el libro deja una enseñanza incómoda: en México el poder rara vez se pregunta cómo fortalecerse institucionalmente, pero siempre sabe cómo hacerse sentir. Cambian los estilos, cambian los discursos, cambian las consignas… pero la tentación permanece intacta. Y mientras sigamos creyendo que gobernar es narrar, que administrar es emocionar y que liderar es polarizar, seguiremos atrapados en el mismo ciclo elegante: mucha épica, poca arquitectura del Estado.
Porque la verdadera modernidad no está en la retórica ni en los gestos simbólicos. Está en algo mucho menos espectacular: un gobierno que funcione incluso cuando nadie está aplaudiendo
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