Todos los gobiernos apuestan a que las economías mejorarán en sus periodos de mandato, y casi todos sobre estiman los resultados esperados, pero el gobierno mexicano destaca por pretender que sus logros serán mayores a los que dicen las tendencias y los pronósticos basado en datos y modelos. Esta temporada está dando buenos ejemplos: el comportamiento económico va de mal a peor, pero las autoridades hacen como si nada pasara, como tratando de conjurar el mal, como si la negación fuera suficiente para resolver el problema.
Escrito por: Enrique Provencio D.
La tradición dice que para mejorar las expectativas de quienes invierten, producen, intercambian, consumen, solicitan o dan créditos, es decir, de todos o de la inmensa mayoría, se requiere dar indicios positivos para el futuro cercano. Se trata de que el empleo y el consumo no bajen, que se sigan creando o ampliando empresas, es decir, que las actividades sigan mejorando, o, al menos, que no se reduzcan. Las señales son tanto económicas como factuales o políticas. Entre las primeras están, por ejemplo, las tasas de interés, entre las segundas, los mensajes que dan certidumbre en la seguridad, la estabilidad y la confianza.
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Apuntalar las expectativas positivas es parte del trabajo obligado de los gobiernos, no solo con el manejo instrumental de la economía, sino también con pedagogía política para convencer a la sociedad de que hay un proyecto de futuro para el desarrollo, y la modulación de las alianzas para llevarlo a cabo, con el empresariado, los trabajadores, los bancos, los productores agrícolas, los gobiernos estatales y de las principales ciudades, con los medios de comunicación, con toda la sociedad, en resumen.
Recordando al clásico: Keynes decía que lo que hacemos positivamente depende no solo de los cálculos económicos, hedonistas o morales, sino también, y a veces de forma determinante, del optimismo o de los resortes espontáneos, de los espíritus animales y su inestabilidad. Los espíritus keynesianos no tienen relación con el pensamiento mágico. Ya se sabe que las expectativas no son necesariamente racionales, que más bien son adaptativas, y que muchas veces son caprichosas. Los estudios contemporáneos del comportamiento han descubierto la complejidad de las motivaciones que guían las decisiones, influenciadas tanto por las acciones informadas como por los sesgos cognitivos.
Pues bien, lo que parece ocurrirnos es que, si alguna vez sucedió, ya se agotó la capacidad para apuntalar las expectativas solo con el intento de asegurar que todo iría bien o podía ir mejor. Esto no produce optimismo en quienes pueden invertir, y tampoco confianza en los consumidores, como para arriesgar decisiones de medio o de largo alcance. No deja de ser una paradoja, pues las mejoras redistributivas, la reducción de la pobreza, los aumentos salariales y el fortalecimiento del consumo son muy buenas noticias en un país que durante décadas sacrificó el poder adquisitivo de la mayoría de la población.
Todas estas mejoras son un éxito, indudablemente, que explica la mayor parte del apoyo político que sigue teniendo el actual gobierno, pero no han sido suficientes para cambiar las expectativas y las dinámicas económicas, a pesar de que la mayor capacidad de consumo, en teoría, asegura una demanda que favorece la expansión económica interna y compensa la demanda externa. Hasta ahora, y en lo que va de 2025, por cierto, las exportaciones han seguido al alza a pesar de la inestabilidad y las medidas proteccionistas en Estados Unidos. Pero las teorías económicas no suelen ser tomadas muy en cuenta, y el hecho palpable es que el retroceso y la insuficiencia de la inversión, sigue atorando el crecimiento económico, lo que pone en riesgo los avances sociales ya mencionados.
Las señales de debilitamiento económico empezaron a notarse desde fines de 2023, y empeoraron a principios de 2025. La insistencia gubernamental ha sido que los tropiezos son temporales, que pronto se superarán los problemas. Todas las estimaciones que apuntaban a un declive de más alcance fueron descalificadas como malintencionadas, no solo como defectuosas técnicamente. Al Fondo Monetario Internacional y a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico se les denostó como instituciones maliciosas. Cuando se presentó en septiembre pasado el pronóstico de crecimiento económico para 2025, el dato oficial duplicaba al resto de las estimaciones. Mientras tanto, el empleo seguía bajando y la confianza continuaba a la baja, no solo la de los inversionistas o de los expertos técnicos, sino la general, la que se mide sistemáticamente en la población abierta.
La negación de las evidencias es algo muy diferente al esfuerzo por mejorar las expectativas y por influir en el ánimo, por domar los espíritus animales. Es un empeño voluntarista que pretende reorientar la realidad con la invocación política. La palabra performativo todavía no aparece en el diccionario de la Real Academia Española, aunque se utilice con frecuencia. Su uso original en la lingüística y en las artes se ha distanciado de su aplicación como recurso político, para denotar el empeño en mejorar la realidad con el simple recurso de invocar la mejora, con asegurar que las cosas van bien. Y no, como lo anunció hace poco el Banco de México, vamos mal, con un crecimiento para 2025 que no llega siquiera a un tercio del esperado y anunciado por la Secretaría de Hacienda. Política económica performativa.
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