Rolando Cordera. Imaen tomada de redes sociales.
Mi General, Raúl Fuentes Aguilar, escribió un libro, titulado “Constructores de México”. Aludo a ese título porque no hay duda de que el Dr. Rolando Cordera Campos es una de las personas que han contribuido de manera sumamente importante a la construcción del México de los últimos 60 años.
La Facultad de Economía de la UNAM, donde es Profesor Emérito, le entregó recientemente un reconocimiento por sus 55 años de enseñanza en sus aulas, donde ha contribuido a formar a decenas de generaciones, y sin duda, es uno de los universitarios ejemplares que con el paso del tiempo se han convertido, en su sentido más amplio, en maestro de maestras y maestros.
A lo largo de los años, es claro que si algo se encuentra en el centro del pensamiento de Rolando Cordera es una indeclinable convicción de que las personas tenemos el derecho al desarrollo, entendido como un proceso integral que puede permitirnos el acceso a la justicia social, es decir, a todo aquello que necesitamos como satisfactores físicos y mentales, para una vida con posibilidades de realización; y que, para conseguirlo, es indispensable, como uno de sus presupuestos más elementales, la existencia de regímenes plenamente democráticos.
Rolando Cordera ha sido, sobre todo, un arquitecto de ideas, un intelectual público que ha sostenido, con notable coherencia, una crítica rigurosa a los límites de un modelo económico centrado en el crecimiento sin equidad, y una defensa lúcida de los principios de justicia social y responsabilidad del Estado.
En efecto, por encima de cualquier categoría académica o filiación ideológica, lo que distingue la obra de Rolando Cordera es su honda vocación humanista. En cada una de sus propuestas subyace una preocupación genuina por el sufrimiento evitable de las personas, y una aspiración constante por construir horizontes de vida digna para todas y todos. Su apuesta por “hacer buena política” es una forma de comprometerse con el ejercicio ético, racional y dialogante. Cordera ha defendido, con palabra serena y acción constante, que el desarrollo no puede ser una promesa vacía sino una realidad compartida.
En un país como el nuestro, que lleva más de cuatro décadas atrapado en un estancamiento económico estructural, las ideas de Rolando Cordera resultan no solo pertinentes, sino urgentes. Frente al discurso tecnocrático que redujo la política económica a la administración de la escasez, Cordera ha insistido en que el desarrollo requiere una transformación profunda de las condiciones materiales de vida de la población.
Esta visión adquiere aún más relevancia en el contexto actual, donde el crecimiento económico de los últimos siete años tiende a cero, mientras se consolidan formas de gobierno autoritaria que desprecian el diálogo técnico, la evidencia empírica y los contrapesos institucionales. En efecto, no hay desarrollo posible sin un Estado que garantice derechos y sin una ciudadanía con capacidad real de ejercerlos.
Desde sus múltiples acciones públicas, incluyendo su labor como legislador, militante político, y su participación en diversos consejos y movimientos ciudadanos, Cordera ha buscado articular pensamiento y acción, con un compromiso ético que se resiste a la banalización del presente. Ha sido, a lo largo de todo este tiempo, un universitario en el sentido más profundo del término: alguien para quien la crítica, la generación de pensamiento y la deliberación son tareas públicas que no admiten dilaciones.
Una de las ideas más consistentes que ha desarrollado Cordera es la crítica al concepto de “modernización” desvinculado de la equidad. Para él, no puede hablarse de progreso si no incluye la superación de la pobreza, la desigualdad y la exclusión. Así, la economía no debe concebirse como una técnica neutral, sino como una práctica social y política que debe estar al servicio de la dignidad humana.
Otra aportación clave en su pensamiento ha sido la revaloración del papel del Estado como garante de derechos y como promotor de un desarrollo incluyente. Frente a las visiones que reducen al Estado a un mero facilitador del mercado, Cordera ha sostenido que, sin un Estado fuerte, democrático y legítimo, no es posible articular políticas sostenibles de inclusión social. En este marco, ha abogado por una política económica que se base no solo en la estabilidad, sino en la expansión de oportunidades reales para los sectores históricamente marginados.
Finalmente, otra de sus preocupaciones ha sido la defensa de la universidad pública como espacio de pensamiento crítico y compromiso social. Cordera ha visto en la UNAM no solo un centro de formación profesional, sino un actor clave en la lucha por la justicia social en México. Desde esta convicción, ha impulsado un modelo de investigación transdisciplinaria y comprometida con los problemas reales del país, como lo demuestra su impulso al PUED o al Grupo Nuevo Curso de Desarrollo.
Reconocer sus 55 años de enseñanza no es solo celebrar una trayectoria ejemplar, sino destacar una presencia constante en la vida intelectual del país: una presencia que ha insistido en que el desarrollo no es un regalo del mercado, sino una construcción histórica que exige Estado, ciudadanía activa y justicia distributiva.
Tal vez por eso su voz no siempre ha sido cómoda para los oídos del poder, y, sin embargo, ha sido indispensable. Su magisterio no se ha limitado al aula, porque ha estado en el espacio más amplio de lo público, donde se forjan las preguntas esenciales de nuestro tiempo. En ese sentido Cordera ha sido un tejedor de posibilidades para pensar un país más justo, más igualitario y, sobre todo, más humano.
Investigador del PUED-UNAM
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