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Temporada de idiotas

Vivimos una temporada de idiotas. No en el sentido vulgar del insulto, sino en el antiguo y profundo sentido griego del término idiotés: aquel que, encerrado en sí mismo, rehúye la comunidad, desprecia el diálogo, renuncia a lo político. Esta figura -el idiota- se ha apoderado hoy de los tronos, de las cámaras legislativas, de los micrófonos del mundo. No gobiernan estadistas, sino idiotas con poder; no conducen los pueblos pensadores de la acción, sino heraldos del ego, de la pulsión de muerte y del espectáculo.

Escrito por:  Saúl Arellano

Lo que se revela es que, en el fondo, Occidente no ha abandonado nunca su impulso fanático. Lo que parecía superado -la guerra, el autoritarismo, el fascismo- es solo la respiración profunda de una lógica sistémica que, como señaló Heidegger, se despliega desde la técnica como forma de dominación del ser y de su aparecer en el mundo. La técnica y el poder, en alianza, ya no construyen puentes hacia la paz, sino máquinas de exterminio, alianzas de destrucción, discursos de odio, fronteras de muerte.

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La historia ha sido escrita por los vencedores, como lo mostró Walter Benjamin, pero hoy los vencidos ni siquiera tienen tumba. Gaza, Ucrania, Haití, Yemen, el Congo, Sudán: la tierra está llena de cadáveres que no interpelan a la conciencia mundial, sino que son apenas cifras que alimentan el algoritmo del conteo de la devastación. La temporada de idiotas es también la temporada del olvido, de la cancelación del otro como rostro, como carne, como existencia. Y en esa cancelación se revela la dimensión más perversa del poder: su capacidad de convertir al ser humano en simple material fungible del orden.

El nuevo idiota no es apolítico por ignorancia, sino por cálculo. Se viste de mesías, grita que encarna la voz del pueblo, pero no escucha a nadie. Promete orden, pero cultiva el caos. Su fuerza no está en la verdad, sino en la repetición de la mentira. Lo que asombra no es su existencia, sino su proliferación como norma. Hoy, las instituciones que debían proteger la pluralidad y la justicia están cooptadas por esa misma lógica: Parlamentos convertidos en teatros de gritos; el periodismo, en fábrica de propaganda; la justicia, en brazo ejecutor del poder.

No se trata, pues, de preguntarse cómo es posible que esto ocurra en pleno siglo XXI -esa es la ingenuidad que Benjamin denunció como falsa conciencia-, sino de asumir que esto ocurre porque así está organizado el mundo. El idiota en el poder no es un error del sistema: es su cumplimiento. Y mientras no enfrentemos ese fondo estructural, seguiremos condenados a repetir las mismas catástrofes con nuevos pretextos y con nuevas lágrimas inútiles.

Lo urgente no es una nueva política; es una nueva forma de ser en el mundo. Una que reconozca al otro como prójimo. Una que arranque de raíz la idiotez institucionalizada y abra, por fin, el tiempo de lo humano. Porque esta temporada de idiotas solo terminará cuando asumamos que no hay libertad sin alteridad, ni futuro sin memoria.

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