Trump
El segundo mandato de Donald Trump es el paso del populismo insurgente al populismo sacrificial de régimen. En 2016, Trump irrumpió como figura antisistema; en 2020-2021 convirtió la derrota electoral en humillación colectiva; en 2024-2025 regresó como víctima vindicada, es decir, como líder que ya no sólo promete representar al pueblo, sino purificarlo de sus enemigos. La estructura es populista porque divide la sociedad entre un “pueblo” supuestamente auténtico y una serie de adversarios convertidos en enemigos: élites, burócratas, jueces, fiscales, periodistas, inmigrantes, minorías, universidades, organismos internacionales, aliados ingratos y potencias rivales. Pero esa división no funciona sólo como programa político. Funciona como mecanismo sacrificial: una comunidad en crisis encuentra alivio provisional al concentrar su resentimiento sobre víctimas designadas.
Escrito por: Jorge Federico Márquez Muñoz
El segundo trumpismo es una tecnología política de canalización mimética del conflicto. La sociedad estadounidense llega a este nuevo ciclo cargada de rivalidades, desigualdades, pérdida de estatus, polarización mediática, resentimiento racial, ansiedad cultural y desconfianza institucional. Trump no resuelve esas tensiones: las simplifica. Las traduce en una escena moral donde el pueblo ha sido despojado por culpables identificables. La complejidad social se transforma en acusación; la crisis se vuelve robo; el adversario se vuelve enemigo; la política se vuelve persecución de responsables. Ahí está el corazón sacrificial del trumpismo: ofrece unidad a través de la exclusión.
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Maggie Haberman ofrece una clave fundamental para entender la continuidad entre el Trump empresario, el Trump televisivo, el Trump presidente y el Trump de retorno. En Confidence Man, Trump aparece como una figura formada por la autopromoción, la repetición, la manipulación de la atención y la búsqueda permanente de dominio. Haberman resume uno de sus principios de funcionamiento: “si dices algo muy a menudo se coniverte en verdad” (Haberman, 2022, p. 8). Esa frase permite leer la Gran Mentira electoral no como simple falsedad, sino como verdad mimética: no importa sólo si corresponde a los hechos; importa que, repetida por el líder y aceptada por la comunidad, produzca pertenencia. Quien cree que la elección fue robada demuestra fidelidad; quien no lo cree queda fuera del “pueblo” trumpista.
Aquí comienza la dimensión sacrificial. Según Haberman, después de perder en 2020 Trump “atacó el proceso democrático que lo llevó al poder en primera instancia” y durante semanas insistió, sin pruebas, en que las boletas contra él eran fraudulentas (Haberman, 2022, pp. 12-13). La derrota no se acepta como alternancia democrática, sino que se convierte en escándalo: una herida que exige culpables. El líder derrotado no asume responsabilidad; desplaza la culpa hacia funcionarios electorales, jueces, demócratas, medios, republicanos desleales y el “deep state”. La democracia depende de aceptar la derrota; el populismo sacrificial necesita convertirla en robo.
Thom Hartmann describe el 6 de enero como escena originaria del nuevo ciclo. “No parecía el fin de la democracia. Parecía solo un martes más”, escribe al recordar el asalto al Capitolio (Hartmann, 2025, p. 9). La frase es decisiva porque desdramatiza el colapso: la democracia no muere necesariamente con tanques, sino también con multitudes convencidas de que restauran una verdad robada. Hartmann describe letreros como “Jesus is My Savior, Trump is My President” y “1776”, que transforman el ataque institucional en rito patriótico-religioso (Hartmann, 2025, p. 9). La violencia aparece así como restauración; el agresor se imagina víctima; el líder que perdió se vuelve mártir; la multitud que interrumpe la certificación se siente defensora de la soberanía.
El mecanismo del chivo expiatorio funciona cuando una comunidad en crisis encuentra alivio al concentrar su violencia en una víctima presentada como culpable. En el segundo trumpismo, esa víctima puede variar: inmigrantes, fiscales, jueces, periodistas, personas trans, burócratas, universidades, China, México o “globalistas”. Pero la función es la misma: ordenar el resentimiento. El populismo trumpista no elimina el conflicto; lo simplifica. En vez de explicar la crisis por desigualdad, precariedad, desindustrialización, polarización mediática o pérdida de confianza institucional, la traduce en una escena moral: “ellos” nos quitaron el país.
Hartmann señala que el proceso no empezó con violencia abierta, sino con “promesa seductora” según la cual “solo él podía arreglar lo que aquejaba a Estados Unidos” (Hartmann, 2025, pp. 9-10). Esta es la fórmula populista en estado puro: el líder no se limita a competir dentro de instituciones, sino que se presenta como mediador único entre el pueblo y su salvación. La democracia liberal distribuye autoridad; el populismo personalista la concentra. La democracia presupone que nadie encarna totalmente al pueblo; Trump afirma, en cambio, que sólo él puede repararlo todo. Por eso su segundo mandato mina la democracia: transforma los contrapesos en sabotaje, la crítica en traición y el pluralismo en conspiración.
Gideon Rachman inserta a Trump en la tipología global del “hombre fuerte”. En The Age of the Strongman, Rachman sostiene que estos líderes son nacionalistas, conservadores culturales, hostiles a minorías y discrepancias, y afirman defender al “hombre corriente” contra élites “globalistas” (Rachman, 2022, pp. 10-11). El segundo Trump encaja en ese modelo: culto a la personalidad, nacionalismo agresivo, desprecio por las mediaciones, hostilidad hacia periodistas y jueces, promesa de fuerza e identificación entre líder y nación. El subtítulo del libro de Rachman —How the Cult of the Leader Threatens Democracy around the World— resume el problema: cuando el líder se vuelve la medida de la nación, las libertades quedan subordinadas a su voluntad.
El populismo trumpista mina la democracia porque sustituye el pluralismo por unanimidad negativa. La comunidad no se une alrededor de instituciones compartidas, sino contra enemigos compartidos. La democracia necesita adversarios legítimos; el trumpismo produce enemigos ilegítimos. La democracia necesita prensa libre; Trump la reconfigura como “enemiga”. La democracia necesita jueces independientes; el trumpismo los presenta como conspiradores. La democracia necesita administración profesional; el populismo la llama “deep state”. La democracia necesita minorías con derechos; el populismo sacrificial las convierte en signos de decadencia. En todos los casos, una libertad concreta queda degradada por una narrativa de purificación.
Masha Gessen ya había formulado esta mutación como “tentativa autocrática”. El índice de Surviving Autocracy es casi una anatomía del trumpismo: “La tentativa autocrática”, “El rey de la realidad”, “La mentira de poder”, “La trampa del tuit”, “La normalización es (casi) inevitable”, “Resistir a la guerra de Trump contra los medios” y “La antipolítica del miedo” (Gessen, 2020, pp. 7-8). La expresión “rey de la realidad” es especialmente importante: el líder autoritario no sólo quiere mandar sobre instituciones; quiere mandar sobre el sentido. La libertad se erosiona cuando el poder político exige que los ciudadanos acepten su versión de la realidad como prueba de lealtad.
La mentira de poder mina la libertad de pensamiento porque ya no se dirige a convencer racionalmente, sino a disciplinar. En el segundo trumpismo, la Gran Mentira funciona como sacramento político: aceptar que “nos robaron” es pertenecer. Por eso el trumpismo no necesita abolir de inmediato todas las libertades; basta con cambiar el costo social e institucional de ejercerlas. El periodista que investiga puede ser tratado como enemigo; el juez que limita al Ejecutivo, como traidor; el académico crítico, como corruptor; el funcionario profesional, como infiltrado; el migrante, como invasor. La libertad formal subsiste, pero la libertad efectiva se enfría.
Andrew Marantz muestra la infraestructura comunicativa de ese enfriamiento. En Antisocial, describe cómo las redes sociales prometieron conectar horizontalmente a la sociedad, pero terminaron siendo “los instrumentos de difusión de la información más poderosos en la historia del mundo” sin que los nuevos guardianes reconocieran plenamente su responsabilidad (Marantz, 2019, p. 8). Marantz observa que ideas marginales podían pasar de memes a Twitter, de ahí a Drudge Report, luego a Fox News y finalmente “en boca de Donald Trump” (Marantz, 2019, pp. 5-6). Ese circuito es mimético: una sospecha se vuelve meme; el meme se vuelve indignación; la indignación se vuelve identidad; la identidad se vuelve acción política.
La consecuencia es que el segundo trumpismo gobierna en un ecosistema donde la atención sustituye a la deliberación. Marantz habla de un paisaje en el que “personas inteligentes y bienintencionadas” son incapaces de distinguir “la simple verdad” de “informaciones falsas viralizadas” (Marantz, 2019, p. 8). Esa frase permite entender por qué el populismo trumpista mina la democracia desde abajo: no sólo captura instituciones; captura reflejos afectivos. La democracia requiere paciencia, mediación, confianza mínima, distinción entre hecho y opinión. El populismo digital exige reacción inmediata, humillación del rival, circulación de escándalos e identificación tribal.
La lectura se vuelve más directa cuando se observa la apropiación de Girard por parte de figuras del ecosistema trumpista, especialmente Peter Thiel y J. D. Vance. El problema no es que Girard conduzca necesariamente al trumpismo, sino que algunas categorías girardianas —deseo mimético, rivalidad, chivo expiatorio, crisis sacrificial— han sido reinterpretadas en clave estratégica, competitiva o reaccionaria. En esa apropiación, Girard deja de servir para desenmascarar la violencia sacrificial y pasa a ser usado como saber de minorías lúcidas que comprenden mejor que los demás la lógica del conflicto.
La cita de Paul Dumouchel sobre Vance es especialmente reveladora: “Es difícil reivindicar a Girard, quien cree fundamentalmente que la violencia está ligada a la exclusión, y al mismo tiempo acusar a los haitianos de comer perros” (Bullard, 2025, s. p.). La frase apunta al centro del problema: Girard no sirve para justificar el populismo, sino para desenmascararlo. Si la violencia está ligada a la exclusión, entonces el segundo trumpismo es populista precisamente porque organiza la comunidad por exclusión. Su operación básica consiste en decir: el pueblo está herido porque un grupo culpable lo amenaza; la solución es expulsar, castigar, deportar, disciplinar, silenciar o humillar a ese grupo.
Por eso el segundo mandato mina las libertades de manera específicamente populista. No las ataca en nombre de la dictadura, sino del pueblo. La censura se presenta como defensa contra la mentira mediática. La purga administrativa, como recuperación del gobierno popular. La presión sobre jueces, como lucha contra la corrupción. La hostilidad hacia universidades, como combate contra élites adoctrinadoras. La persecución migratoria, como protección de los ciudadanos. La restricción de derechos de minorías, como defensa de la familia o de la civilización. El populismo sacrificial no dice “destruyamos libertades”; dice “liberemos al pueblo de quienes abusan de la libertad”.
Woodward agrega la dimensión coercitiva de esa lógica. En War, aparecen frases de Trump como “¿No pueden simplemente dispararles?” y “Vamos a enviar las tropas”, asociadas a su deseo de usar la fuerza contra protestas y desorden interno (Woodward, 2024, pp. 323-325). La importancia de estas frases no está sólo en su brutalidad, sino en lo que revelan: para Trump, el conflicto político tiende a resolverse como problema de fuerza, no como disputa institucional. Cuando la protesta se vuelve amenaza sacrificial, el uso de tropas aparece como purificación del espacio público.
Así se entiende el paso de populismo a proyecto de régimen. El primer Trump podía todavía chocar con funcionarios, generales, jueces y asesores que limitaran sus impulsos. El segundo Trump vuelve con una lección: los límites son el enemigo. La democracia liberal se funda en límites; el populismo personalista los interpreta como traición. Por eso el segundo mandato no es simplemente una reedición del primero. Es una forma más consciente de poder: busca nombrar leales, castigar disidentes, intimidar mediadores, deslegitimar controles, reescribir derrotas y convertir agravios en obediencia.
El segundo mandato de Trump es populista porque pretende encarnar al pueblo contra sus enemigos; y mina la democracia y las libertades en tanto esa encarnación exige sacrificar mediaciones. Donde la democracia ve prensa, tribunales, burocracia, minorías, oposición y sociedad civil, el trumpismo ve obstáculos a la voluntad del líder-pueblo. Donde la democracia reconoce pluralismo, el trumpismo exige unanimidad afectiva. Donde la democracia acepta alternancia, el trumpismo denuncia robo. Donde la democracia protege derechos, el trumpismo busca culpables.
El peligro último no está sólo en una política pública determinada, sino en el mecanismo antropológico que organiza el conjunto: una comunidad ansiosa busca alivio y lo encuentra en linchar chivos expiatorios; es linchamiento, claro está, suele ser simbólico. Trump ofrece esas víctimas y por lo tanto el alivio. Les dice a sus seguidores que no perdieron estatus, seguridad o país por procesos complejos, sino porque alguien se los quitó. Les ofrece una lista de culpables y una promesa de restitución. Esa es la fuerza emocional del populismo sacrificial. Pero también es su veneno: una sociedad que se acostumbra a recuperar unidad mediante chivos expiatorios deja de ser una comunidad de ciudadanos y empieza a convertirse en una multitud en busca de víctimas.
La dimensión internacional del segundo trumpismo no es exterior a la lógica doméstica. Es su prolongación. Trump mina internacionalmente la democracia no sólo porque gobierne de manera iliberal dentro de Estados Unidos, sino porque convierte a la potencia que durante décadas pretendió ser garante —aunque de modo imperfecto e inconsistente— del orden liberal en un actor transaccional, coercitivo y cada vez más indiferente a la suerte de las democracias. El segundo trumpismo no equivale a un simple “retiro” estadounidense. Es una grave mutación: Estados Unidos deja de funcionar como respaldo normativo del pluralismo, las alianzas, la legalidad internacional y los bienes públicos globales, y comienza a comportarse como una gran potencia revisionista.
Trump traslada al plano internacional la misma lógica sacrificial que aplica en casa. Así como dentro de Estados Unidos convierte a jueces, periodistas, migrantes o burócratas en enemigos del pueblo, en el exterior convierte a aliados, organismos multilaterales, tratados, migrantes, potencias rivales y países débiles en objetos de acusación, presión o castigo. La política exterior deja de organizarse alrededor de normas compartidas y pasa a estructurarse alrededor del agravio: Estados Unidos ha sido engañado, saqueado, humillado, explotado. La consecuencia es una diplomacia de resentimiento, no de cooperación.
La primera forma en que Trump debilita la democracia internacional es destruyendo la autoridad moral de Estados Unidos como referente democrático. Alexander Cooley y Daniel Nexon lo formulan con claridad: aunque Estados Unidos siempre fue vulnerable a la acusación de hipocresía, su defensa de ciertos principios era poderosas; si los impulsos más transaccionales de Trump se vuelven política oficial, “Estados Unidos perderá un activo deteriorado, pero no insignificante, en su caja de herramientas de poder político internacional” (Cooley y Nexon, 2025).
Trump no sólo reduce la distancia entre Estados Unidos y las autocracias: vuelve intercambiables sus lenguajes. Si Washington deja de hablar de democracia, anticorrupción, derechos, pluralismo y legalidad, sus aliados ya no pueden justificar su alineamiento con Estados Unidos por valores compartidos; sólo queda la pregunta del precio: quién paga más, quién concede más, quién amenaza más.
La segunda forma de erosión es la conversión de las alianzas democráticas en relaciones de extorsión. Kori Schake recuerda que, desde la Segunda Guerra Mundial, el poder estadounidense descansó “sobre todo en la cooperación, no en la coerción”. Trump, por el contrario, sobredimensiona la fuerza unilateral de Washington y subestima que otros países pueden abandonar, erosionar o reconstruir el orden liderado por Estados Unidos. Su pregunta es decisiva: “¿qué pasa si el resto del mundo se adelanta a Washington y se retira antes de que Washington lo haga?” (Schake, 2025).
La democracia internacional no existe sólo como régimen interno de los Estados; existe también como red de confianza entre democracias. Cuando Trump amenaza a aliados, impone aranceles, condiciona garantías de seguridad y trata a socios como deudores morosos, destruye el tejido político que permite a las democracias coordinarse frente a autocracias.
Keohane y Nye explican este punto desde la teoría del poder. Trump privilegia la coerción y el pago, pero no entiende la “atracción”, es decir, el poder blando. Para ellos, “el poder es la capacidad de conseguir que otros hagan lo que uno quiere”, pero ese poder puede ejercerse por coerción, pago o atracción. Trump se obsesiona con la primera dimensión y descuida la tercera. De ahí la frase central: “El poder tiene tres dimensiones, y al ignorar la atracción, Trump está descuidando una fuente clave de la fortaleza estadounidense. A largo plazo, es una estrategia perdedora” (Keohane y Nye, 2025). Esto mina la democracia internacional porque las alianzas democráticas no se sostienen sólo por miedo a China o Rusia; se sostienen por confianza, legitimidad, afinidad institucional y credibilidad normativa.
La tercera vía de deterioro trumpista de la democracia es la normalización de un mundo de esferas de influencia, donde los fuertes hacen lo que quieren y los débiles negocian su supervivencia. Hal Brands señala el peligro de que Trump conciba la política mundial como un juego de “Estados fuertes y gobernantes fuertes” capaces de actuar casi sin límites. Su advertencia es tajante: “El mayor riesgo de su segundo mandato […] no es que abandone el orden liberal. Es que convierta a Estados Unidos en cómplice activo de su desaparición” (Brands, 2025).
Trump no sólo abandona el orden liberal: puede convertir a Estados Unidos en cómplice de su demolición. Esa complicidad favorece a Putin, Xi, Orbán y a todos los actores que quieren reemplazar reglas universales por zonas de dominio, presión económica, intimidación militar y pactos entre líderes fuertes.
Michael Kimmage ayuda a entender la genealogía de este viraje. Trump no es aislacionista en sentido clásico. No busca simplemente retirarse del mundo. Quiere una presencia estadounidense más nacionalista, selectiva, dura, menos comprometida con instituciones y alianzas, y más orientada a la afirmación de poder. Kimmage escribe que Trump “quiere reducir los compromisos de Washington con las instituciones internacionales y estrechar el alcance de las alianzas estadounidenses” (Kimmage, 2025). Esto es importante: el peligro democrático no está sólo en que Estados Unidos se retire, sino en que permanezca como potencia agresiva, menos liberal y más coercitiva.
La cuarta forma de daño es abrir espacio estratégico y discursivo a China y Rusia. Julian Gewirtz sostiene que Trump ha hecho parecer a Estados Unidos “la potencia más explícitamente revisionista”. Al retirarse de organismos, imponer aranceles globales, amenazar aliados y debilitar “principios colectivos del derecho y el pluralismo”, la administración Trump permite que China se presente como defensora y reformadora del orden existente (Gewirtz, 2025).
Esto no significa que China se vuelva liberal; significa algo peor: que una autocracia obtiene la oportunidad de presentarse como más estable, más predecible y más respetuosa del multilateralismo que Washington.
El efecto es profundamente antidemocrático. Si China gana influencia institucional porque Estados Unidos destruye su propia credibilidad, el orden internacional se vuelve más favorable a modelos autoritarios de desarrollo, vigilancia, control informativo y soberanía no liberal. Gewirtz resume esta inversión al mostrar que China se beneficia de que la administración Trump rechace precisamente las fuentes de fortaleza estadounidense: alianzas, liderazgo internacional y orden institucional. En esa escena, Trump no derrota a China; le regala argumentos.
La quinta forma de erosión es el ataque al multilateralismo como infraestructura democrática internacional. Ngaire Woods señala que, en muy poco tiempo, la segunda administración Trump “trastocó muchos de los precepetos” del orden posterior a 1945.
Trump redefine el papel de Estados Unidos en la OTAN, cuestiona garantías de defensa a Europa y Japón, amenaza incluso la cooperación de inteligencia con socios de Five Eyes (Reino Unido, Canadá, Australia, Nueva Zelanda), y en la ONU se alinea con Rusia, Bielorrusia y Corea del Norte contra sus aliados democráticos tradicionales (Woods, 2025). El daño no es sólo simbólico: si Washington abandona tratados, organismos y ayuda exterior, los países pequeños y medianos quedan más expuestos al poder bruto de grandes potencias.
Woods propone pensar un “orden sin Estados Unidos” porque el mundo necesita instituciones que no dependan de un hegemón hostil. Su argumento muestra que el trumpismo obliga a otros países a salvar lo que Washington ayudó a construir. Pero el mero hecho de que haya que imaginar instituciones internacionales contra o sin Estados Unidos indica la gravedad del viraje. Trump transforma al antiguo garante en amenaza interna del sistema.
La sexta vía es el debilitamiento de la democracia por imitación autoritaria. Steven Levitsky, Lucan Way y Daniel Ziblatt sostienen que, en su segundo mandato, Estados Unidos descendió hacia un sistema e “autoritarismo competitivo”: un sistema donde hay elecciones, pero el gobierno abusa del poder para castigar críticos e inclinar la cancha contra la oposición. Escriben que “Estados Unidos dejó de ser una demcoracia plena” en el sentido en que lo son Canadá o Alemania (Levitsky, Way y Ziblatt, 2026). Aunque su diagnóstico se refiere al plano interno, sus efectos son internacionales. Cuando la democracia más poderosa del mundo normaliza el castigo a críticos, la intimidación de medios, la politización de agencias y la presión sobre instituciones, ofrece un manual a otros líderes iliberales.
Por eso Brands advierte que, si Trump ataca medios, usa militares o agencias contra enemigos, “debilitará la democracia estadounidense al tiempo que ofrecerá cobertura política, y un manual de acción, a todo aspirante a autócrata que quiera atacar desde dentro a una sociedad libre” (Brands, 2025).
Trump exporta el debilitamiento a la democracia mediante ejemplo autoritario. Cada ataque interno contra universidades, prensa, jueces, funcionarios o adversarios se vuelve coartada para Orbán, Erdoğan, Modi, Bukele o cualquier líder que quiera debilitar libertades en nombre del pueblo.
La séptima forma es la fractura de la seguridad colectiva democrática. Philip Gordon y Mara Karlin muestran que los aliados ya buscan un “Plan B”. En Europa, la duda sobre la disuasión extendida de Estados Unidos abre discusiones sobre capacidades nucleares francesas, británicas o polacas; en Asia, la incertidumbre sobre Taiwán, Japón o Corea del Sur empuja a socios a reconsiderar su dependencia de Washington. Los autores advierten: “Nadie debería desear ver el fin de un sistema de alianzas liderado por Estados Unidos […]. Pero nadie debería contar tampoco con que perdure” (Gordon y Karlin, 2026).
Cuando las democracias dejan de confiar unas en otras, aumenta la tentación de proliferación nuclear, pactos regionales improvisados, acomodos con China o Rusia y políticas exteriores defensivas.
Rebecca Lissner y Mira Rapp-Hooper llevan esta idea al plano histórico: después de Trump no habrá simple restauración. “Cuando Trump deje el cargo en enero de 2029, no habrá vuelta atrás”, escriben. Su tesis es que la reelección de Trump destruyó la idea de que su primera presidencia fue una aberración. Para ellas, muchas de las columnas tradicionales de la estrategia estadounidense —alianzas, organismos multilaterales, tratados globales— estarán “tan transformadas que serán irreconocibles” (Lissner y Rapp-Hooper, 2025). Esto mina la democracia internacional porque rompe la continuidad estratégica que permitía a otros países democráticos planear a largo plazo con Estados Unidos.
Finalmente, Trump mina la democracia internacional porque convierte la competencia global en una lucha entre potencias mercenarias, no entre modelos de legitimidad.
Gewirtz habla de “multipolaridad merceneria”: un orden centrado en grandes potencias egoístas que desprecian la cooperación y buscan maximizar seguridad, prosperidad y poder. En ese mundo, los países pequeños no son sujetos con derechos, sino objetos de negociación; las instituciones no son espacios de reglas, sino instrumentos; los derechos humanos no son compromisos, sino retórica prescindible; y la democracia ya no es horizonte normativo, sino preferencia local sin fuerza internacional.
En casa, Trump organiza el resentimiento contra enemigos internos; afuera, organiza la política exterior contra aliados ingratos, instituciones abusivas, migrantes amenazantes, países deudores y potencias rivales. En ambos casos, la lógica es la misma: el pueblo —o la nación— ha sido víctima de un despojo; el líder revela a los culpables; la violencia verbal, institucional o económica se presenta como restitución. Lo que en política doméstica aparece como guerra contra el “deep state”, la prensa, los jueces o los migrantes, en política internacional aparece como guerra contra el multilateralismo, los aliados “aprovechados”, los organismos internacionales y las normas que limitan la voluntad soberana.
Trump no mina la democracia de una sola manera. La mina al deteriorar el ejemplo interno de Estados Unidos; al destruir la confianza entre democracias; al reemplazar reglas por coerción; al regalar espacio diplomático a China y Rusia; al debilitar instituciones multilaterales; al legitimar autócratas; al ofrecer un manual de ataque contra prensa, justicia y oposición; y al convertir el poder estadounidense en una fuerza cada vez menos distinguible de las prácticas de las potencias revisionistas.
Trump mina la democracia doméstica porque sacrifica mediaciones internas: tribunales, prensa, burocracia profesional, oposición, minorías, universidades y sociedad civil. Y mina la democracia internacional porque sacrifica mediaciones externas: alianzas, tratados, organismos multilaterales, normas compartidas, cooperación democrática y confianza estratégica. En ambos planos, el mecanismo es el mismo: la comunidad se imagina víctima, el líder se presenta como vengador, el enemigo es expulsado del campo legítimo y la libertad queda subordinada a la purificación.
Por eso el segundo trumpismo no es sólo un problema estadounidense. Es una crisis del ecosistema democrático internacional. Su fuerza procede de una promesa sacrificial: devolver unidad, grandeza y soberanía mediante la identificación de culpables. Su peligro consiste en que esa promesa sólo puede cumplirse debilitando las condiciones mismas de la democracia: pluralismo, límites, verdad pública, alternancia, derechos, cooperación y reconocimiento de la legitimidad del otro. Una sociedad que se acostumbra a recuperar unidad mediante chivos expiatorios deja de ser una comunidad de ciudadanos. Y un orden internacional que se acostumbra a funcionar sin normas comunes deja de ser una comunidad de democracias para convertirse en un campo de rivalidades miméticas entre potencias.
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