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Ucrania, 4 años después

Este 24 de febrero se cumplieron cuatro años de la invasión rusa a Ucrania, concretándose uno de los peores escenarios vislumbrados en 2022: guerra prolongada y cruenta, sufrimiento humano, incapacidad de mediación y solución por parte de la ONU, debilidad de Europa para defender su seguridad con eficacia, reorganización de alianzas regionales a favor de China, crecimiento del armamentismo y normalización de los enfrentamientos militares, entre otras consecuencias, y a pesar de las iniciativas que buscan poner fin al conflicto.

Escrito por:  Enrique Provencio D.

El desastre humanitario se refleja no solo en las muertes, sino también en la alteración tan drástica de la vida cotidiana. Según la ACNUR, casi seis millones de personas huyeron de Ucrania y se han dispersado por decenas de países, sobre todo en Polonia, Hungría y otros vecinos. 3.7 millones más se han desplazado de sus sitios de origen hacia otros lugares del país, huyendo de los combates y los bombardeos, también de las carencias y dificultades para sobrellevar el día a día. La destrucción alcanza todo,  infraestructura, caminos, escuelas, hospitales, casas. Al menos 2.5 millones de hogares están destruidos o dañados seriamente. Para 2026 se estima que más de 10 millones de ucranianos necesita asistencia humanitaria[1].

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Si bien las actividades económicas se han reorganizado, sujetas a un régimen de guerra, las consecuencias de la invasión son impactantes. Solo en 2022 la producción se desplomó en 29 por ciento[2], y a partir de ahí se ha mantenido en un nivel bajo. Es una batalla asimétrica contra Rusia, que en lo económico es 14 veces más grande que Ucrania, aunque su mayor capacidad no le ha permitido el éxito militar que esperaba.

El apoyo europeo a está ayudando a la resistencia de Ucrania, pero no tuvo el efecto de debilitar y aislar a Rusia. El embargo económico no se ha traducido en una crisis rusa, en buena medida porque China y otros países han seguido comprando el petróleo con el que el gobierno de Putin sigue financiando la guerra, y porque siguen exportándole suministros militares. Cuatro años después, la invasión rusa ha terminado contribuyendo al fortalecimiento de la órbita china, y, directa e indirectamente, al debilitamiento de la posición europea, sobre todo a partir de que Trump arremetió contra la OTAN en 2025.

Aún más, la posición rusa se fortaleció desde que Trump sacó a Putin del aislamiento político en el que se encontraba hasta 2024, al convocarlo a una salida negociada del conflicto, que hasta ahora solo ha propiciado la continuación de la guerra. Con la iniciativa de Trump, además, se acentuó la incapacidad de la ONU para concretar el fin de la invasión, la preservación de la soberanía de Ucrania y la prevalencia de sus fronteras vigentes hasta antes del 24 de febrero de 2022. Todas las condenas aprobadas por la gran mayoría de los países, todos los llamados a poner fin a la guerra, se han topado con Rusia en el Consejo de Seguridad. Los gobiernos europeos han refrendado el apoyo a Ucrania y mantienen su cooperación militar, pero sin lograr  reducir la presión rusa ni su dominio sobre los territorios que ha conseguido en estos cuatro años.

Los conflictos militares de estos años, incluyendo la guerra contra Ucrania, han recrudecido la carrera por el rearme, y están impulsando la demanda de equipos militares, de los convencionales a los más modernos, e incluso han elevado la tensión nuclear, según lo documenta el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI)[3]. Sus conclusiones son claras: la seguridad mundial sigue deteriorándose, están en crisis los acuerdos para controlar la proliferación de armas nucleares, China  consolida su ascenso como potencia militar,  y casi todos los países que tienen capacidad nuclear están buscando el relajamiento de las restricciones, mientras que la producción y el comercio de armas no nucleares sigue en auge.

En el entorno que se viene consolidando, la cooperación pacifista se aleja, y lo que se decanta para algunos es un clima de nacionalismo defensivo, y para otros un ímpetu ofensivo, hostil. La Junta de Ciencia y Seguridad llama la atención sobre el siguiente hecho: la tendencia armamentista coincide con el declive de las políticas climáticas, las aplicaciones indebidas de la biotecnología, los usos riesgosos de la inteligencia artificial, el debilitamiento de los espacios multilaterales y de su capacidad reguladora[4]. El fin de esta y otras guerras nos exige, al menos, recuperar el asombro y el rechazo que provocó la invasión rusa a Ucrania el 24 de febrero de 2024.

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