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Una Salud: moscas, gusanos y daños

Una Salud es un enfoque que cobró vigor a partir de 2020 para enfrentar de forma conjunta los desafíos sanitarios, cuando estos provienen de la interacción entre animales, ecosistemas, alimentación y personas. En lo esencial, tiene relación con el hecho de que nuestra salud, la humana, no puede desligarse de lo que ocurre, en menor o mayor grado, con el ambiente y las otras especies, y los daños ocasionados a la sociedad por esa interdependencia. Si esto le recuerda lo que está ocurriendo actualmente con el gusano barrenador en Centro y Norteamérica, está en lo correcto.

Escrito por:  Enrique Provencio D.

Si bien ya existía desde mucho antes, Una Salud (también llamada Una Sola Salud) despertó mayor interés en la pandemia de Covid-19, ante el hecho de que las enfermedades zoonóticas (las infecciosas que se transmiten de animales a humanos) son amenazas para las personas, representan grandes riesgos para las sociedades y daños potenciales muy elevados para el desarrollo de todos o de algunos sectores y grupos en especial. Si bien se sigue examinando el origen específico del Sars-Cov-2, está aceptado que las zoonosis son peligros crecientes y están muy relacionadas con la crisis ecológica y los patrones de consumo dominante.

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El gusano barrenador (cuyo nombre técnico es Cochliomyia hominivorax ) es también una preocupación de salud humana. Usualmente se le llama gusano barrenador del ganado, pero está reconocido que si bien daña sobre todo a los vacunos, también afecta a otras especies y puede enfermar a las personas. Es una zoonosis, de la que casi no habían escuchado quienes nacieron a partir de fines de los años noventa, pues el parásito fue declarado oficialmente erradicado en 2003.

Ahora volvió a saberse ampliamente del problema, sobre todo a partir de que Estados Unidos cerró su frontera a la importación de ganado en pie proveniente de México, por el riesgo, según se declaró, de que fuera portador del parásito. Como ocurre usualmente cuando aparece públicamente un caso crítico, ya había conocimiento desde años atrás de que estaba incubándose el problema, que había sido detectado en Panamá en 2021, en Costa Rica en 2023,  en Honduras y Guatemala en 2024, y muchos casos aislados desde tiempo atrás en otros países y en diferentes especies. Era cosa de tiempo que apareciera en la Frontera Sur de México, pues se sabía con relativa precisión a que velocidad estaba viajando la mosca que transmite y reproduce la enfermedad.

Tan se sabía, que en 2024 la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER) publicó, todavía en el gobierno anterior, un “Plan de emergencia para hacer frente a la presencia de gusano barrenador del ganado en el Sur de México”, y también un “Análisis del impacto potencial del gusano barrenador en México”. En ambos documentos hay un recuento de la manera en la que se erradicó la plaga durante más de cuatro décadas, y del esfuerzo que significó en presupuesto, y personal. En la campaña llegaron a estar ocupados más de 2000 trabajadores a principios de los años ochenta, y el costo acumulado de la erradicación se estima en 955 millones de dólares a precios de 2020. Fue una historia exitosa de cooperación y de política sanitaria, un esfuerzo sostenido durante mucho tiempo.

Ante la emergencia se han debatido las causas de la reinvasión del parásito, y se apunta sobre todo al relajamiento del control sanitario y comercial de la Frontera Sur en el ganado que ingresa ilegalmente, relacionado o no con el crimen organizado, de la inspección, la insuficiente prevención ante la entrada inminente de la plaga, los efectos de las reducciones presupuestales para estos fines y el debilitamiento del Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (SENASICA), que fue hostigado persistentemente desde el propio poder público en años recientes . Está por saberse como se articularon esos y otros aspectos, y apenas se está configurando una respuesta pública a la altura de las circunstancias.

En todo caso, y como ya mostró la experiencia de las décadas de la erradicación, deberá tratarse de un esfuerzo coordinado bilateral y regionalmente, no solo con Estados Unidos, sino también con los países centroamericanos, y al que habrá que dedicar cuantiosos recursos públicos. Sobre todo, parece indispensable recuperar la noción de la sanidad animal y las otras tareas de SENASICA como un bien público del mayor interés nacional, y no como una carga presupuestaria o un estorbo ante urgencias de corto plazo, como elevar la oferta de carne en el mercado o como un fardo sobre regulatorio.

Todo esto tiene que ver con la respuesta inmediata ante la emergencia, pero al mismo tiempo necesitamos darle forma operativa a la idea de Una Sola Salud. Cuatro organismos multilaterales (OMS, FAO, OMSA y PNUMA) tienen un Plan de Acción Conjunto (2022-2026) para ampliar capacidades los siguientes ámbitos: “Las capacidades de Una Salud para los sistemas sanitarios, la aparición o reaparición de epidemias zoonóticas, las enfermedades zoonóticas endémicas, las enfermedades tropicales olvidadas y las transmitidas por vectores, los riesgos para la inocuidad de los alimentos, la resistencia a los antimicrobianos y el medio ambiente”.

Las formas en las que producimos los alimentos, la configuración de las dietas predominantes, la manera en la que ordenamos los usos del suelo y sus cambios, la adaptación ante el cambio climático, la construcción de sistemas de alerta temprana y anticipación, el énfasis en la prevención, el fortalecimiento de las capacidades de respuesta, los mecanismos de cooperación regional, el monitoreo coordinado de brotes zoonóticos y epidémicos son, entre otros, elementos que no operan de manera aislada sino que concurren en el surgimiento o reaparición de problemas de salud pública, en los que terminan afectados no solo los animales y los ecosistemas, sino también la sociedad, las personas y su patrimonio. Tenemos que tomar en serio el enfoque de Una Sola Salud.

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