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Fábricas de obreros o cunas de ciudadanía? La peligrosa captura de la universidad

¿Para qué pisamos un aula en la universidad en el siglo XXI? Este interrogante, que alguna vez desató los debates más profundos sobre el destino de nuestras naciones, parece haber sido clausurado de golpe. Si uno escucha a algunos académicos, tecnócratas y directores de instituciones de educación superior en la actualidad, el debate es un estorbo. La respuesta que nos dan parece ser muy obvia: las universidades deben formar, simple y llanamente, los obreros altamente calificados que el mercado exige. Hoy, la vitrina ofrece ingenieros en sistemas, especialistas en ciencia de datos y arquitectos de inteligencia artificial. Es lo que el capital demanda y, acorralados por la precariedad laboral mexicana, es lo que los jóvenes buscan con la esperanza de un salario digno.

Escrito por:  Guillermo Ramírez-Rentería

Sin embargo, frente a esta aparente “eficiencia”, es imperativo plantear un argumento claro: la educación superior en México y América Latina está siendo cooptada por una racionalidad utilitarista que reduce las universidades a meras fábricas del ya célebre “capital humano”, anulando su papel ético y político frente a las crisis civilizatorias. Al despojar a la educación de su pensamiento crítico, no estamos logrando el “progreso”, sino pavimentando un camino sumamente peligroso hacia la barbarie social, donde la desigualdad y la destrucción ambiental se asumen como simples daños colaterales inevitables en un destino manifiesto sin alternativa alguna.

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El evangelio del mercado y el mito del “ajuste” automático

El problema fundamental de esta visión mercantilista de la educación superior es la alarmante desconexión entre la agenda académica y las emergencias sociales que ahogan a nuestra región. Para los defensores de esta tecnocracia utilitarista, problemas éticos y públicos como el calentamiento global, la severa crisis hídrica que azota a diversas regiones de México, la erosión del suelo agrícola, la violencia sistémica o la pobreza estructural no son prioridades del currículo universitario.

La respuesta de estos académicos del mercado es ingeniosa y cínica, pues etiquetan estas tragedias humanas como simples “fallas del mercado”, “destrucción creativa” o un “sesgo en la aplicación de políticas públicas”. Para ellos, la gran maquinaria de la economía es una ciencia exacta y pura, libre de la influencia humana, de la política y, por supuesto, de la cultura. Así, dictaminan que debe ser la ciencia y así deben operar las universidades.

Bajo esta lógica, la sociedad avanza siempre en una reconfortante línea recta hacia el progreso. ¿Que en América Latina cada vez hay más pobres y la brecha de desigualdad se ensancha? Ya se ajustará el mercado. ¿Qué tenemos al primer trillonario de la historia mientras miles de millones de familias no tienen garantizada una comida digna al día? Ya se ajustará. ¿Qué el estrés hídrico y el calentamiento global han alcanzado puntos de no retorno? Ya se ajustará. Y si la realidad se niega a ajustarse a sus proyecciones de capital, pues peor para la realidad. La universidad, en esta narrativa, no está para cuestionar por qué el barco se hunde, sino para entrenar a quienes diseñarán mejores motores para acelerar hacia el iceberg.

La dictadura del positivismo y el miedo a la crítica

Esta ceguera no es accidental, pues tiene raíces epistemológicas profundas. Estas afirmaciones, que desde la sociología y la filosofía contemporánea nos parecen ya superadas, siguen siendo el horizonte inamovible para muchas instituciones. El paradigma positivista y el individualismo metodológico continúan erigiéndose como la única forma “seria” y validada de concebir la realidad. Desde este púlpito, los principales instrumentos de nuestra época —el capitalismo financiero y la democracia neoliberal— son intocables; vivimos, según ellos, en el mejor de los mundos posibles.

Por el contrario, cualquier intento de pensar distinto es percibido como una amenaza directa a su concepción de “rigurosidad científica”. Corrientes como el constructivismo, las epistemologías del sur o el pensamiento crítico son tachados de panfletarios, trasnochados o insuficientes. No se trata de hacer una caricatura del positivismo, sino de evidenciar su intolerancia a la pluralidad. La sociedad necesita urgentemente avanzar a través del diálogo entre distintos paradigmas, no bajo la bota hegemónica de uno solo.

Durante décadas, el positivismo neoliberal reinó sin contrapesos. En años recientes, impulsado por el evidente colapso de las promesas del libre mercado en la región, el pensamiento crítico experimentó un resurgimiento. Empezamos a nombrar de nuevo la desigualdad territorial, el racismo estructural y la violencia patriarcal en las aulas. Sin embargo, parece que esos pocos años de apertura bastaron para que el establishment académico encendiera sus alarmas, desatando una contraofensiva que busca marginar nuevamente la crítica para imponer, con mayor fuerza, su lógica instrumental.

La razón instrumental contra el derecho a la democracia

Para comprender la magnitud de esta tragedia educativa, basta recurrir a Theodor Adorno y Max Horkheimer. En su crítica a la razón instrumental, nos advirtieron cómo el pensamiento ilustrado, al obsesionarse únicamente con los “medios” (la eficiencia, la técnica, la rentabilidad), terminó olvidando los “fines” (la libertad, la justicia, el bienestar humano). Las universidades mexicanas, al abrazar esta lógica, se convierten en herramientas de dominación que enseñan el cómo producir más, pero prohíben preguntarse el para quién y el a costa de qué.

En esta misma línea, la filósofa Martha Nussbaum advierte que estamos frente a una “crisis silenciosa” a nivel global donde las naciones están descartando habilidades vitales para mantener vivas las democracias con tal de ser competitivas en el mercado global. Si las universidades no forman ciudadanos con imaginación empática y capacidad de deliberación ética, la democracia misma colapsa. Sin embargo, no es que no tengamos herramientas institucionales para afrontar estas amenazas; jurídicamente, la educación concebida únicamente como adiestramiento viola el mandato de nuestros ordenamientos. El propio Artículo 3° de la Constitución Mexicana establece que la educación debe basarse en el respeto a la dignidad humana, con un enfoque de derechos humanos y de igualdad sustantiva, fomentando el amor a la Patria y la conciencia de la solidaridad internacional. Las leyes exigen formar ciudadanos, no solo mano de obra.

Además, esta postura encuentra un fuerte refuerzo en instancias internacionales. Organismos como la UNESCO, a través de sus recientes cumbres mundiales sobre Educación Superior, así como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), sostienen vehementemente que el papel de las universidades es la transformación social y el desarrollo sostenible, rechazando la mercantilización del conocimiento. No estamos solos en esta lectura; es un consenso entre las mentes más lúcidas de las ciencias sociales a nivel global.

Por supuesto, existe una característica razonable que no debemos obviar. Resulta innegable que la empleabilidad es una necesidad material urgente para las juventudes mexicanas y que el desarrollo tecnológico es crucial para la supervivencia económica de cualquier nación. Necesitamos, sin duda alguna, brillantes ingenieros, programadores audaces y expertos en inteligencia artificial. El límite de esta afirmación, sin embargo, radica en que la enseñanza técnica no puede monopolizar la identidad universitaria ni vaciarse de ética. Un científico de datos que no comprende las implicaciones de sesgo y discriminación en sus algoritmos, o un ingeniero que ignora el impacto ecológico de sus proyectos, es un peligro público disfrazado de progreso.

Conclusión

Resulta profundamente doloroso atestiguar este giro regresivo. Observar cómo se avecina, con paso firme, una nueva hegemonía utilitarista en la que la lógica implacable del mercado busca atrincherarse en el corazón de las universidades es motivo de genuina preocupación. Al desterrar la crítica, no solo se empobrece el intelecto, sino que se abre un camino político sumamente peligroso. Por más que estos tecnócratas presuman no creer en la política, su falsa neutralidad es, en sí misma, el proyecto político más agresivo, aquel que defiende un sistema insostenible condenando a las mayorías a la marginación. Hoy, defender la universidad pública, crítica, humanista y conectada con el dolor de su tiempo, no es una mera disputa académica; es la trinchera indispensable para garantizar que el futuro de nuestra sociedad no termine siendo dictado, exclusivamente, por la chequera de un mercado indolente.

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