En fechas recientes se realizó en Bogotá el III Simposio Internacional de Gobierno Urbano. Organizado en distintos ejes temáticos para intentar dar cuenta de la complejidad del estudio de la ciudad se abordaron disciplinas como historia, derecho, economía, geografía, política o filosofía. En ésta se planteó que las formas de lo político configuran maneras diferentes de pensar y actuar.
Escrito por: Alejandro Sahuí
La cuestión se ilustró con la muerte de Alejandro Magno que provocó el surgimiento de tiranías y conflictos que arruinaron la vida de la polis e hicieron surgir lo que Josu Landa llama éticas de crisis: cinismo, epicureísmo y estoicismo. Estas escuelas apelan a la dignidad en medio de la fortuna, cuando hemos perdido el poder de autogobernarnos. Aunque a veces son romantizadas como filosofías de autoayuda, son formas de resistencia. Cuando Diógenes dice que es un ciudadano del mundo está oponiéndose a ser definido por su cuna y su patria. Es la imagen contraria a Sócrates que se negó a eludir una condena injusta con tal de no abandonar Atenas, que lo hacía digno ante los demás.
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Su actitud desafía las leyes y las costumbres establecidas. La aparición en público de sujetos excluidos socava la legitimidad de un orden que produce daños porque no trata a todos con la misma estima y respeto. Los seres humanos cuya imagen “afea” la ciudad: los pobres, migrantes, indígenas, grupos racializados o sexualmente diversos, son signos del fracaso de los derechos humanos, una promesa incumplida también de la democracia.
Lo político tiene siempre un reflejo espacial, pero a veces se pasa por alto. En situaciones de crisis la cuestión geográfica de las fronteras resurge. Los Estados nacionales y la ciudadanía se asentaron en las ficciones de la soberanía y de las identidades homogéneas que generaron procesos de asimilación forzosa, eliminación física y expulsiones masivas, discriminación y segregación.
En la actualidad en Estados Unidos de América se asiste a un ataque gubernamental federal contra las ciudades que han tomado la determinación de defender a las personas migrantes, la mayoría nacionales y latinoamericanos. Asimismo, existe una persecución contra aquellas localidades que han hecho estandarte de las medidas de equidad, diversidad e inclusión.
Como parodia del momento de la integración racial cuando las fuerzas federales auxiliaron a la comunidad negra en su lucha por los derechos civiles, las medidas de Donald Trump y el Servicio de Inmigración y Aduanas, ocurren abiertamente en la dirección contraria, y tienen además un toque de innecesaria violencia, crueldad y humillación.
Sin embargo, en la actitud de las ciudades santuario con las personas migrantes y promotoras de políticas de inclusión, en las recientes manifestaciones y protestas contra la deriva iliberal y la autocratización del gobierno cabe apreciar una ruta de esperanza que recuerda el poder de la ciudadanía, su capacidad de acción colectiva. Pero, sobre todo, que enseña la solidaridad con la humanidad toda, en concreto de nuestros vecinos inmigrantes o de cualquier minoría.
En el plano de la política local emerge una resistencia importante a los procesos de erosión democrática. Concentraciones multitudinarias como “No King!”, exhiben el sentimiento de la gente de recuperar el autogobierno colectivo. De otra manera no se podría explicar la ira del presidente contra tales ciudades que ha expresado no solo con la Corte Suprema, sino con el ejército, anunciando la amenaza de un enemigo interior no invasor, ni armado, sino de sus propios habitantes.
La polis, la ciudad, es el lugar natural de la política. No se debe olvidar su papel especial en la formación de las virtudes cívicas y republicanas. Frente a las comunidades imaginadas y lejanas que han sido muchas veces las naciones, la idea de Jürgen Habermas de patriotismo constitucional señala la construcción de comunidad vía los derechos y la democracia. Es una apuesta que merece la pena.
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