Día de Muertos 2026
Hay una noche en México en que el infinito se cruza por la puerta. Llega despacio, entre el temblor de las veladoras y el aroma del copal, mientras los pétalos de cempasúchil tienden sobre la tierra una pequeña aurora.
Escrito por: Sergio González Muñoz
Es el dos de noviembre. En las casas se pronuncian nombres que el resto del año suelen decirse hacia adentro o en soledad. Acomodamos una fotografía, enderezamos una flor, servimos un vaso de agua, chocolate, pozol, atole, tequila, sotol, mezcal, charanda o bacanora. Todo está dispuesto para recibir a quienes seguimos esperando.
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Nuestra más querida tradición nacional conoce la hondura de esos gestos. Por eso pone pan donde hay ausencia; enciende luz donde la despedida dejó oscuridad; concede al amor una tarea que con las manos podamos acometer. Cada ofrenda vuelve habitable la nostalgia. Sobre sus manteles, el duelo encuentra colores, aromas y un lugar donde sentarse. Y nosotros, que tantas veces ignoramos qué hacer con tanta falta, podemos al menos preparar la mesa.
En esa noche, la línea entre los vivos y la eternidad se difumina. Basta mirar una llama para sentir que algo, al otro lado de su resplandor, nos mira también. La tristeza parece suspender por unos momentos sus distancias y acercarnos una respiración conocida. Quisiéramos que durara, que el viento tardara en pasar; que hubiese tiempo para terminar aquella conversación interrumpida por la vida, cuando todavía creíamos que todas las conversaciones tendrían continuación.
Y la frase abre una puerta en la memoria: adentro están quienes amamos, conservados en esa intimidad donde una voz puede seguir siendo reconocible muchos años después de su silencio.
Esta noche pienso especialmente en mi padre, Sergio Uriel, y en mi hermano Uriel. Escribo sus nombres, me demoro en ellos y los repito en voz alta. Hay palabras que exigen esa lentitud, porque contienen vidas enteras y también el vacío que sobrellevamos. Sergio Uriel, Uriel. Al pronunciarlos, siento que el aire recobra por un instante una antigua familiaridad. Son dos nombres que quisiera llamar desde la puerta de las Rocas y escuchar respondidos desde aquella esquina del patio grande, donde está aún el asador, junto a la alberca que ya no está y a la mesa de billar que ya no suena, allá en la Tijuana de mis mayores.
Comandante: cuánto quisiera contarte de estos días. Hablarte de lo que ha cambiado, de lo que aún me desconcierta, de las preguntas y respuestas que ahora entiendo de otra manera. Quisiera acercarte las noticias pequeñas que nunca merecen una ceremonia y, sin embargo, hacen una vida: lo ocurrido esta mañana, una preocupación, algo que me hizo reír o renegar. La ausencia también consiste en eso: tener todavía tanto que contarle a alguien.
Güero: tu nombre sigue encontrando sitio junto al mío. Hay una parte de nuestra existencia que solo un hermano puede atestiguar; cuando falta, quedan recuerdos buscando a la otra persona que sabría reconocerlos. Esta noche quisiera recuperarte en la sencillez de estar juntos. Sin urgencia, sin tener que decir nada extraordinario, o nada. Con un trago, sentados viendo hacia la playa, oyendo algún corrido… Saber que estás cerca y dejar pasar el tiempo.
Por ustedes comprendo, desde lo más íntimo, la sabiduría de esta celebración nacional mexicana. Limpiar y alumbrar una tumba, llevar flores y hasta mariachi o banda al panteón o a la iglesia; diseñar y poner la ofrenda en casa, preparar un alimento querido, reunir a la familia alrededor de una imagen. Cada acto sostiene una relación que la muerte ha transformado. Los niños preguntan quién aparece en las fotografías. Los mayores cuentan. Así, una vida alcanza a quienes llegaron después y encuentra nuevas voces donde continuar.
Las calaveras de azúcar, el papel picado y las calaveritas literarias también participan de esa conversación. La risa acompaña al recogimiento; la música atraviesa los cementerios; una lágrima puede caer mientras alguien recuerda una ocurrencia de aquella carne asada en Playas con cantos y bailes, que sería la última sin saberlo. Nuestro dolor tiene permiso de respirar, de volar, de disminuir, de descansar. Entre flores y comida, plegarias y relatos, la vida se reconoce frágil y se abraza con mayor fuerza.
Tal vez los seres queridos de todas las familias mexicanas regresen de la única manera que podemos vislumbrar: en la intensidad repentina de un recuerdo, en un sueño cuya ternura permanece al despertar, en una estrofa o acorde de su pieza favorita, en el título o frase o capítulo de su libro preferido, en esa sensación de compañía que llega cuando más los necesitamos. Cada quien guarda su manera de creer y cada quién descubre su manera de recordar y de llorarles. Frente al altar, a la ofrenda, yo pido se nos conceda esta esperanza, esta paz: que por unos momentos podamos encontrarnos; que lo amado alcance a rozarnos desde su nostálgico misterio sempiterno.
Cuando avance la madrugada y las veladoras vayan consumiéndose habrá que recoger, abrir las ventanas y volver a los asuntos del mundo, pero esta noche quiero quedarme un poco más junto a ustedes. Aquí están sus nombres, encendidos e inmarcesibles. Si nuestros muertos pueden acercarse, encontrarán la puerta abierta, flores sobre la mesa y estas palabras que llevamos tanto tiempo escribiendo y queriendo decirles.
Yo permaneceré en silencio, atento a la noche, como cuando los escuchaba llegar y los reconocía solo por el taconeo de sus botas vaqueras. Y si el universo solo nos concede un instante, que sea este: sentir que estamos juntos mientras la última llama alumbra sus rostros y nos canta una canción.
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