ediciones era
El revuelo no es para menos. La comunicación que Ediciones Era envió a sus clientes y amigos dando a conocer que suspendía sus actividades, provocó un gran lamento y el pesar entre quienes siguen apreciando la lectura de libros y valoran las editoriales independientes. Luego, el anuncio del 18 de agosto, avisando que Era “reduce al mínimo sus operaciones”[1], trajo la esperanza de que esa institución se mantenga, de continuidad a su tradición de 66 años, y salve y siga enriqueciendo uno de los mejores catálogos de libros en español. Ojalá así sea.
Escrito por: Enrique Provencio D.
La agitación no es solo por el destino de una empresa cultural específica. Era trajo de vuelta el debate sobre la lectura, el libro impreso, la escritura creativa, la política cultural, las librerías y todo el ecosistema del libro. La polémica va y viene, sobre todo cuando aparecen las encuestas de lectura: se consigna que hay menos librerías, se editan menos libros, las bibliotecas están vacías, los grandes consorcios tienen más control sobre la actividad editorial, hay menos apoyos a la edición, y la lectura se desplaza del formato impreso al digital, y del texto de fondo al ocasional.
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En el caso de Era la pesadumbre tiene también una razón emocional, no solo racional, que toca directamente a tantos que durante décadas hemos disfrutado y aprendido con las publicaciones de Era. Verónica Murguía, autora de esa casa editorial, lo resumió con tino: “Era forma parte de nuestra educación sentimental”, dijo en una entrevista que concedió a El País[2]. Por eso tantos comentarios se refieren a los libros que más queridos y recordados. Es inevitable traerlos a la memoria o acercarse al librero a ver y hojear aquellos ejemplares que buscamos y leímos hace mucho o poco tiempo, y, en muchos casos, detenernos en los subrayados, mirar de nuevo las magníficas portadas, redescubrir el mensaje de quien nos sorprendió en algún cumpleaños o alguna navidad con el regalo, recuperar una idea o una emoción por algún párrafo deslumbrante.
No es, creo, una respuesta nostálgica por un mundo perdido, porque las colecciones de Era siguen vivas, sino una declaración a favor de la lectura, una intención de que los libros bien escritos y bien editados sigan presentes y sean accesibles. En este punto reaparece el consabido punto de que la lectura puede seguir a pesar de la crisis del libro impreso, y que el tema es cómo transitar con éxito hacia los otros formatos, formas de distribución, modos de adquisición y promoción.
Algunas personas han señalado que las editoriales independientes tienen los días contados y no hay futuro posible, como si no estuvieran intentándolo todo. Lo están haciendo. Por ejemplo, Era tiene libros electrónicos en el mercado, en los nuevos canales de venta y en distintas plataformas, ha renovado su catálogo e incorporado a nuevos autores, ha forjado alianzas de distribución, entre otras respuestas a la compleja situación que enfrenta, sobre todo desde 2020. Entres sus e-books Era tiene incluso clásicos como los de Fernando Benítez, Arnaldo Córdova, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes (Aura), Antonio Díaz Soto y Gama, David Brading o Bolívar Echeverría, además de ediciones recientes, sobre todo poesía y ensayo.
Hay trasnochados que parecen creer que a las editoriales les aplica sin más la supuesta ley de hierro de la “destrucción creativa” (una denominación que no deja de ser chocante especialmente en este caso), como ocurre en otras actividades económicas, que no tienen más alternativa que sucumbir al cambio estructural en su entorno tecnológico, de mercado, gusto de la clientela y composición empresarial. Es bien sabido: aparecen nuevos productos y formas de producirlos, se modifica la demanda, la organización de las operaciones se altera, a veces de forma vertiginosa, y las empresas desaparecen. Hay ejemplo por todos lados, sobre todo en las últimas décadas.
Sin embargo la “destrucción creativa” también puede llevar a la formación de monopolios sin regulación que desaparecen la competencia y además pueden terminar produciendo bienes de menor calidad y hasta nocivos para el bienestar, y generan costos sociales gravosos. También de esto hay ejemplos muy actuales. Lo que hoy se impone en la industria editorial es una “protección creativa”, el apoyo a una actividad que genera bienes de interés público, sobre todo cuando las instituciones gubernamentales no lo están haciendo o no lo logran bien, como ocurre en el caso de la lectura, los libros, las editoriales, bibliotecas, librerías, diseñadores, ilustradores y escritores.
La Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM) consigna en sus más recientes Indicadores del Sector Editorial Privado en México, que de 2020 a 2025 en México la impresión privada de libros bajó 28 por ciento, y la venta se redujo 20 por ciento entre los mismos años[3]. No bajó tanto la venta como la impresión porque la proporción de los libros importados pasó del 7 al 14 por ciento, y son ejemplares más caros.
Hay algo muy importante: las ediciones digitales y de audiolibros si acaso significan dos de cada 100 pesos vendidos, así que hay algo de desconocimiento de parte de quienes sostienen que ahora la salida para las editoriales independientes es el mercado digital. Tres de cada 10 editoriales decían a fines de 2025 que esperaban que las cosas empeoraran. Tomando una distancia de 10 años, el Módulo sobre la lectura (MOLEC) del INEGI confirma la reducción de la población de 18 o más años, y la baja proporción de quienes leen a diario por gusto[4].
En este marco las editoriales independientes que se orientan a libros de fondo, tienen un panorama muy complejo, que viene agravándose desde hace ya más de 25 años. Muchas han desaparecido silenciosamente o han sido absorbidas por los grandes consorcios, que dejan activos solo los títulos que circulan a corto plazo. No importan que sean valiosos, ni que puedan enriquecer el acervo de las bibliotecas, o que los quieran los autores: si no tienen alta demanda son triturados para aligerar los almacenes.
El rigor y el cuidado editorial cuestan. Hay que decirlo porque algunos parecen creer que escribir y publicar ya no requiere editoriales serias, que basta pergeñar algo, pasarlo por el corrector automático de alguna plataforma de IA, formatearlo y subirlo a las redes. Hay autoediciones valiosas y medios potentes para diseminarlas, sin duda, pero estas no reemplazan el trabajo especializado que, además de seleccionar lo valioso, orienta a los autores y promueve primeras ediciones que de otro modo no verían la luz, aunque se trate de escritores talentosos.
El 1° de mayo de 2020, en pleno confinamiento, Era, Almadía y Sexto Piso hicieron un llamado a los lectores. La situación era una amenaza mortal, literalmente. La pandemia redujo a la mitad las ventas de Era, y desde entonces no se ha recuperado; las pérdidas le impiden sostener el ritmo y el alcance de su producción. Las editoriales independientes son dependientes de librerías, autores y traductores, y sobre todo de quienes leen libros.
Esto sigue siendo cierto, pero también lo es que el ecosistema del libro está al garete, como si no fuera de tan elevado interés colectivo y público, como si la lectura no formara parte de las actividades culturales esenciales. La cadena del libro cruza por una conmoción que rebasa las capacidades de gestión de las editoriales, aunque realicen el máximo esfuerzo posible, y por esto es tan lamentable y hasta mezquino, que haya quienes digan que los desequilibrios se deben principalmente a problemas gerenciales.
Se trata de una crisis general, que demanda una política de protección creativa, concebida como una estrategia de Estado en la que participen no solo instituciones gubernamentales sino también las editoriales. Se trata de proteger la lectura como vía de desarrollo cultural, en cualquiera de sus formatos y soportes, con ediciones de calidad y valía no solo en la educación formal. Lo que está en curso es una transición que se acelera en el acceso al conocimiento, la literatura, el aprendizaje abierto, el disfrute estético. El descenso de la lectura ocurre en todas las plataformas, no solo en el libro impreso.
El MOLEC del INEGI muestra que a pesar del descenso en la lectura, los jóvenes son el grupo más grande que lee, y no solo materiales escolares. También dice que menos de siete millones de personas de todas las edades leen por gusto seis o más libros al año, y que de estos 4.7 millones lo hace diariamente. No son muchos, en realidad, y cada vez son menos, así que junto con la protección de las editoriales es urgente la promoción de la lectura, la mejora de las bibliotecas, el estímulo a la actividad creadora de los escritores, la mayor disposición de libros en las escuelas, el apoyo a editores, diseñadores, ilustradores, y otras tareas que deben tener un marco coherente y con financiamiento por parte del Estado.
En una política del libro deben entrar también las editoriales universitarias, los fondos editoriales de los gobiernos estatales y en algunos casos de los municipios, además de las gubernamentales y las independientes. Todas tienen capacidades y pueden aportar mucho a la lectura. Y, por supuesto, los lectores no podemos desentendernos del problema. Somos el último eslabón de la cadena y también los que más perdemos cuando entra en crisis una editorial. No es solo Era, hay otras que merecen atención y una protección creativa, como las ya mencionadas Almadía y Sexto Piso, o Cal y Arena, Grano de Sal y otras que por ahora resisten la crisis.
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