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El dinero y la buena vida

El pasado jueves 16 de abril, en la sala Isabel y Ricardo Pozas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, presenté el libro Poderoso amigo es el dinero, de Adalberto Ortiz. A continuación, en este valioso espacio de México Social, mi comentario del libro.

Escrito por: Jorge Federico Márquez Muñoz

Muchos en el auditorio podrían preguntarse por qué en la Facultad de Ciencias Políticas se presenta un libro sobre finanzas. Los contestatarios podrían aducir que este evento es prueba irrefutable de que la universidad se ha rendido ante los poderes fácticos o de que el capital ha reemplazado el pensamiento crítico. Nada de esto es cierto. El dinero es, ante todo, una realidad; es una fuente de poder que puede ser utilizada para bien y para mal, y en el plano personal, puede ser una herramienta que nos ayude a cumplir nuestras metas; pero también puede convertirse en una pesadilla.

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La respuesta corta al por qué presentamos Poderoso Compañero es el Dinero en la Facultad de Ciencias Políticas, es porque el autor es un miembro destacado de nuestra comunidad, exalumno de la carrera de ciencia política. Esta respuesta corta, sin embargo, es incompleta. El subtítulo del libro es el siguiente: “La conexión emocional entre nuestras finanzas y el bienestar”. ¿Qué es la política sino la búsqueda por la buena vida? El bienestar implica vivir bien, y solo se vive bien en la medida en la que uno está al tanto de lo qué es la buena vida, en la medida en que los humanos somos conscientes de las distintas posibilidades de existencia.

Hablar de la buena vida, por otra parte, no es ninguna trivialidad.

Desde la antigüedad filósofos como Aristóteles ―quien está presente en el escudo de nuestra Facultad― distinguieron entre distintos tipos de vida: la vida voluptuosa, que está orientada al placer; la vida política, que está orientada a lo público y tiene como fin los honores; y por último la vida contemplativa, aquella en la que el hombre realiza su naturaleza racional. Aristóteles nos dice con claridad que la voluptuosa es la vida más baja, mientras que la vida contemplativa es la mejor para los humanos, aquella propia de la buena vida. Si aceptamos esto, entonces toda reflexión seria sobre el bienestar —incluida la financiera— está inevitablemente ligada a una reflexión ética.

El bienestar contiene en sí mismo la idea de que existe la buena vida, pero por sorprendente que parezca y a pesar de que el término se ha popularizado dentro de nuestra disciplina en los últimos tiempos ―a través de la idea de estado de bienestar, esto es, a mediados del siglo XX―, la ciencia política moderna ve con desdén la idea de que pueda existir lo bueno y lo malo, y con ello reniega de sí misma: Aristóteles también ya había dicho que la ciencia política era inseparable de la ética.

La ciencia política moderna, por supuesto, no puede librarse de la ética porque tal cosa implicaría librarse de sí misma. En cambio, pone en marcha dos artilugios para simular que ella está desterrada de nuestra disciplina: 1)proclamar a los cuatro vientos que las conclusiones a las que llega son completamente imparciales; 2)negar de manera perversa la posibilidad de acceder a la verdad y de conocer de lo bueno y lo malo. Este doble movimiento —pretensión de neutralidad y relativismo moral— ha vaciado en buena medida de contenido normativo a nuestra disciplina, alejándola de las preguntas fundamentales que le dieron origen, y dejando en cambio a una disciplina gris, insípida y que con más frecuencia que rareza se muestra incapaz de entender la política.

Una de las principales virtudes de Poderoso Compañero es el Dinero, sobra decirlo, es aceptar que los humanos somos capaces de distinguir que existen vidas buenas y vidas malas. Adalberto Ortiz considera que una persona que conoce de finanzas es una persona que está más cerca de la buena vida, sin por ello caer en el culto al becerro de oro. Esto es algo destacable en un empresario como lo es el autor: tiene la sabiduría para reconocer que, aunque el dinero es importante en nuestras vidas, también hay cosas más importantes.

Sabiéndolo o sin saberlo —uno estaría tentado a decantarse por la primera opción, dada la formación de politólogo del autor—, Adalberto Ortiz escribió un libro de inspiración clásica. En efecto, ya desde la antigüedad nos encontramos con que alguien como Jenofonte también había escrito su propio tratado sobre finanzas, el Económico. En este libro Jenofonte habla sobre la administración del hogar y la agricultura o en otras palabras, sobre las finanzas y la vía para procurarse el sustento de la mejor manera.

Evidentemente, en la época de Jenofonte no existía el internet, las tarjetas de crédito o los CETES, pero es relevante la cantidad de paralelismos que se pueden trazar entre el tratado del griego y el libro que hoy nos ocupa, prueba de que los humanos contamos con ciertos problemas fundamentales inalterables, y síntoma —quizá— de la pertinencia de la obra de Adalberto Ortiz.

Veamos, por ejemplo, una de estas sorprendentes semejanzas; cuando nuestro autor señala que postrado en el hospital debido a extenuantes jornadas laborales sin un adecuado descanso, la visita de un amigo de juventud lo hizo recapacitar el camino que hasta aquel entonces seguía. Antes —nos cuenta el autor en el libro— solía privilegiar los bienes externos frente a los internos. Él seguía una “vida de negocios” como Aristóteles la entendía, pues este filósofo ya señalaba que lo propio de esta vida, la riqueza, no era un bien que los humanos buscaran por sí mismo, sino que solo era útil en relación con otro bien. Adalberto era entonces esclavo como ya Jenofonte nos había advertido que podían serlo las personas: “unos de la gula, otros de la lujuria, éstos de la embriaguez, aquéllos de ambiciones estúpidas y costosas, todo lo cual domina con tal dureza a las personas que han caído en sus garras”. En el caso de Adalberto Ortiz, nos cuenta que era esclavo tanto del trabajo como de despilfarrar el dinero en ropa de diseñador.

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A partir de esta anécdota, el autor relata que llevó a cabo un proceso de introspección. También nos cuenta que en su experiencia como empresario había visto a gente con mucho dinero estar “a un paso de la bancarrota” debido a su falta de prudencia en el gastar. La conclusión a la que llega el autor es que “No se trata de ganar mucho o poco dinero, se trata de lo que haces con él”. A su vez, esta conclusión en Jenofonte es posible encontrarla a través de la boca de Sócrates: “¿Y qué pasaría si te enseño en primer lugar, Critóbulo, que unos con grandes presupuestos construyen casas inútiles, mientras que otros con mucho menos dinero edifican casas provistas de todo lo necesario?”

Otro paralelismo importante entre el Económico de Jenofonte y el libro de Adalberto lo encontramos cuando, este último, nos advierte que “¡la salud financiera se relaciona estrechamente con la salud física y emocional!” Jenofonte por su parte lo consigna de esta forma:

Porque el que tiene lo suficiente para comer conserva mejor, creo yo, la salud haciendo un correcto ejercicio: si aumenta el ejercicio, se añade el vigor físico; si se entrena para la guerra, sale mejor librado de ella, y si atiende correctamente su hacienda y no se ablanda, es más lógico que la acreciente.

Y tal y como nuestro autor advierte en su primer capítulo que “un centavo ahorrado es un centavo ganado”, en el Económico Critóbulo señala: “estoy viendo, Sócrates, que conoces un procedimiento para crear riqueza, ahorrar, pues el que ahorra partiendo de escasos medios tengo la esperanza de que, con medios abundantes, podrá ahorrar con mucha facilidad”. Este vínculo entre ahorro y creación de riqueza es ejemplo del necesario autoconocimiento que los humanos debemos tener, pues implica disciplina, previsión y autocontrol. En el libro de Adalberto, la relación financiera entre ahorro y creación de riqueza es explicada en el capítulo 6, que comienza introduciéndonos al concepto de valor con una parábola de los talentos de la Biblia. Enésimo ejemplo, por cierto, de que los problemas que ocupaban a los humanos en aquellos remotos tiempos son los mismos que nos ocupan en la actualidad.

Las semejanzas entre una y otra obra, hay que recalcarlo, dan cuenta de que Poderoso Amigo es el Dinero no es otro libro de autoayuda de esos que abundan en el mercado. Está escrito con un lenguaje amigable ―incluso coloquial― y con numerosos dibujos, pero esto no significa que se ofrezcan soluciones mágicas

aderezadas de discursos motivacionales, tal y como lo hacen los libros de autoayuda. Por el contrario, Poderoso Compañero es el Dinero se debe entender como una obra mucho más cercana al tratado práctico —género en el que se inscribe el Económico de Jenofonte— que, a un libro de autoayuda, pues no busca solo reconfortar al lector, sino incitarlo a que desarrolle hábitos virtuosos.

Pero… ¿Qué es exactamente un tratado práctico? No es un libro de historia ni tampoco uno que se ocupe de conceptos rimbombantes; es un libro cuyas enseñanzas nos iluminan en nuestro día a día. Adalberto escribe con la convicción de que conocer de finanzas y cambiar nuestros hábitos nos pueden ayudar a vivir mejor, y esta es la razón por la que hoy nos reunimos en la Facultad de Ciencias Políticas para celebrar este libro.

El autor está lejos de adoptar un enfoque simplista que sataniza el dinero. Por el contrario, nos recuerda que éste puede ser un medio para realizarnos como seres humanos y cumplir nuestras metas. El dinero —nos dice el texto, “nos tratará como lo tratemos. Si aprendemos a gestionarlo de manera consciente y a establecer una relación saludable con él, el dinero se convertirá en nuestro aliado poderoso”.

¿Cómo mantener entonces una relación sabia con el dinero? El libro lo resume en sus páginas finales en cuatro pasos: hacer presupuestos, ahorrar, invertir, y cuidarse de caer en estafas. Todo ello nos acercará (al menos) un poco hacia una buena vida. Iscómaco en el Económico nos recuerda que a la buena vida se llega a través del hábito, tal y como el libro de Adalberto Ortiz nos lo dice de manera implícita, pero de forma sistemática. Leamos a Iscómaco: “no es gracias a la hermosura como florecen la bondad y la felicidad, sino con la práctica cotidiana de las virtudes”.

Los capítulos 1 a 5 del libro de Adalberto son precisamente aquellos que se ocupan de manera directa sobre los hábitos: el 1 habla sobre el por qué ahorrar; el 2 sobre la importancia de hacer presupuestos; el 3 sobre cómo hacer nuestro propio balance financiero, es decir, identificar cuánto gastamos y cuántos son nuestros ingresos; el 4 sobre qué son los créditos y cómo utilizarlos; y el 5, sobre la importancia de, una vez ahorrado, contar con un fondo de emergencia.

A partir del capítulo 6, el libro habla sobre qué hacer con nuestro dinero: el 6 habla sobre las inversiones, el 7 sobre la importancia de contar con seguros (tanto de vida, gastos médicos mayores, vivienda o educativos); el 8 sobre las pensiones, las Afores y el ahorro para el retiro; y finalmente el 9 explica los fraudes financieros, que son como dice el autor “tan antiguos como el dinero mismo”.

Por último, no me gustaría terminar mi intervención sin señalar que la práctica de las virtudes, la buena vida, y todo lo que hemos estado comentando, son el verdadero objeto de estudio de nuestra disciplina. Recordemos además que los consejos relativos a la administración del hogar y a las finanzas se pueden extrapolar con facilidad a otros ámbitos de la vida, incluida la política.

Una comunidad política cortoplacista, que despilfarra, que no sabe ahorrar o que carece de prudencia en la administración de sus recursos, difícilmente podrá aspirar a la estabilidad o a la prosperidad. En este sentido, la administración del hogar y la política no son ámbitos ajenos, sino reflejos de un mismo problema: el del orden de la vida humana. Esta es la enseñanza que Jenofonte nos lega en el Económico y es también la razón por la que nos sentimos honrados de presentar en la FCPyS Poderoso Compañero es el Dinero, el nuevo libro de Adalberto Ortiz.

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