Harfuch 2030: El torito es inocente - Mexico Social

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Harfuch 2030: El torito es inocente

Pedro Infante acaba de entrar en la sucesión presidencial de 2030 sin presentar credencial de elector, recorrer asambleas ni contratar una encuesta.

Escrito por: Sergio González Muñoz

Manuel Velasco, coordinador del Partido Verde en el Senado, llamó a Omar García Harfuch “el Pedro Infante de la política” y abrió la puerta a respaldarlo para la Presidencia. México tiene estas peculiaridades: uno cree estar leyendo una noticia sobre seguridad y termina esperando que el Secretario saque la guitarra.

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La comparación, formulada el 6 de octubre, merece algo más que una ceja levantada y una carcajada. Invocar a Infante equivale a sacar de la memoria nacional una reserva de afecto que ningún publicista puede fabricar por encargo. Hay políticos con reconocimiento de nombre, pero Infante tiene parentesco emocional con millones. A unos se les identifica en una fotografía; a Pepe el Toro se le guarda sitio en la sobremesa.

Su dimensión política reside precisamente ahí. Infante no necesitó gobernar para intervenir en la manera en que México se imaginaba. Sus personajes ayudaron a ponerle rostro al trabajador, al vecino solidario, al enamorado y al hombre que, entre adversidades, conservaba la dignidad. El cine convirtió esas figuras en un repertorio compartido de valores y aspiraciones. Antes de las campañas de proximidad, Pedro ya sabía entrar a una casa sin parecer visita oficial.

En Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, la desigualdad tenía domicilio, conflictos y lágrimas. El sinaloense encarnaba una dignidad que el dinero no podía comprar. Y allí hay una lectura política: reconocer al humilde como protagonista de la nación. También hay una tensión: el melodrama podía hacer soportable la injusticia al premiar moralmente a quien la padecía. Las y los pobres tenían buen corazón; faltaba discutir por qué seguían siendo pobres.

Por eso conviene mirar al ídolo con cariño, pero con inteligencia. Su universo cinematográfico también reprodujo jerarquías familiares, papeles de género y modelos de masculinidad que hoy merecen revisión. La nostalgia suele editar lo incómodo: conserva la serenata y borra el machismo (y el alcoholismo). Pedro forma parte de nuestra educación sentimental, pero ninguna democracia debería redactar su programa de gobierno consultando exclusivamente el álbum familiar.

Velasco entiende, al menos intuitivamente, el tamaño de ese capital simbólico. Llamar Pedro Infante a un funcionario intenta prestarle cercanía, confianza y arraigo popular. Es una transferencia afectiva para que el cariño acumulado por el cantante se asome al despacho del Secretario. Falta saber si semejante operación viene con guitarra incluida o si los derechos de la serenata se negocian después, durante el reparto de candidaturas.

El problema comienza cuando el parecido emocional pretende sustituir la evaluación pública. La popularidad puede abrir una conversación electoral, pero no responde por sí sola cómo se gobierna. Para valorar a un responsable de seguridad como Omar hacen falta resultados verificables, respeto a los derechos, controles institucionales y rendición de cuentas. La fotogenia no reduce expedientes abiertos. Un buen encuadre tampoco esclarece un delito, aunque siempre facilite la conferencia de prensa.

Esto vale para Harfuch y para cualquier aspirante. Una candidatura presidencial exige explicar qué país se propone construir, con qué recursos, mediante cuáles instituciones y bajo qué límites. México necesita seguridad, justicia, salud, educación, autoridades electorales auténticamente autónomas y una economía que permita vivir mejor. Son asuntos difíciles de resolver en una estrofa. El presupuesto, particularmente, tiene la desagradable costumbre de no cuadrar por mucho que uno sea entonado (y Edgar Amador lo sabe).

La frase también invita a examinar a los partidos. Si su función termina siendo descubrir quién despierta más suspiros y ofrecerle una plataforma, la representación pierde contenido. Un partido debería articular intereses, formar cuadros, discutir propuestas y asumir responsabilidades. Convertirse en agencia de contratación de celebridades políticas puede resultar rentable, pero deja a la ciudadanía ante un cartel de estrellas cuando esperábamos un proyecto de nación.

Pedro Infante importa políticamente porque demuestra que el poder también se alimenta de símbolos, relatos y afectos. Despreciar esa dimensión sería ingenuo, pero estoy cierto de que entregarle todo el espacio sería irresponsable. Decía mi papá que la democracia necesita emoción para movilizar y razones para decidir. Yo creo que entre el tecnócrata que no escucha y el galán que sólo posa debería haber sitio para dirigentes capaces de comprender al país y someterse a sus exigencias.

Hay, además, una diferencia decisiva entre la sala de cine y la casilla: en la primera podemos repetir la película porque conocemos el final. En la segunda debemos examinar las opciones precisamente porque nadie puede garantizarnos uno feliz. Ni siquiera con un buen son.

Rumbo a la elección presidencial de 2030, partidos y aspirantes deben elevar la conversación: menos bautizos cinematográficos, más propuestas contrastables; menos enamoramiento de las encuestas, más responsabilidad por los resultados.

Yo dejaría a Pedro seguir cantando y pediría a quienes buscan gobernar que expliquen, escuchen y rindan cuentas. La seriedad política empieza por reconocer que México puede querer mucho a un ídolo y, aun así, exigir mucho más a un Presidente. El aplauso dura minutos; las decisiones del poder comprometen generaciones. Conviene recordarlo antes de elegir protagonista.

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