La fiesta sin reglas
Toda sociedad se revela a sí misma en distintos momentos; quizá los más emblemáticos son las tragedias colectivas, a la par que sus momentos de celebración. En efecto, hay algo profundamente significativo en la manera en que los pueblos festejan, porque la fiesta constituye una suspensión parcial de la rutina y una exposición de aquello que permanece oculto durante la vida cotidiana. En la celebración aparecen las emociones colectivas, las expectativas compartidas, los símbolos de pertenencia y, también, las tensiones que recorren el entramado social.
Escrito por: Mario Luis Fuentes
México ha tenido la posibilidad de vivir, una vez más, el entusiasmo de una justa mundialista. Las plazas públicas se llenaron como nunca, los restaurantes se abarrotaron, las pantallas congregaron a miles de personas y el fútbol volvió a convertirse en un lenguaje común capaz de unir temporalmente a individuos que, en otros contextos, difícilmente compartirían el mismo espacio. Sin embargo, junto a la alegría legítima del encuentro colectivo, emerge la pregunta relativa a cómo evitar qué las celebraciones masivas no dejen de ser experiencias asociadas al saldo blanco y transiten, como ya ha ocurrido en diferentes momentos, al desorden y el descontrol.
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Lo que se observa parece formar parte de una problemática profunda relacionada con la forma en que una parte significativa de nuestra cultura se relaciona con las normas, las leyes y los reglamentos. Desde hace décadas, diversos estudios han señalado que en México existe una compleja relación con la legalidad. La ley suele percibirse más como una imposición que como una construcción colectiva orientada al bien común. De manera paralela, se ha desarrollado una valoración cultural ambigua respecto del incumplimiento de las reglas. El ingenio para evadirlas, burlarlas o reinterpretarlas suele celebrarse socialmente como una expresión de inteligencia y astucia. En numerosos contextos, el respeto irrestricto de las normas es visto incluso como una muestra de ingenuidad.
Este fenómeno encuentra una expresión particularmente visible en lo que coloquialmente se denomina “el desmadre”. La palabra posee una riqueza semántica extraordinaria porque no se limita al caos. Implica también una cierta suspensión de las responsabilidades, una ruptura temporal de los límites y una celebración de la espontaneidad. El problema surge cuando esa lógica deja de ser una excepción y se convierte en una forma habitual de convivencia.
Toda fiesta necesita reglas. Incluso las celebraciones más libres requieren acuerdos mínimos que permitan la coexistencia entre quienes participan en ellas. Sin límites compartidos, la alegría colectiva puede transformarse rápidamente en agresión, exclusión o peligro.
Por ello resulta tan revelador el contraste que recurrentemente se establece con la afición japonesa en los grandes eventos deportivos. Más allá de cualquier idealización, las imágenes de aficionados que recogen basura al finalizar los encuentros, que respetan las indicaciones de seguridad y que asumen una responsabilidad colectiva respecto de los espacios compartidos constituyen una poderosa lección cultural. No se trata simplemente de buenos modales, sino de una concepción distinta de la relación entre el individuo y la comunidad.
Mientras en muchas sociedades la responsabilidad colectiva forma parte de los hábitos cotidianos, en México persiste con frecuencia la idea de que el espacio público es territorio de nadie. La consecuencia es visible después de numerosos eventos masivos: basura acumulada, mobiliario dañado, agresiones, actos de vandalismo y conductas de riesgo que ponen en peligro tanto a quienes participan directamente como a terceros.
La preocupación se vuelve aún mayor cuando se observa que las celebraciones deportivas no constituyen escenarios completamente seguros. Los antecedentes recientes muestran que los estadios y sus alrededores han sido escenarios de enfrentamientos violentos con consecuencias graves. Personas fallecidas, lesionadas de por vida y comunidades enteras conmocionadas por episodios que jamás debieron ocurrir forman parte de una realidad de los últimos años, que obliga a reflexionar.
Lo preocupante es que el problema no termina con el Mundial. Al contrario. Los conciertos masivos, las fiestas patronales, los festivales musicales, los espectáculos públicos y los eventos deportivos seguirán congregando a cientos de miles de personas durante los próximos años. Si las condiciones estructurales permanecen intactas, los riesgos también permanecerán.
Las investigaciones sobre comportamiento colectivo muestran que las personas experimentan transformaciones importantes cuando forman parte de grandes multitudes. La sensación de anonimato, la disminución de los mecanismos individuales de autocontrol y la influencia de las emociones grupales pueden favorecer conductas impulsivas que difícilmente aparecerían en otros contextos. Cuando estas dinámicas se combinan con altos niveles de frustración social, estrés acumulado, incertidumbre económica y fragilidad emocional, el resultado puede ser explosivo. La fiesta deja entonces de funcionar como un espacio de encuentro para convertirse en un escenario de descarga emocional.
En este punto aparece otro elemento que merece atención. Históricamente, gran parte de la cultura festiva mexicana ha estado asociada al consumo de alcohol. En años recientes, además, se ha incrementado la presencia de otras sustancias psicoactivas en diversos espacios recreativos. Esta realidad adquiere una dimensión especialmente delicada en un país donde múltiples investigaciones han documentado el deterioro de la salud mental, el incremento de síntomas depresivos y ansiosos, así como el crecimiento de distintas formas de sufrimiento psicosocial.
La combinación entre malestar emocional, consumo de sustancias y grandes concentraciones humanas constituye una ecuación de riesgo que no debería ser ignorada. La celebración deja de ser entonces un simple acto recreativo para convertirse en un fenómeno que involucra dimensiones sanitarias, psicológicas, culturales y políticas.
Por ello, la discusión no debe centrarse únicamente en aumentar la vigilancia policial o endurecer las sanciones. Aunque ambas medidas pueden ser necesarias en determinados contextos, resultan insuficientes si no se acompañan de una transformación cultural más profunda. México necesita avanzar de manera decidida en la construcción de una cultura de la responsabilidad compartida. Ello implica fortalecer las políticas de protección civil, profesionalizar los protocolos de prevención en eventos masivos, mejorar la coordinación institucional y garantizar mecanismos eficaces de gestión de riesgos. Pero implica también algo más complejo e importante: reconstruir los vínculos entre libertad y responsabilidad.
Una sociedad democrática se define fundamentalmente por la capacidad de construir reglas legítimas que permitan la convivencia. La verdadera libertad no consiste en ignorar las normas, sino en reconocer que las reglas son indispensables para proteger la dignidad, la seguridad y la vida de todas las personas.
Quizá el mayor desafío cultural en ese ámbito consista precisamente en aprender a celebrar sin destruir, a disfrutar sin poner en riesgo a otros y a ejercer la libertad sin convertirla en licencia para el daño. Porque una fiesta sin reglas puede parecer, por un momento, una expresión de alegría absoluta; pero cuando desaparecen los límites que sostienen la convivencia, la celebración corre el riesgo de transformarse en la antítesis de lo que una fiesta debe significar: una experiencia de dolor, violencia y pérdida.
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Investigador del PUED-UNAM
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