miedo
La delincuencia despoja a sus víctimas de bienes, integridad o vida a la par que se apropia anticipadamente de los movimientos de quienes temen convertirse en víctimas. Su poder comienza antes del delito: está presente cuando una persona decide no salir, modifica su trayecto, oculta sus pertenencias o impide que sus hijos caminen solos. En ese sentido, la inseguridad termina por gobernar la vida cotidiana.
Escrito por: Mario Luis Fuentes
Los resultados de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) de junio de 2026 permiten observar la extensión de ese dominio. En las ciudades estudiadas, 42% de la población adulta dejó de llevar objetos de valor por temor a la delincuencia; 38.2% modificó su decisión de permitir que las personas menores de edad de su hogar salieran solas; 35.9% dejó de caminar de noche en los alrededores de su vivienda y 22.5% redujo o modificó las visitas a familiares y amistades.
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Detrás de estos porcentajes hay magnitudes enormes: 19.2 millones de personas cambiaron su manera de portar objetos valiosos; 16.4 millones alteraron sus caminatas nocturnas; 14 millones restringieron la autonomía de niñas, niños y adolescentes, y 10.5 millones modificaron sus vínculos familiares o amistosos. Es importante considerar al respecto que una misma persona puede haber cambiado varios hábitos; de este modo, en conjunto, esas cifras describen una sociedad obligada a administrar permanentemente el riesgo.
Existe una mejoría estadística. Entre el segundo trimestre de 2025 y el mismo periodo de 2026 disminuyeron los cuatro tipos de restricciones. La reducción fue especialmente visible en la decisión de permitir que los menores salieran solos, que pasó de 42.4% a 38.2%. En una perspectiva más larga, el descenso es todavía mayor: en 2013, alrededor de 64.5% evitaba llevar objetos de valor, frente a 42% en 2026.
Pero una disminución del miedo no equivale necesariamente a la recuperación de la tranquilidad social. La ENSU mide cambios de conducta motivados por el temor al delito; no demuestra por sí misma que haya disminuido proporcionalmente la delincuencia ni permite conocer toda la experiencia emocional de las personas. Puede ocurrir, incluso, que ciertas restricciones se hayan normalizado hasta dejar de percibirse como cambios: ya no se modifica una rutina porque la renuncia se convirtió en rutina.
La lógica del miedo funciona mediante una reducción gradual del mundo disponible. La noche deja de ser tiempo público; la calle cercana deja de sentirse como prolongación del hogar; visitar a los demás exige evaluar horarios, rutas y medios de transporte. La libertad subsiste jurídicamente, pero se contrae materialmente. Se tiene derecho a circular, reunirse y disfrutar la ciudad, aunque hacerlo implique un costo emocional que hace impracticable ese derecho.
Esta carga, además, es profundamente desigual. Entre las mujeres, 43.1% dejó de caminar de noche cerca de su vivienda, frente a 27.2% de los hombres. También ellas restringen más el uso de objetos de valor, las visitas y las salidas de los menores. La inseguridad refuerza así desigualdades previas: para las mujeres, el espacio público está atravesado simultáneamente por el temor al robo, la agresión sexual, la desaparición y otras violencias de género.
Las diferencias territoriales muestran experiencias urbanas casi inconmensurables. En Culiacán, alrededor de 69% dejó de caminar de noche y 68.4% evitó llevar objetos de valor. En Irapuato los porcentajes fueron 65.9% y 68.2%, respectivamente. En Ciudad Obregón, 84.8% modificó la decisión de permitir que los menores salieran solos. Se trata de geografías donde el miedo reorganiza la convivencia, debilita la confianza y vacía progresivamente los espacios comunes.
Vivir con miedo significa habitar una libertad disminuida. Significa convertir cada salida en un cálculo y cada demora en una amenaza posible. Por ello, nuestras políticas de deben evaluarse mucho más allá del número de delitos registrados, y valorar también por su capacidad para devolver la noche, la calle, el encuentro y la tranquilidad. Una sociedad verdaderamente segura debe entenderse entonces como aquella donde las personas recuperan el derecho de vivir sin organizar su existencia alrededor del temor.
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Investigador del PUED-UNAM
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