la salud
A veces los estudios de futuro generan escepticismo, preguntándose qué sentido tienen, mientras no se resuelven los problemas tradicionales y las urgencias del aquí y ahora. Estamos lidiando con carencias elementales de medicinas, equipamiento, salarios del personal médico y de enfermería, entre otras, que demandan soluciones apremiantes y bien articuladas. Al mismo tiempo, enfrentamos riesgos emergentes muy complejos, que suponen amenazas crecientes para la salud, y que, si no se atienden a tiempo, provocarán grandes crisis sanitarias y más pérdidas de bienestar humano.
Escrito por: Enrique Provencio D.
Hay un análisis reciente que debe ser tomado en cuenta. Una comisión convocada por la revista The Lancet, formado por especialistas en medicina, economía, seguridad y tecnología, exploró posibles escenarios de 2025 a 2100 sobre riesgos para la salud. Se centraron en 17 amenazas interconectadas, estimando su impacto por medio del indicador de años de vida ajustados por discapacidad, en las cuales la trayectoria depende de lo que haga la intervención pública. Algunas de esas amenazas, dice el grupo, también suponen peligros para la sobrevivencia humana. Esto hace muy relevante el estudio, porque tiene grandes implicaciones para las políticas globales y nacionales de salud.
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Como en toda estimación a tan largo plazo, hay muchas dificultades inherentes en la construcción de los escenarios sobre el bienestar humano. La comisión asumió que las medidas y los métodos empleados no resuelven por sí mismos las incertidumbres, y que las conclusiones pueden ir cambiando al paso del tiempo según haya más datos y pruebas. Teniendo en cuenta estas reservas, el estudio plantea que “La desagradable realidad es que las amenazas a las que nos enfrentamos son múltiples, complejas y difíciles”, a pesar de que asume que la esperanza de vida seguirá mejorando en lo que resta del siglo, si bien a ritmos muy distintos entre las grandes regiones del mundo.
El estudio de la Comisión Lancet sobre las amenazas globales a la salud en el siglo XXI toma en cuenta que la forma en que se comporten las economías, la desigualdad, la demografía, la pobreza y el cambio climático marcará en buena medida lo que ocurra con las variables sanitarias. Este es un oportuno recordatorio, sobre todo ante los augurios de que las tecnologías y las innovaciones médicas aseguran un mejoramiento continuo e imparable de nuestro bienestar. Hay un avance indiscutible, que duda cabe, que, a pesar de sus derramas tan desiguales, sigue traduciéndose en vidas más largas, aunque no siempre más sanas. Uno de los méritos de la Comisión es ponderar entre los riesgos y las promesas de la medicina, y, sobre todo, apuntar estrategias para que se concreten los mejores escenarios y se frustren las rutas más negativas.
Las 17 amenazas catastróficas que identifica la Comisión son una combinación de fenómenos sanitarios, tecnológicos y socioambientales. Van desde el conflicto nuclear y el uso malintencionado de la inteligencia artificial, con probabilidades bajas pero altos daños potenciales, a la contaminación atmosférica y el cambio climático, la desigualdad, los conflictos, la menor ayuda al desarrollo, el bajo nivel educativo, la desnutrición en los primeros años de vida, el alcoholismo, el tabaquismo, las pandemias, la resistencia antimicrobiana, la hipertensión, la obesidad, la salud mental y el envejecimiento poco saludable. La tendencia que sigan estas 17 amenazas no está dada, se definirá por lo que se haga o deje de hacerse desde ahora, sobre todo porque se trata de riesgos prevenibles y atendibles, y los años de vida ajustados por discapacidad que puedan ocurrir son evitables en buena medida, aunque en varios casos existan incertidumbres sobre la magnitud de los daños esperados.
Entre las implicaciones del estudio destacan dos, de gran relevancia para México. La primera es tomarse en serio el estudio prospectivo de la salud, bajo enfoques que se hagan cargo de sus interconexiones con las condiciones sociales y económicas (la desigualdad y la pobreza, la economía y el financiamiento) y ambientales (sobre todo el cambio climático y sus impactos en el agua y las sequías, por ejemplo). Se requiere una exploración cuidadosa de las amenazas, documentarlas con la mejor información posible, y monitorearlas. En México hay instituciones y capacidades de investigación de alto nivel para enfrentar esta tarea. Por cierto, en la Comisión referida participaron los doctores Julio Frenk y Roberto Tapia, que tienen una trayectoria muy destacada en la investigación sobre la salud en México.
La segunda implicación se relaciona con la preparación de los sistemas de salud, que deben enfrentar las tareas urgentes, sin duda, pero también adaptarse y orientarse a responder los riesgos emergentes, con más y mejor investigación en ciencias e innovación. Por ejemplo, en el caso del cambio climático, la Comisión llama la atención en el hecho de que los riesgos serán crecientes en las próximas décadas, y en la necesidad de estar más atentos a las implicaciones que eso supone para la prevención, la mejora de la infraestructura, el seguimiento de emergencias y otras grandes medidas. Estas y otras implicaciones demandaran el fortalecimiento financiero del sistema de salud y de la investigación asociada.
El estudio la Comisión Lancet sobre las amenazas globales a la salud en el siglo XXI puede verse en línea, previo registro, en: https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(26)01714-9/fulltext#au60
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