mundial
Hay partidos que se juegan durante 90 minutos. A veces, 120. Y existen unos pocos que parecen disputarse durante décadas, como si cada generación cargara sobre sus hombros el peso de todas las anteriores. La victoria de Paraguay sobre Alemania del 29 de junio en el Mundial de 2026 pertenece a esta última categoría.
Escrito por: Sergio González Muñoz
El marcador apenas alcanzó a registrar una igualdad básica, unitaria, que obligó a la definición en penales. El problema es que las cifras nunca consiguen explicar aquello que realmente ocurre cuando un gigante cae. Alemania, tetra campeona mundial, heredera de una tradición futbolística construida sobre la disciplina, la eficacia y la costumbre de sobrevivir a los momentos decisivos, encontró esta vez un límite inesperado. Del otro lado apareció un Paraguay feroz, incansable, resiliente, decidido, capaz de soportar la presión sin perder la serenidad, como quien sabe que la esperanza también puede organizarse, y que también juega.
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Cuando el último penal alemán encontró la resistencia paraguaya y el disparo definitivo cruzó la línea, el estadio de Boston estalló. No fue únicamente el festejo de un equipo que avanzaba de ronda. Fue la celebración de una posibilidad que parecía reservada a la ficción: la de que la lógica, por una tarde, fue claramente derrotada por la convicción y la perseverancia. O como diría el clásico: sí se puede.
No debemos olvidar que el fútbol suele venderse como el reino de las probabilidades. Los modelos matemáticos, los rankings, los momios, el valor de las plantillas y los antecedentes construyen una apariencia de inevitabilidad. Sin embargo, cada Mundial nos recuerda que existe una fuerza más antigua que cualquier algoritmo: la voluntad humana de desafiar el destino, de ignorar el futuro, de sobreponerse al pasado. Nunca estadística alguna pudo medir la convicción de un grupo que decide creer cuando nadie más lo hace.
Las victorias inesperadas poseen una cualidad filosófica singular. No transforman únicamente el resultado de un encuentro; modifican el horizonte de lo posible. Después de ellas, nadie puede afirmar con la misma seguridad que ciertas cosas jamás ocurrirán.
Quizá por eso conmueven tanto; porque redimen algo más profundo que una eliminación deportiva. Redimen la experiencia cotidiana de quienes conocen la adversidad, de quienes han aprendido que el esfuerzo no garantiza el éxito y, aun así, continúan intentándolo. Cada triunfo improbable ofrece una respuesta silenciosa al viejo conflicto entre el destino y la libertad: nos recuerda que la historia nunca está completamente escrita.
Paraguay no derrotó solamente a Alemania. Derrotó la resignación que acompaña a los pronósticos demasiado seguros. Les recordó a los favoritos que el prestigio no juega los partidos y les demostró a los modestos que la esperanza no es una ingenuidad, sino una forma de coraje.
Cuando el estadio comenzó a vaciarse, lo que permanecía era la certeza de haber presenciado uno de esos momentos excepcionales en los que el deporte deja de ser entretenimiento para convertirse en metáfora de la condición humana frente a la adversidad.
Tengo para mí que toda victoria inesperada es, en el fondo, una promesa. La de que incluso frente a las estructuras más sólidas, los relatos más establecidos y las derrotas más inevitables, siempre existe un instante, a veces de 90 minutos, a veces de 120, a veces de una fracción de segundo, en que alguien encuentra la fuerza suficiente para cambiar la historia.
Al cerrar esta reflexión apresurada, no puedo evitar preguntarme y preguntarte ¿Y si sí?
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