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Esta semana, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) celebra su 475º aniversario. Más que una simple efeméride institucional o un recordatorio en el calendario, esta fecha representa la oportunidad perfecta para pausar el ritmo vertiginoso del día a día, mirar atrás con profunda honestidad y decir, con el corazón en la mano: Gracias, UNAM. Para miles de mexicanos, estas dos palabras condensan una deuda de gratitud imposible de saldar por completo, pero que es imperativo profesar públicamente.
Escrito por: Gabriel R. Covarrubias
Mi propia historia con la máxima casa de estudios comenzó hace varios años en las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP). Desde aquellos primeros días cruzando los pasillos con la mochila cargada de dudas y expectativas, la universidad no solo me abrió las puertas al conocimiento universal, sino a un tejido social y humano que transformó mi vida para siempre. Fue en la preparatoria donde aprendí el verdadero significado de la diversidad, de la confrontación respetuosa de ideas y del pensamiento crítico. Hoy, como estudiante universitario, miro el camino recorrido desde ese punto de partida y me asombra la generosidad de este proyecto cultural y educativo, el cual no tiene comparación en la historia de nuestro país.
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La UNAM me dio la oportunidad invaluable de estudiar una carrera, pero su impacto en mí trascendió por mucho los planes de estudio y las evaluaciones académicas. En sus campus encontré el refugio y el escenario para el nacimiento de amistades entrañables, risas compartidas y alegrías que me acompañarán durante el resto de mi existencia. La vivencia comunitaria de la universidad es un catalizador humano sin igual: en las islas, en las bibliotecas, en los auditorios y en las cafeterías se debate el futuro del mundo mientras se construyen los lazos afectivos más sólidos de la juventud.
Profesionalmente, la universidad me ha dotado de prácticamente todas las herramientas necesarias para desarrollarme y competir con confianza en el exterior. Bajo su cobijo, he tenido la fortuna de ganar concursos académicos y de poner a prueba los conocimientos adquiridos en las aulas. Sin embargo, uno de los hitos más significativos de mi trayectoria ocurrió gracias a su visión global y solidaria: fui beneficiado con una beca de la UNAM para realizar una estancia de investigación en el extranjero. Esta oportunidad no solo representó un logro académico, sino una experiencia de vida que expandió mis horizontes culturales, me permitió contrastar nuestra realidad con la de otras latitudes y me demostró que el talento puma tiene la capacidad de brillar con luz propia en cualquier rincón del planeta. Sin el respaldo económico e institucional de la universidad, un sueño de esa magnitud habría sido simplemente inalcanzable para mí.
A la par de mi formación científica e intelectual, la vida universitaria me otorgó uno de los honores más grandes y formativos de mi juventud: servir como Consejero Universitario. Esta posición de representación estudiantil me permitió conocer a la institución desde una óptica completamente distinta, institucional y profunda. Desde las comisiones y las sesiones del pleno, fui testigo de la inmensa complejidad que implica dirigir los destinos de una comunidad de cientos de miles de personas. Entendí que la UNAM es un microcosmos de la nación, donde confluyen todas las corrientes ideológicas, las disciplinas del saber y las realidades socioeconómicas de México. Ser consejero me enseñó el valor de la negociación, el peso de la responsabilidad pública y la importancia de defender la autonomía como el bien más preciado para garantizar la libertad de cátedra e investigación.
Es innegable que una institución de estas dimensiones no está exenta de tormentas. La UNAM ha atravesado por diversas crisis a lo largo de su historia, incluida una de manera muy reciente. Las tensiones internas, las presiones presupuestales y los desafíos sociales suelen poner a prueba la estabilidad de nuestra casa de estudios. Sin embargo, lo verdaderamente valioso e inspirador de nuestra comunidad es la resiliencia innata de su gente. Los estudiantes, académicos, investigadores y trabajadores siempre encontramos la manera de aprender de los errores, debatir con madurez y salir adelante. La autocrítica y la capacidad de reforma interna son los mecanismos que han mantenido viva y vigente a la universidad a través de los siglos.
Por todo esto, resultaría un error histórico, político y civilizatorio no reconocer el valor de la UNAM o, peor aún, dedicarse a atacarla sistemáticamente. Denostar a la universidad es golpear el motor de movilidad social más eficiente que tiene México y el bastión cultural e intelectual más importante de la nación. La UNAM pertenece a los mexicanos y su defensa debe ser una causa común que trascienda cualquier coyuntura política o ideológica.
A sus 475 años, la Universidad Nacional Autónoma de México sigue en pie como un faro de esperanza y progreso. Mi deuda con ella es eterna, pues no solo me formó como profesionista, sino que me esculpió como ciudadano y como ser humano. Por las aulas del pasado, por los retos del presente y por el brillante futuro que construimos día con día, solo queda reiterar el orgullo de pertenecer a sus filas. ¡Por mi raza hablará el espíritu! ¡Goya!
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