La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se encuentra en el centro del debate público tras una de las determinaciones más complejas de su historia reciente. La suspensión provisional de los trámites de inscripción a licenciatura, motivada por la detección de puntajes atípicos y presuntas conductas fraudulentas en su concurso de selección digital, ha encendido alertas en los ámbitos académico, social y gubernamental. Ante un escenario de esta magnitud, quienes formamos parte de la comunidad universitaria debemos transitar del señalamiento mediático al análisis, asumiendo que la defensa de nuestra Máxima Casa de Estudios exige la preservación de su certeza jurídica e institucional.
Escrito por: Gabriel R. Covarrubias
La implementación de procesos de evaluación en línea nació de un ideal loable: democratizar el acceso y modernizar la gestión escolar. Sin embargo, la realidad nos ha enfrentado a una dura lección sobre la vulnerabilidad de las plataformas frente a dinámicas de optimización tecnológica externa. Cuando los puntajes mínimos de ingreso se desplazan de manera atípica en carreras de alta demanda, no solo se genera una legítima indignación social, sino que se pone en riesgo el principio de igualdad de oportunidades. Por ello, la decisión de la Rectoría de instalar una Comisión Técnica para revisar el examen de ingreso a licenciatura 2026 representa una ruta institucional correcta. La autonomía universitaria no es opacidad, sino la facultad soberana para autorregularse, aprender de los errores y prevenirlos de cara al futuro.
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No obstante, resulta indispensable señalar que esta crisis también ha sido utilizada de manera oportunista por grupos y personas externas que buscan atacar y debilitar a la Universidad. Esos discursos pretenden descalificar el proyecto educativo más importante de la nación. Quienes hemos caminado sus pasillos sabemos con certeza que la UNAM es mucho más que sus procesos de admisión; es el principal motor de movilidad social del país. En lo personal, tengo acceso a la educación superior gracias a ella; sin su existencia, cursar una licenciatura sería un horizonte lejano. Si bien la Universidad tiene errores y muchísimas áreas de oportunidad que deben corregirse con autocrítica, los ataques externos solo la debilitan, no la fortalecen.
Defender a la UNAM implica recordar y visibilizar la inmensa complejidad de su labor cotidiana. No estamos solo ante un espacio de aulas y exámenes; la Universidad es el epicentro de la investigación científica del país, el principal polo de difusión cultural, y un territorio vivo para el arte, el teatro, la discusión plural y la movilidad internacional. Paralizar o desacreditar a la institución por intereses ajenos a la academia es atentar contra el patrimonio intelectual de México. El verdadero reto radica en perfeccionar sus mecanismos y fortalecer su rigor técnico para blindarla ante las trampas de la nueva era digital.
A los universitarios y a todo aquel que sabe de la importancia de la UNAM, nos corresponde advertir que la estabilidad de nuestras instituciones no se garantiza cediendo ante la confrontación, sino robusteciendo la eficacia gubernamental y administrativa. La lección de esta semana nos obliga a diseñar políticas tecnológicas con auditorías rigurosas para que la digitalización y la inteligencia artificial sean una herramienta de inclusión y nunca un factor de vulnerabilidad. Fortalecer a la UNAM implica respaldar el esclarecimiento institucional de este proceso, asegurando que la transparencia, el rigor académico y la justicia sigan siendo las credenciales inquebrantables de la institución que transforma la vida pública de la nación.
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