Democracia trampas e ilusiones
En La trampa de la confianza (2013), su autor, David Runciman, en ese entonces Jefe del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad de Cambridge, ofrece una interpretación revolucionaria sobre la resiliencia de las democracias contemporáneas, afirmando que, al mismo tiempo, puede constituirse en su mayor fragilidad.
Escrito por: Sergio González Muñoz
La tesis central sostiene que las democracias modernas sobreviven no porque resuelvan eficazmente sus crisis, sino porque poseen una pericia específica para postergar decisiones definitivas, absorber conflictos y recomponerse cuando parecen al borde del colapso.
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Esa flexibilidad, lejos de ser una virtud incontestable, constituye también una amenaza: la confianza reiterada en que “todo se arreglará” puede transformarse en complacencia institucional, parálisis estratégica y deterioro progresivo.
Tengo para mí que el valor de la obra radica es su enfoque histórico-comparado. Runciman recorre episodios decisivos de los siglos XX y XXI —guerras, crisis económicas, colapsos financieros y confrontaciones ideológicas— para mostrar que la democracia liberal ha prosperado muchas veces en contextos de aparente desorden.
A diferencia de las autocracias, cuya fortaleza depende con frecuencia de la disciplina y el control o sus respectivas apariencias, las democracias pueden exhibir caos sin necesariamente desmoronarse. Esta observación desafía las narrativas simplistas que equiparan eficacia política con concentración del poder.
Sin embargo, la relevancia actual del libro se vuelve punzante en el contexto global de recesión democrática y de autocracias competitivas o electorales. Diversos países enfrentan erosión institucional, deterioro político, polarización extrema, captura partidista o supresión de organismos públicos independientes, desinformación digital y, lo que es peor, creciente desafección ciudadana.
En ese escenario, creo que la expresión “trampa de la confianza” adquiere un nuevo significado: las democracias ya no solo corren el riesgo de reaccionar tarde ante crisis coyunturales, sino de normalizar su propio desgaste estructural. La creencia de que la alternancia electoral basta para corregir desviaciones ha demostrado ser insuficiente frente a liderazgos iliberales que utilizan los mecanismos democráticos para vaciarlos desde dentro.
El alegato de Runciman resulta especialmente pertinente hoy al advertir que las democracias no suelen morir de manera súbita, sino mediante procesos graduales de debilitamiento. Levitsky y Ziblatt lo expresaron meridianamente cuando alegaron que las democracias ya no mueren con golpes militares, sino a manos de líderes electos.
El deterioro del Estado de derecho, la subordinación o eliminación de contrapesos, el desprestigio del conocimiento experto, la negación de la ciencia misma y la instrumentalización del miedo social no siempre generan alarma inmediata, precisamente porque se desarrollan bajo procedimientos formalmente legales.
Las crisis contemporáneas, visibles, en marcha, pesadas, ominosas, confirman la admonición: muchas democracias conservan elecciones periódicas mientras pierden calidad republicana, capacidad de gobierno y legitimidad social, política y hasta internacional.
Me parece que el libro invita a reconsiderar la relación entre paciencia democrática y urgencia política. La demora puede ser prudencia, pero también evasión. La negociación puede ser pluralismo, pero también bloqueo. La tolerancia puede ser apertura, pero también indiferencia frente a quienes buscan destruir las reglas comunes. El gran desafío del presente consiste entonces, creo, en distinguir cuándo la elasticidad democrática fortalece al sistema y cuándo lo deja inerme ante sus adversarios.
La trampa de la confianza es una obra imprescindible en estos tiempos y días para comprender por qué las democracias sobreviven más de lo que predicen sus críticos, pero también por qué pueden agotarse sin advertirlo.
Recordemos a Mounk que preconizó con tino que estamos entrando en una era en la que las elecciones siguen existiendo, pero las libertades civiles se erosionan. Es decir, ahora que el autoritarismo se moderniza y la ciudadanía duda de la utilidad de las instituciones y de la productividad oportuna y suficiente de bienes del orden democrático de los gobiernos modernos, la lectura de Runciman trasciende el diagnóstico y se convierte en advertencia estratégica.
El texto también nos confronta con una paradoja perturbadora: las democracias no suelen colapsar de forma abrupta, sino que sobreviven a sus propias crisis gracias a una resiliencia que, lejos de ser siempre virtuosa, puede fomentar la complacencia, la postergación de reformas y la normalización del deterioro institucional. En ese sentido, el verdadero peligro no es la fragilidad, sino la falsa sensación de seguridad que permite que los problemas se acumulen hasta volverse estructurales.
La lección es clara y urgente: no basta con que la democracia resista, es imprescindible que se renueve. Ello exige una ciudadanía vigilante, capaz de exigir rendición de cuentas más allá de los ciclos electorales, y una clase política dispuesta a asumir costos en el presente para evitar crisis mayores en el futuro.
La acción no puede seguir difiriéndose bajo la ilusión de que “todo aguantará”; muy al contrario, es momento de reactivar los mecanismos de corrección democrática, fortalecer las instituciones, revisar la constitución y reconstruir la confianza pública desde la responsabilidad compartida, antes de que la resistencia misma se convierta en el preludio de un desgaste irreversible. Creo que corresponde ahora a la alta política —organismos internacionales, jefaturas de Estado, parlamentos, tribunales constitucionales, partidos políticos y creo que hasta las universidades— abandonar la gestión cortoplacista y asumir una defensa activa, enérgica y eficaz del orden democrático. No basta con esperar la próxima corrección automática del sistema: es tiempo de reformar, revitalizar, acorazar la democracia, inclusive con imaginación estratégica, antes de que la confianza se convierta, definitivamente, en su última ilusión.
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