Internet y democracia para todos - Mexico Social

Escrito por 4:00 am Alejandro Sahuí, Ciencia, Comunicaciones, Democracia, Destacados, En Portada

Internet y democracia para todos

A pesar de sus promesas democratizadoras la esfera pública digital se ha vuelto cada vez más polarizada, cerrada y conservadora. Su estructura y funcionamiento afecta derechos civiles y políticos básicos. Como sostiene uno de sus principales arquitectos Tim Berners Lee[1], dicha esfera en realidad ya no es pública; fue privatizada y expropiada a la ciudadanía.

Escrito por: Alejandro Sahuí

Hay que subrayar que el universo digital de internet tuvo un origen público en su concepción, desarrollo y financiamiento. El propósito de la red era servir a la gente, no a las empresas o los gobiernos. Esta cuestión no es anecdótica porque permite eludir la objeción libertaria al control constitucional.

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Visibilizar las reglas de origen de la esfera digital enseña que la defensa de las corporaciones contra la vigilancia del público nace de un relato distorsionado: que los Estados son los únicos actores que afectan los derechos humanos. El prisma histórico enseña que son hoy agentes privados los principales causantes de la crisis democrática, ya que imponen vetos y barreras de entrada, y son capaces de decidir quiénes y cómo participan.  

Los medios masivos y digitales no son algo externo a los Estados porque a través de ellos se forma la opinión y la voluntad política. Por lo tanto, su ataque es un problema constitucional equivalente a la toma del Congreso o la Corte por la fuerza, daña las bases del orden legítimo: se trata de un golpe de Estado tecnológico, como señala Marietje Schaake[2].

Las plataformas y redes producen esferas semi-públicas que vuelven lo público una zona de guerra. El problema no es el carácter polarizante de los procesos de comunicación surgidos, ni el pluralismo, sino que la infraestructura digital no establezca condiciones para el filtrado de opiniones generadas mediante fuentes y canales opacos que producen una erosión general de la confianza cívica. El constitucionalismo es un límite del poder ilegítimo y ha de enfocar la normatividad de la arquitectura digital.

Con la Web 2.0 ocurrió un cambio radical en la manera de interactuar con la red. Si el modelo previo de internet era una biblioteca donde exclusivamente publicaban sujetos con autoridad, ahora es una plaza que diluye la diferencia entre productores y consumidores de información. Sin embargo, no se trata de una plaza pública sino más bien de un centro comercial.

Se debe realizar una crítica orgánica del mundo digital, de su estructura y reglas de operación, no tanto vigilar y controlar los contenidos informativos. Este mundo promete accesibilidad universal, pero existen zonas que no son públicas ni libres porque las empresas son leviatanes que se benefician de los efectos red macros y establecen las reglas de intermediación.

Las corporaciones son también gobiernos privados que ejercen poder social más allá de la economía, no solamente persiguen la utilidad. Por ello los tribunales deben enjuiciarlas, para que no empleen su poder arbitrariamente, como ha ocurrido en fechas recientes con Meta y Alphabet en Los Ángeles, Estados Unidos. El asunto no es sencillo, implica ser capaces de imputar responsabilidades, trazar relaciones de causalidad entre las conductas corporativas y las afectaciones a las personas y los procesos comunicativos.

En su mapeo de internet Berners-Lee enseña zonas francas donde la ciudadanía no debe pagar peaje para participar, ágoras incluyentes y polifónicas, como Wikipedia, Mastodon o Internet Archive, que tratan a las personas como ciudadanas, no como clientas o productos. Y Marta Peirano enseña técnicas de resistencia digital[3].

Esto significa que todavía es posible imaginar el potencial democrático de internet. Sin rendir pleitesía a señores feudales digitales o al Estado hay que subvertir la lógica del mundo virtual y sustituir la economía de la atención por otra distinta, enfocada en la intención: “un mundo en el que el ordenador, en lugar de intentar distraernos, hace realidad lo que le pedimos. Eso sería la economía de la intención”. Se trata de que la red trabaje en favor de la ciudadanía.

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[1] Tim Berners-Lee, Esto es para todos: La historia de la World Wide Web, Barcelona, Deusto-Planeta, 2026.

[2] Marietje Schaake, The Tech Coup. How to Save Democracy from Silicon Valley, Princeton, Princeton University Press, 2024.

[3] Marta Peirano, El pequeño libro rojo del activista en la red, Barcelona, Roca Editorial, 2015.

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