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Pausa climático sanitaria

En la Copa Mundial de futbol 2026 cobró fama la pausa de hidratación, un descanso en el primer tiempo de los partidos y otro en el segundo, para que los jugadores tomen alguna bebida y eviten riesgos por los calores. Aun comprendiendo la necesidad, la medida fue mal recibida por el público e incluso por las selecciones nacionales, porque altera el ritmo del juego, y también porque parece una medida comercial, pues agrega publicidad a la FIFA.

Escrito por:  Enrique Provencio D.

Al mismo tiempo, se estaba viviendo una emergencia: desde principios de junio varias regiones europeas sufrían temperaturas muy elevadas, con intensos daños a la salud y mayor mortalidad en algunos grupos de edad y laborales. Se adelantaron las semanas más calurosas del verano, que iniciaron desde primavera, alterando el ritmo de vida y los ciclos escolares.

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No parece haber pausa de hidratación que valga: la variabilidad climática acumula evidencias, intensificándose en años Niño, y confirmando la tendencia anticipada desde hace por lo menos tres décadas y media por el Pánel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), y también hace ya más de seis décadas, por los informes pioneros del Club de Roma.

No se trata de reacciones alarmistas. Algunos fenómenos metereológicos, como los sistemas de baja presión, operan sobre el fondo de temperaturas sostenidas que empiezan a sobrepasar umbrales de riesgo, y entonces se activan olas calurosas que rebasan los registros históricos, tal como ocurrió en junio en varios países europeos. En Francia, por ejemplo, el 24 de junio fue el más caliente del que se tiene registro, y hay mediciones desde el siglo XIX, con una media nacional de 30 grados Celsius, y en algunos lugares con más de 43 grados.

La alerta roja se dio también en Reino Unido, España, Alemania, Italia, Grecia y los Balcanes. Como lo sostuvo la ONU, es una ola que “lleva la huella de la crisis climática”, y que interactúa con otras condiciones locales llegando a generar disrupciones notables en la sociedad y sobre todo en los grupos y personas más vulnerables. Desde principios de siglo se dio la alarma con unas olas de calor que provocaron mortandad de personas mayores en Francia, Italia y España, con más de 10 mil fallecidos en tres semanas, aunque hay fuentes que duplican esa cifra.

Los impactos en la salud humana son los que más preocupan, pero las consecuencias son más amplias y complejas. El registro es más preocupante en los países del hemisferio norte, porque están registrando un calentamiento más acelerado, pero se extiende a todas las latitudes. Tanto la Organización Mundial de la Salud como la Organización Metereológica Mundial lo han difundido recientemente: los calores extremos amenazan “la salud de las personas, los ecosistemas, las infraestructuras y los medios de subsistencia”, y el impacto es más grave para los más vulnerables.

En el caso de la salud, las implicaciones de las olas de calor van desde los calambres hasta los casos mortales por golpes de calor y desmayos, pero además hay consecuencias cardiovasculares y respiratorias, sobre todo en lugares con alta contaminación. En esas olas el sueño se altera, principalmente para quienes carecen de aparatos de aire acondicionado o tiene fallas en el abasto eléctrico, y el ánimo se altera tanto por el mal dormir como por el malestar físico.

Los sistemas sanitarios tienen subregistros de los casos de enfermedades y muertes por calor extremo, pero estimaciones de la revista Lancet alertan que los fallecimientos en el mundo crecieron 60 por ciento de la década de 1990-1999 a 2012-2021, pasando de 335 mil a 546 mil muertes por esta causa.

Las personas que trabajan al aire libre, por ejemplo en el campo o en la construcción, están sufriendo más las olas de calor, y en las ciudades la falta de áreas verdes y la infraestructura que retiene las altas temperaturas, genera condiciones más graves en los periodos críticos de los veranos. Son las llamadas islas de calor, que están obligando a rediseñar los espacios urbanos para generar condiciones más tolerables. La frescura es un bien codiciado, pero de difícil acceso para la mayoría de la población.

Las respuestas son complejas, pero urgen estrategias amplias de preparación para atender lo que ya se está viviendo, y para enfrentar lo que viene. La adaptación tiene un significado muy concreto: evitar más enfermedades y muertes por las olas de calor, por el cambio climático en general.

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