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XXV Aniversario de una predicción imposible

El futuro no es lo que era, publicado por Felipe González y Juan Luis Cebrián en 2001 es de esos libros que adquieren una segunda vida cuando la historia los alcanza. Concebido originalmente como un largo diálogo sobre la democracia, la globalización y el porvenir de Europa, hoy puede leerse como el testimonio de una generación que observaba el nacimiento de un mundo nuevo sin imaginar todavía la velocidad con la que éste transformaría la política, la economía y la convivencia democrática.

Escrito por: Sergio González Muñoz

El libro no pretende ofrecer una teoría cerrada ni una autobiografía convencional. Es, sobre todo, una conversación entre dos protagonistas privilegiados de la España contemporánea: uno desde la conducción política del Estado durante catorce años; el otro desde la dirección del periódico que acompañó aquella consolidación democrática. La riqueza de la obra reside precisamente en ese formato: las ideas se desarrollan sin las acotaciones del ensayo académico y con la espontaneidad del intercambio intelectual.

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El eje de la conversación es una intuición que, vista desde 2026, resulta sorprendentemente vigente: el siglo XXI modificaría las reglas del poder mucho más profundamente que el siglo XX.

González sostuvo que los Estados nacionales comenzaban a perder capacidad para resolver problemas cuya naturaleza ya era global: las finanzas, las migraciones, el terrorismo, el medio ambiente o la revolución tecnológica. Cebrián, por su parte, advirtió que la velocidad de la información estaba transformando la política en un espectáculo permanente, donde la inmediatez amenazaba con sustituir a la deliberación.

Leído hoy, el libro adquiere un tono casi premonitorio. Cuando apareció, internet apenas comenzaba a convertirse en un fenómeno masivo; las redes sociales no existían, la inteligencia artificial pertenecía todavía al terreno de la investigación y conceptos como desinformación algorítmica o polarización digital eran prácticamente desconocidos. Sin embargo, muchas de las preocupaciones que recorren sus páginas anticipan los dilemas que hoy ocupan a gobiernos, organismos internacionales y democracias constitucionales.

Uno de los mayores aciertos de la obra consiste en rechazar tanto el optimismo tecnológico ingenuo como el pesimismo paralizante. Los autores reconocen que la innovación genera prosperidad y oportunidades, pero advierten que ninguna revolución tecnológica produce automáticamente sociedades más libres o más justas. La calidad de las instituciones, la fortaleza del Estado de derecho y la responsabilidad de los liderazgos políticos continúan siendo factores decisivos para orientar el cambio.

El texto también constituye una reflexión sobre el ejercicio del poder. González reivindicó la política como instrumento para transformar la realidad y cuestionó la creciente tendencia a reducir la acción pública a la administración de encuestas o al cálculo electoral inmediato. En una época marcada por la desconfianza hacia las instituciones, esa defensa de la política como actividad estratégica adquiere una relevancia renovada.

Naturalmente, el paso del tiempo también deja ver algunas limitaciones. El optimismo de los autores respecto del proceso de integración europea aparece matizado por acontecimientos posteriores como la crisis financiera de 2008, el Brexit, la guerra en Ucrania o el ascenso de movimientos nacionalistas y populistas. Asimismo, el libro no alcanzó a prever la magnitud del poder que adquirirían las grandes plataformas digitales ni la capacidad de los algoritmos para influir en la conversación pública y en los procesos electorales.

No obstante, sería injusto juzgar la obra por aquello que no pudo anticipar. Su verdadero valor reside en otra parte: en la invitación permanente a pensar el largo plazo. Frente a una cultura política dominada por la inmediatez, González y Cebrián nos hicieron ver que las democracias necesitan proyectos de futuro, instituciones capaces de sobrevivir a los gobiernos y ciudadanía dispuesta a defender los principios que sostienen la convivencia democrática.

Veinticinco años después de su publicación, El futuro no es lo que era conserva una rara cualidad: obliga al lector a confrontar sus propias certezas. El futuro que entonces parecía una promesa de prosperidad ilimitada terminó convirtiéndose en un escenario de incertidumbre permanente, donde convergen la inteligencia artificial, el cambio climático, la fragmentación geopolítica y la crisis de confianza en las instituciones. Paradójicamente, esa transformación hace que el libro resulte más actual hoy que cuando fue escrito.

González y Cebrián convirtieron la célebre sentencia de Paul Valery en una reflexión política de fondo: el porvenir no depende únicamente de la innovación tecnológica o del crecimiento económico, sino de la capacidad de las sociedades para preservar la libertad, fortalecer sus instituciones y construir consensos en medio del cambio. En tiempos de incertidumbre global, esa sigue siendo una de las lecciones más valiosas que ofrece esta conversación entre dos protagonistas de la historia reciente.

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