La crisis de la promesa democrática en la incertidumbre global - Mexico Social

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La crisis de la promesa democrática en la incertidumbre global

Nunca antes, como ahora, tantas personas habían vivido en América Latina bajo gobiernos formalmente democráticos; sin embargo, nunca había sido tan extendida la percepción de que la democracia es incapaz de responder a las exigencias fundamentales de la vida. Esta contradicción constituye el núcleo de la crisis contemporánea que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) identifica en su más reciente informe sobre la democracia y el desarrollo: se trata de una crisis de la promesa democrática misma.

Escrito por:  Saúl Arellano

Esta situación obliga a abandonar las interpretaciones superficiales que reducen el problema a la incompetencia de los gobiernos, al auge del populismo o a la irrupción de nuevas tecnologías, pues lo que está en juego es una transformación estructural de la relación entre economía, poder político y experiencia social en el contexto de la globalización tardía.

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La democracia moderna surgió históricamente vinculada a una expectativa fundamental: la posibilidad de que las sociedades pudieran gobernarse a sí mismas. Su legitimidad descansaba en la convicción de que la voluntad colectiva podía orientar el rumbo de los procesos económicos, distribuir los beneficios del crecimiento y construir instituciones capaces de garantizar derechos y bienestar. Sin embargo, durante las últimas décadas esta promesa se ha erosionado aceleradamente.

La globalización reorganizó las escalas del poder. Mientras las instituciones democráticas permanecieron ancladas al Estado nacional, las dinámicas económicas, financieras, tecnológicas e incluso criminales adquirieron una dimensión transnacional. El resultado ha sido una creciente asimetría entre los espacios donde se toman las decisiones y los espacios donde se expresa la voluntad ciudadana. Los ciudadanos votan dentro de fronteras nacionales; los factores que determinan buena parte de sus condiciones de vida operan cada vez más allá de ellas.

La Escuela de Frankfurt había anticipado parcialmente este fenómeno, mostrando cómo la racionalidad instrumental tendía a expandirse hasta colonizar ámbitos cada vez más amplios de la vida social. Jürgen Habermas reformuló posteriormente esta intuición al advertir sobre la colonización del mundo de la vida por sistemas económicos y administrativos crecientemente autónomos. Lo que observamos hoy es una radicalización de ese proceso: la democracia se encuentra sometida a presiones que provienen de sistemas complejos que escapan a los mecanismos tradicionales de representación y deliberación.

El informe del PNUD identifica con claridad algunas de estas presiones: la polarización política, la expansión del crimen organizado, las transformaciones digitales, la migración, la crisis climática y la incertidumbre geopolítica. Sin embargo, más allá de su diversidad aparente, todas ellas comparten una característica común: producen una creciente sensación de pérdida de control sobre el destino colectivo.

La polarización es tanto una confrontación ideológica como la expresión política de una fractura profunda en los mecanismos de diálogo público. Al percibirse que las instituciones no representan los intereses de amplios grupos de población, la diferencia política deja de ser procesada como desacuerdo legítimo y se experimenta como antagonismo existencial. La confianza se erosiona, la deliberación se degrada y la esfera pública se transforma en un espacio de sospecha permanente.

Algo similar ocurre con las tecnologías digitales. Durante décadas se pensó que internet ampliaría las capacidades democráticas de las sociedades contemporáneas. No obstante, las plataformas digitales han demostrado una extraordinaria capacidad para fragmentar la experiencia pública, acelerar la circulación de la desinformación y convertir la atención humana en mercancía. La promesa de una ciudadanía más informada ha coexistido con la proliferación de ecosistemas comunicativos que dificultan la construcción de consensos mínimos.

La expansión del crimen organizado representa otra dimensión particularmente significativa se trata ya de un fenómeno mucho más complejo, pues las economías ilícitas están desafiando y disputando el monopolio de la violencia legítima, con lo que la democracia pierde una de sus condiciones fundamentales de existencia: la capacidad del Estado para garantizar el ejercicio efectivo de los derechos.

La otra presión, igualmente profunda, proviene de la creciente distancia entre las expectativas sociales y las capacidades institucionales. Durante décadas, el desarrollo humano amplió el acceso a algunos derechos, y reducir relativamente la pobreza. El resultado es una paradoja: sociedades más educadas, con más salud y esperanza de vida al nacer, más conectadas y más conscientes de sus derechos, pero simultáneamente más frustradas y descontentas respecto de la capacidad de las instituciones democráticas para responder a ellos.

Por ello, la principal aportación conceptual del informe del PNUD consiste en insistir en que democracia, desarrollo humano y Estado de derecho no pueden entenderse como dimensiones separadas. Constituyen un triángulo interdependiente cuya estabilidad depende de la fortaleza de cada uno de sus vértices. Cuando la democracia pierde legitimidad, el desarrollo se vuelve más frágil; cuando el desarrollo se estanca, la democracia pierde apoyo social; cuando el Estado carece de capacidades, ambos procesos entran en una dinámica de deterioro mutuo.

La cuestión central para el siglo XXI no es, por tanto, si la democracia sobrevivirá formalmente, sino si será capaz de reconstruir su capacidad para producir sentido colectivo, integrar sociedades crecientemente fragmentadas y gobernar procesos económicos y tecnológicos que parecen escapar a toda regulación democrática.

La historia latinoamericana demuestra que las sociedades poseen una notable capacidad de adaptación. Pero la renovación democrática exige algo más que reformas institucionales. Requiere de la recuperación de la idea de que la política sigue siendo una práctica virtuosa y un espacio donde las comunidades pueden decidir sobre su propio destino; esa convicción constituye quizá el recurso más escaso y, al mismo tiempo, el más indispensable para imaginar futuros compartidos.

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Investigador del PUED-UNAM

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