El fantasma del retroceso: El neoconservadurismo que asoma la cara en México - Mexico Social

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El fantasma del retroceso: El neoconservadurismo que asoma la cara en México

En los últimos días, el debate público en México ha sido testigo de un fenómeno que resulta tan sorprendente como alarmante: el neoconservadurismo asoma la cara con una fuerza renovada. Al navegar por las distintas plataformas de redes sociales, hemos estado viendo un resurgimiento de discursos profundamente rancios. Se trata de posturas y problemas que, bajo la lupa del progreso histórico y los derechos civiles, parece que ya habíamos superado como sociedad. Sin embargo, la era digital ha servido como cámara de eco para ideas que buscan retroceder el reloj de las libertades individuales y los derechos democráticos. Lo que en un principio podría parecer un conjunto de opiniones aisladas o simples exabruptos virales, en realidad conforma un tejido ideológico mucho más complejo y estructurado. Este resurgimiento conservador no opera en el vacío; se manifiesta a través de propuestas concretas que atentan contra la individualidad, campañas importadas que buscan redefinir el rol de la mujer y discursos elitistas que pretenden condicionar la participación ciudadana. Es imperativo diseccionar estas narrativas para entender no solo de dónde vienen, sino el peligro tangible que representan para la estructura de nuestra democracia.

Escrito por:  Guillermo Ramírez-Rentería

El espejismo del “voto familiar” y la importación de la agenda “Trad Wife”

El primer síntoma claro de esta ola neoconservadora se materializó recientemente a través de la figura del joven Javier Albarrán. Este personaje, afiliado al Partido Acción Nacional (PAN), se hizo viral en las redes sociales tras poner sobre la mesa una propuesta que atenta contra los cimientos del sufragio universal: la implementación de un voto por familia en lugar de un voto por persona. La gravedad de esta idea radica en la anulación del individuo como sujeto de derechos políticos, diluyendo la voluntad personal en un supuesto consenso familiar que, históricamente, ha tendido a ser dominado por figuras patriarcales.

Sin embargo, para entender el calado de esta propuesta, debemos reconocer que no es nueva ni original de nuestro país. Se trata de una agenda ideológica importada directamente de una agresiva campaña estadounidense. Esta maquinaria está liderada por la organización “Turning Point” y figuras como Erika Kirk, quien es la viuda del conocido “activista de derecha” Charlie Kirk. La influencia de esta corriente en nuestro país demuestra cómo los movimientos reaccionarios operan a nivel transnacional.

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Erika Kirk, en particular, se ha vuelto mundialmente famosa por ser el rostro y motor de un movimiento conocido como “Trad wives” (esposas tradicionales). Esta tendencia, que se disfraza de una inocente elección de estilo de vida en redes sociales, tiene un objetivo político y social muy claro: busca que las mujeres den un paso atrás en sus conquistas históricas y le den prioridad nuevamente a la vida del hogar por encima de la vida laboral y la independencia económica. Todo este andamiaje ideológico viene fuertemente aderezado y justificado a través de la promoción de valores cristianos ortodoxos conservadores, los cuales se utilizan como herramienta para legitimar el retorno a dinámicas de subordinación que la sociedad moderna llevaba décadas intentando desmantelar.

El elitismo ilustrado y la condición del sufragio

Lamentablemente, el ataque a los valores democráticos universales no se detiene en las propuestas de la derecha afiliada a partidos políticos o en la importación de roles de género arcaicos. El neoconservadurismo también se manifiesta a través de un elitismo intelectual que busca segregar los derechos civiles. Un ejemplo perfecto de esto, y que prueba que el fenómeno no es único ni aislado, es el caso de la youtuber y maestra de la Universidad Panamericana, Natalia Torres.

Durante una reciente participación en un podcast, Torres defendió abiertamente una postura alarmante: la idea de que no todas las personas deberían tener el privilegio de votar. Sus argumentos se basaban en la premisa de que el sufragio debería estar estrictamente reservado a aquellas personas que cuenten con un grado académico de licenciatura y posgrado. Para sostener esta visión excluyente, la académica argumentó que el principal problema que enfrenta nuestra democracia es la ignorancia de los ciudadanos. Según su lógica, la solución pasaría por obligar a la gente a asistir a un curso impartido por el Instituto Nacional Electoral (INE), donde la población “aprenda sobre los poderes de la unión” antes de ser considerada digna de ejercer su voto.

Este tipo de argumentación es sumamente peligrosa. Esto, aunque suene a una queja constante y un lugar común por parte de algunos ciudadanos frustrados, es fundamentalmente falso y lleva a una sobresimplificación brutal de la realidad y de los problemas sociales. Reducir las fallas estructurales, la desigualdad y los retos de un país a la simple “ignorancia” del electorado es ignorar que los títulos universitarios no son sinónimo de ética pública, ni garantizan una mayor empatía hacia las necesidades colectivas. Condicionar el voto a un diploma es transformar un derecho inalienable en un privilegio de clase, creando ciudadanos de primera y de segunda categoría bajo el falso pretexto de la meritocracia educativa.

Lecciones del pasado y el miedo a la mayoría

Para comprender hacia dónde nos pueden llevar estas propuestas excluyentes —ya sea el voto restringido por familia o el voto condicionado por la educación—, la historia tiene mucho que decirnos al respecto. Los intentos de limitar la participación política de ciertos grupos siempre han surgido como una reacción de pánico por parte de quienes ostentan el poder frente a la inevitable expansión de los derechos.

Tal como lo expone magistralmente el profesor de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky, en su aclamado libro “Cómo mueren las democracias”, el retroceso democrático rara vez ocurre de un día para otro mediante un golpe militar; suele gestarse desde adentro, mediante la alteración paulatina de las reglas del juego. Podemos encontrar un claro paralelismo histórico en la época de la reconstrucción de los Estados Unidos. Durante este periodo, el nuevo derecho al voto de los ciudadanos afroamericanos, garantizado gracias a la naciente quinta enmienda, no fue celebrado como un triunfo de la libertad, sino que fue percibido como una amenaza directa e inminente al control político que ejercían los blancos del sur.

El impacto de permitir que una población históricamente marginada participara en la toma de decisiones fue masivo. Estados profundamente marcados por la segregación como Misisipi, Carolina del Sur y Luisiana vieron ingresar a las urnas a nuevos ciudadanos afroamericanos que, en algunos poblados, llegaron a representar hasta el 90% del total de los votantes. Como resultado directo de esta participación sin precedentes, en las elecciones del año 1880, más de 2 mil ciudadanos afroamericanos lograron acceder a un cargo público. Entre este número histórico se encontraban 14 congresistas y dos senadores que, curiosamente, tuvieron cabida y representación en las filas del Partido Republicano. Como consecuencia, todos los estados sureños modificaron sus constituciones, pues de seguir dándole el voto libre y sin condiciones a los afroamericanos sería un peligro para la clase prominente blanca de la región según el politólogo V.O. Key.

El historiador Alex Keyssar observó que el objetivo de estas restricciones era claramente mantener alejados a “los negros, pobres y analfabetos” fuera de las urnas. Una de las acciones más creativas ocurrió en Carolina del Sur con la ley de las 8 urnas, que establecía que para cada cargo de elección se requería una urna, lo que funcionaba en la práctica como una prueba de lectura. Como consecuencia, 7 años más tarde de alcanzar una votación histórica de 96% del padrón electoral, cayó a un 11%. Este episodio histórico demuestra que cuando el voto es verdaderamente universal, las estructuras de poder se transforman radicalmente, y es precisamente ese nivel de transformación el que aterra a los defensores del neoconservadurismo actual.

Conclusión

El resurgimiento de estos discursos rancios en México no debe tomarse a la ligera ni desestimarse como simples polémicas de internet. Ya sea a través de la propuesta del voto familiar de Javier Albarrán, la sumisión disfrazada de tradición de las “Trad wives” de Erika Kirk, o el elitismo excluyente que promueve Natalia Torres desde la academia, el objetivo subyacente es el mismo: restringir el poder de decisión y devolverlo a unas cuantas manos. La historia, ilustrada por los eventos de la Reconstrucción estadounidense y advertida por pensadores como Steven Levitsky, nos enseña que las democracias son frágiles y mueren cuando comenzamos a aceptar premisas que dividen a la sociedad entre quienes merecen participar y quienes no. La sobresimplificación de los problemas sociales para justificar la exclusión es el primer paso hacia el autoritarismo. Hoy, más que nunca, resulta vital reconocer estos rostros del neoconservadurismo y defender con firmeza que la democracia, con todos sus retos y complejidades, solo puede perfeccionarse con más participación ciudadana y derechos universales, nunca con menos.

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