La infamia del reclutamiento infantil criminal - Mexico Social

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La infamia del reclutamiento infantil criminal

Elena Azaola ha formulado una advertencia que México debe escuchar y tomar como una exigencia impostergable: es urgente detener absolutamente el reclutamiento que hacen de niñas, niños y adolescentes las organizaciones criminales. Su llamado a construir un gran acuerdo nacional parte de una realidad dolorosa, por su significado y magnitud: miles de personas menores de edad están siendo incorporadas a estructuras que administran sistemáticamente la violencia, mientras otras desaparecen, son asesinadas o terminan enterradas en fosas clandestinas. El reclutamiento constituye uno de los puntos en los que convergen algunas de las formas más graves de violencia que atraviesan al país.

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En efecto, las organizaciones criminales han desarrollado mecanismos complejos de incorporación que aprovechan precariedades económicas, vínculos comunitarios, expectativas de reconocimiento, masculinidades violentas y aspiraciones de consumo y prestigio. La investigación realizada por Azaola con Piotr Chomczyński y Roger Guy muestra precisamente que el dinero y el poder constituyen sólo una parte de la explicación: importan también la pertenencia a grupos sociales y las trayectorias compartidas.

El problema se encuentra particularmente presente en espacios donde se generan condiciones criminogénicas estructurales, así como distintas vulnerabilidades que se acumulan en territorios donde las organizaciones criminales poseen capacidad económica, armada y simbólica. Como resultado, ese tipo de grupos delincuenciales comenzar a disputar a las instituciones legítimas la capacidad de ofrecer pertenencia, reconocimiento y una representación del futuro. Pueden proporcionar dinero, protección y estatus, pero también jerarquías, códigos, relatos de prestigio y formas de identidad que se sustentan en el uso de armas y el ejercicio cruento de la violencia.

En mi libro, La infancia y el sentido interrumpido he propuesto pensar la infancia desde la fragilidad de una existencia que necesita ser recibida y cuidada por otros. Nadie llega autónomamente al mundo. Se requiere de otros para aprender el lenguaje, recibir alimento, interpretar el miedo, comprender los límites y descubrir que la propia existencia tiene valor. Familia, escuela, comunidad y Estado forman parte de esa arquitectura del cuidado. Por ello, cuando una estructura criminal consigue convertirse para un adolescente en una instancia capaz de otorgar identidad y horizonte, lo que se revela es lo que he intentado mostrar como una profunda fractura ontológica del cuidado.

Esta idea permite llevar el argumento más allá de la seguridad pública. El reclutamiento infantil no comienza en el momento en que un jefe criminal le entrega un arma a un adolescente. Su posibilidad se construye mucho antes, precisamente en los espacios y momentos en que se deterioran las mediaciones que deberían permitirle imaginar una vida valiosa. Elena Azaola lo ha expresado de manera contundente al estudiar estas trayectorias: a muchos de estos niños les fallaron sucesivamente la familia, la escuela, la comunidad y las instituciones. Por eso la respuesta tampoco puede agotarse en becas, policías, militares o programas aislados.

Desde la perspectiva que he intentado desarrollar en el libro Teologías de la sombra: religión, violencia y simulacro en el México contemporáneo, habría que añadir otra dimensión: las sociedades pueden habituarse a convivir con aquello que debería resultar intolerable. La repetición de la violencia modifica sus umbrales morales. Las desapariciones se convierten en cifras; los homicidios, en tasas; las fosas, en hallazgos cotidianos; los adolescentes reclutados, en “halcones”, “sicarios” o integrantes del crimen organizado. El lenguaje termina por ocultar la trayectoria humana que precedió a la categoría.

Levinas permite comprender la gravedad de esa operación. El rostro del otro impone un límite a nuestro poder porque comparece como alguien cuya vulnerabilidad nos concierne. La maquinaria criminal necesita realizar exactamente el movimiento inverso: transformar al otro en objetivo, enemigo, mercancía o cuerpo eliminable. Pero antes de que el adolescente reclutado aprenda esa reducción del otro, él mismo ha sido reducido a recurso disponible: vigilar, transportar drogas, matar o morir.

Lo anterior constituye una terrible duplicación de la violencia. Una niña o un niño convertido en instrumento del crimen puede producir posteriormente víctimas. Reconocer su condición de víctima de reclutamiento jamás debe borrar a quienes padecieron sus actos. Comprender tampoco significa absolver. Significa impedir que el último episodio de una trayectoria explique retrospectivamente toda una existencia. La víctima asesinada conserva íntegramente su derecho a la justicia; el adolescente que participó en su muerte conserva una humanidad que incluso el acto más grave no debería cancelar.

Por ello, erradicar el reclutamiento de niñas y niños debe convertirse en una política de Estado. México necesita tipificar y perseguir eficazmente el reclutamiento, investigar a quienes lo organizan y sancionar a los criminales; pero necesita, sobre todo, construir una estrategia nacional capaz de intervenir antes de que el crimen organizado encuentre disponibles esas vidas. Escuela, salud mental, espacios comunitarios, trabajo digno para las familias, recuperación territorial y sistemas eficaces de protección de derechos forman parte de una misma tarea.

Detener el reclutamiento infantil implica disputar a las organizaciones criminales la posibilidad de determinar el horizonte de una generación. Una sociedad fracasa civilizatoriamente en su relación con la infancia cuando la violencia puede ofrecer reconocimiento, pertenencia y porque las instituciones encargadas de cuidar y de garantizar universalmente sus derechos no consiguieron hacerlos suficientemente reales.

El Estado mexicano no puede continuar simplemente “administrando” el daño y aceptando la continuidad de la maldad que se expresa y se sintetiza en el reclutamiento de niñas y niños. Detener este cruel fenómeno exige recuperar la obligación elemental de evitar que ninguna niña o niño pueda encontrar un lugar que le dé sentido, en una organización dedicada a producir destrucción y muerte.

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Investigador del PUED-UNAM

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