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Cuauhtémoc Cárdenas, y la templanza necesaria

Con la muerte de Cuauhtémoc Cárdenas, México pierde una figura cuya autoridad moral se fundó siempre en la congruencia entre su palabra y su vida. En el contexto político mexicano, en el que el lenguaje se desgasta y se vulgariza permanentemente entre la demagogia, la confrontación y el encono, esa correspondencia constituye un patrimonio moral invaluable. Su ausencia nos deja ante una pregunta que debemos responder con premura: ¿Qué estamos haciendo para que la congruencia, la integridad y la escucha encuentren continuidad entre nosotros?

Escrito por:   Mario Luis Fuentes

Tres cualidades permiten comprender la excepcionalidad de su trayectoria. La primera es la congruencia, esa difícil continuidad entre lo que se afirma y aquello que se está dispuesto a sostener cuando llegan los costos. La segunda es la consistencia ética: conservar criterios de conducta a través de circunstancias que invitan a modificarlos por conveniencia. La tercera es la capacidad de diálogo, cuyo fundamento más profundo reside en saber escuchar. Reunidas, estas disposiciones hacen de su biografía una enseñanza pública.

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La congruencia tiene una dimensión temporal que solemos olvidar. Un gesto digno puede pertenecer a cualquiera; pero sostener durante décadas una orientación reconocible exige trabajar sobre el propio carácter. En Cárdenas, la defensa de la soberanía, la justicia social y la democratización ofreció esa continuidad. La ruptura con el Partido Revolucionario Institucional, la lucha electoral de 1988 y su contribución a la apertura política pertenecen a una trayectoria desde la cual millones de mexicanos pudieron imaginar que las instituciones eran transformables y que México podía y merecía aspirar a una realidad cotidiana progresista.

Construir consistencia ética es una tarea especialmente ardua dentro de la política, particularmente en el caso mexicano. Aquí, las convicciones deben atravesar una larga trama de lealtades, ambiciones, negociaciones y urgencias que puede erosionarlas. Cada concesión encuentra su explicación; cada renuncia, una necesidad histórica que la disculpa. Frente a ello, la ejemplaridad de Cárdenas adquiere un relieve único. Su figura preservó una autoridad moral que obliga a cuestionarnos cuánto de nuestra tolerancia hacia la degradación pública procede de haberla aceptado como inevitable.

Escuchar exige una disciplina semejante. Implica admitir que la palabra ajena puede contener algo que nos falta, incluso -y, sobre todo- cuando procede del adversario. Quien escucha concede tiempo y reconoce una presencia. Hay en ello una responsabilidad elemental: permitir que el otro termine de decir quién es y qué reclama. La disposición de Cárdenas al diálogo daba a esa responsabilidad una expresión política inédita. Su serenidad permitía que las diferencias conservaran un espacio donde hacerse inteligibles.

Desde aquí puede pensarse su templanza. Y en ello conviene precisar el alcance del término aristotélico; y en Cárdenas podemos reconocer una forma política de esa medida: el gobierno de sí, la contención de la desmesura, la capacidad de impedir que el agravio o la ambición dispongan por entero de la conducta. Esa templanza adquiere una densidad cívica mayor cuando se acompaña de prudencia y justicia.

También Aristóteles distinguió entre la virtud del hombre bueno y la del buen ciudadano; su coincidencia plantea exigencias sobre el orden político mismo. Desde una lectura contemporánea, la vida de Cárdenas permite interrogar ese vínculo: cómo hacer que la rectitud personal contribuya a una comunidad más libre. El tránsito hacia la buena ciudadanía ocurre cuando las virtudes propias asumen obligaciones compartidas, aceptan límites y ayudan a construir instituciones en las que otros puedan ejercer su libertad.

Los reconocimientos que su muerte ha suscitado entre antiguos compañeros y adversarios permiten entrever una posibilidad de reconciliación. Figuras de fuerzas políticas enfrentadas han coincidido en reconocer su contribución democrática. Esa convergencia merece atención, aunque el homenaje y el duelo, por sí solos, difícilmente reparen nuestras fracturas. Pero nos muestra que todavía podemos reconocer una dignidad compartida a través del desacuerdo. En efecto, México conserva un lenguaje moral común, debilitado y tantas veces dilapidado, al cual una trayectoria congruente puede devolver credibilidad.

Mi padre, el General Raúl Fuentes Aguilar dio a uno de sus libros un título que aquí adquiere especial pertinencia: Constructores de México. La expresión contiene una tarea para nuestro presente. Necesitamos muchos más constructores de México: personas capaces de asumir la paciencia de lo común, de sostener acuerdos y de comprender que una obra pública sobrevive gracias al trabajo de quienes aceptan compartirla. Cárdenas pertenece a esa estirpe cuya herencia compromete a los vivos.

Formar ciudadanos de esa calidad requiere, sin embargo, una pedagogía democrática pública. La escuela participa en ella, pero también los partidos, las universidades, los medios y las instituciones. Cada ejercicio loable del poder educa: enseña el funcionario que explica una decisión, quien reconoce un error, quien acepta la crítica y quien cumple una promesa. También educan, pero en dirección contraria, la humillación o el rechazo a la disidencia, la tolerancia a la corrupción y el premio a la deslealtad. La ejemplaridad vuelve así, perceptible la exigencia ética de mantenerse en la prudencia entre las dificultades y retos de la vida pública y la responsabilidad cívica.

Por eso figuras como Cárdenas son rara avis. La complejidad de la disputa política vuelve excepcional una continuidad ética de semejante alcance. Honrarla exige conservar abierta la posibilidad de aprender de ella, con el juicio que merece toda trayectoria humana. El homenaje más fecundo consistiría en multiplicar las condiciones de esa ejemplaridad: hacer del diálogo una práctica, de la congruencia una exigencia y de la templanza una responsabilidad pública. Ante su muerte, México queda obligado a preguntarse quiénes aprenderán a construirlo y qué somos capaces de enseñarles con nuestra propia conducta.

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Investigador del PUED-UNAM

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