Digger es una película incómoda porque no solo señala a los magnates y a los políticos. También nos señala a nosotros.
Hace unos días fui al cine a ver Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu, con la fotografía de Emmanuel “El Chivo” Lubezki y un reparto encabezado por Tom Cruise, acompañado de figuras como John Goodman. Sabía que se trataba de una película controversial, de esas que dividen al público y a la crítica. Después de verla, puedo decir que no me gustó: me encantó.
Escrito por: Guillermo Ramírez Rentería
No pretendo hacer una crítica de sus virtudes técnicas ni cinematográficas. Me interesa algo distinto, entender el incómodo mensaje que deja sobre la sociedad en la que vivimos y, en particular, sobre nuestra responsabilidad frente a un mundo que parece dirigirse hacia el desastre.
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La historia gira en torno a Digger Rockwell, un magnate petrolero del sur de Estados Unidos cuya ambición desencadena una catástrofe de alcance global. Las perforaciones de su compañía en Groenlandia provocan el desprendimiento de una gigantesca masa de hielo, con consecuencias devastadoras para Europa y el mundo. Rockwell, lejos de asumir plenamente su responsabilidad, se embarca en una misión desesperada para presentarse como el salvador de una humanidad que él mismo ha puesto en peligro.
Hasta aquí, pareciera una historia más sobre la codicia empresarial, el deterioro ambiental y la irresponsabilidad política. Sin embargo, considero que Iñárritu hace algo mucho más arriesgado, pues utiliza la figura de un magnate grotesco para colocar ante el espectador un espejo en el que difícilmente queremos reconocernos.
Estamos acostumbrados a identificar a los responsables de nuestros problemas. Sabemos que las grandes corporaciones con frecuencia anteponen sus ganancias al bienestar de la sociedad. También sabemos que muchos gobiernos protegen intereses particulares y que las decisiones de unos cuantos pueden perjudicar a millones de personas. Nada de esto resulta especialmente sorprendente.
Lo verdaderamente incómodo y, por tanto, controversial aparece cuando Iñarritu nos hace otra pregunta: ¿qué responsabilidad tenemos quienes conocemos estas injusticias y, aun así, continuamos viviendo como si fueran inevitables?
El sociólogo Stanley Cohen estudió un fenómeno particularmente útil para entender esta contradicción. En su libro States of Denial (2001), explicó que la negación no consiste necesariamente en desconocer los hechos. Existe una forma más sutil, a la que llamó negación implicatoria, en la que reconocemos que algo terrible está ocurriendo, incluso comprendemos sus consecuencias, pero evitamos asumir lo que ese conocimiento implica, moral y políticamente. En otras palabras, sabemos, pero preferimos no actuar.
Pensemos en nuestra vida cotidiana. Conocemos los efectos del calentamiento global, las enormes desigualdades económicas, las condiciones de explotación laboral y las múltiples formas de injusticia que atraviesan nuestras sociedades. Nos indignamos al escuchar las noticias, compartimos alguna publicación en redes sociales y expresamos nuestro descontento durante una conversación. Sin embargo, con frecuencia, después de ese breve momento de indignación, todo vuelve a la normalidad. La injusticia termina por convertirse en parte del paisaje de esta.
Y quizá allí radica uno de nuestros mayores problemas, pues hemos aprendido a convivir con situaciones que deberían resultarnos intolerables. No porque necesariamente seamos malas personas, sino porque la repetición de las tragedias puede volverlas familiares y porque pensar que nada cambiará termina funcionando como una justificación para no intentarlo.
El monólogo de Digger ante los dirigentes europeos representa, a mi parecer, uno de los momentos más potentes de la película. Su confesión funciona como un mea culpa que trasciende al personaje. De alguna manera, nos obliga a reconocer la distancia entre lo que sabemos, lo que decimos y lo que realmente hacemos.
Ahora bien, sería injusto afirmar que todos somos igualmente responsables de los problemas del mundo. No tiene la misma responsabilidad un magnate petrolero que toma decisiones multimillonarias que una persona que utiliza su automóvil para llegar al trabajo. Tampoco tiene el mismo poder un gobernante que un ciudadano que apenas logra satisfacer sus necesidades cotidianas.
Aquí resulta pertinente otra reflexión, esta vez de la filósofa política Iris Marion Young. En Responsibility for Justice (2011), Young distingue entre la culpa por una injusticia y la responsabilidad de contribuir a transformarla. Aunque no todos provocamos directamente los problemas estructurales, nuestra participación en la vida social puede generar responsabilidades políticas compartidas. Y estas deben entenderse considerando las diferencias de poder, privilegios y capacidad de acción.
Esta distinción es fundamental, pues no se trata de exculpar a los poderosos ni de trasladar sus responsabilidades a los ciudadanos. Se trata de reconocer que la transformación de una sociedad tampoco puede depender exclusivamente de quienes se benefician del orden existente.
Algo parecido encontré en ¡Que viva México!, la película de Luis Estrada. Después de años de satirizar a políticos corruptos, empresarios ambiciosos, medios manipuladores y organizaciones criminales, Estrada dirigió parte de su crítica hacia las contradicciones de la propia sociedad mexicana. La codicia, el oportunismo, los prejuicios y nuestra disposición a reproducir determinadas prácticas dejaron de ser atributos exclusivos de las élites.
No sorprende que este tipo de películas genere incomodidad en los espectadores. Es relativamente sencillo indignarnos ante un político corrupto o un empresario sin escrúpulos. Mucho más difícil resulta aceptar que, en nuestras relaciones cotidianas, también podemos reproducir algunas de las conductas que decimos repudiar. La sátira tiene precisamente esa virtud: mediante la exageración y el absurdo consigue mostrarnos aquello que preferiríamos no reconocer.
Por eso considero que Digger es una película extraordinaria por su provocación social. No porque ofrezca una solución a los grandes problemas contemporáneos, ni porque debamos aceptar todas sus decisiones narrativas, sino porque nos recuerda que reconocer una injusticia es una cosa y combatirla otra.
El mundo no necesita solo personas informadas o indignadas. Necesita ciudadanos capaces de organizarse, cuestionar las decisiones del poder, defender sus derechos, exigir responsabilidades y participar en la construcción de alternativas colectivas. La indignación, por sí sola, no transforma las estructuras que la producen. Ahí radica el valor de la propuesta de Iñarritu.
El detalle final de director me parece especialmente poderoso. Sin revelar su desenlace, diré que consigue dejar una aseveración flotando justo cuando termina la película: la película tiene más que ver con la vida de lo que nos gustaría reconocer; es el futuro más próximo que tenemos; es la realidad golpeándonos en la cara.
Quizá ese sea el mayor acierto de Digger: recordarnos que el horizonte está estropeado, pero que nuestra indiferencia no tiene por qué ser inevitable. Justo como el final de la película, ¡hay que despertar! Porque el verdadero problema no es que existan personas como Digger Rockwell. Es que hemos aprendido a vivir en un mundo donde reconocemos sus consecuencias, nos acostumbramos a ellas y, demasiadas veces, decidimos mirar hacia otro lado. Y acaso lo más peligroso no sea que estemos caminando hacia el desastre, sino que hayamos comenzado a considerarlo normal.
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