Un mundo disonante: por un lado, se celebra la llamada resiliencia global, y por otro se lamenta el incremento de las tensiones geopolíticas. Algunos festejan el gran impulso tecnológico y sus potencialidades, mientras otros alertan de sus riesgos y sobre todo del deterioro educativo y hasta cognitivo que están teniendo las nuevas herramientas digitales. En ciertos medios entusiasma la capacidad adaptativa, por ejemplo, ante los riesgos petroleros de los últimos meses, al tiempo que círculos más amplios alertan del retroceso del consenso climático.
Escrito por: Enrique Provencio D.
Así con otros grandes temas: hay un desentono que normaliza las crisis humanitarias, minimiza los riesgos y se fuga al futuro dejando pasar grandes problemas. Los organismos financieros internacionales, por poner un caso, identificaron recientemente que la economía mundial va mejor de lo que se esperaba, en comparación con los efectos que se habían estimado luego de que Estados Unidos aumentara tanto los aranceles, y meses después desatara la guerra con Irán, con el daño colateral del estrecho de Ormuz, el repunte de los precios del petróleo y su propagación a la inflación en buena parte del mundo.
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La buena nueva fue que, gracias a las medidas de eficiencia energética, al mayor aprovechamiento de las fuentes renovables y al uso de las reservas, en alguna medida se está amortiguando el estropicio causado tan lamentable como deliberadamente. Las regiones más afectadas tomaron medidas que complicaron su situación fiscal, como ya había ocurrido años atrás con la invasión rusa a Ucrania, pero al mismo tiempo tuvieron alivio con la creciente demanda, estimulada por las inversiones de equipamiento, microprocesadores, cables y muchos más componentes que necesita la economía de la inteligencia artificial.
Que haya resiliencia en la economía mundial es buena noticia, por supuesto. Con una desaceleración más intensa o con una recesión, padecería el empleo y se perdería poder adquisitivo, llevando a más población a la pobreza. Nadie quiere una nueva crisis y se tiene que hacer todo lo posible para impedirla. El problema es que sí hay una crisis: humanitaria, de guerras y amenazas, como la que nombra el Instituto Internacional de Estocolmo de Investigación para la Paz (SIPRI, por sus siglas en inglés).
En su anuario de 2026, el SIPRI define el panorama estratégico global como una disrupción generada por el resurgimiento de guerras interestatales y regionales, la intensificación de rivalidades entre estados tecnológicamente avanzados, la erosión del orden nuclear, el uso letal de nuevas tecnologías, el retroceso de alianzas estables y el desmantelamiento de la gobernanza global, entre otros factores. El resultado es el abandono del entendimiento liberal de la paz y del acuerdo ordenador de la postguerra y de la democracia, y su reemplazo progresivo pero sostenido por el poder (militar, económico, tecnológico y también el blando) y por la geopolítica.
Nada de esto, o casi nada, se deja ver en los reportes económicos recientes de los organismos financieros o de cooperación (FMI, BM, OCDE y otros). O, más bien, aparece sublimado como una variable de riesgo o incertidumbre a internalizar, y que se impone mitigar con diversas medidas comerciales, financieras, fiscales y otras. Así tiene que hacerse, claro está, y ocurrió tras la anexión de Crimea en 2014 o con la invasión a Ucrania. Ningún país, hasta donde le sea posible, se dejará arrastrar por las crisis.
Ahí está la gran disonancia global, justamente. La inseguridad humana y climática siguen avanzando a paso firme y a veces galopante, mientras el multilateralismo continúa declinando, también aceleradamente. Lo que gana terreno es la capacidad del poder geopolítico, donde también juegan la coerción comercial, financiera y tecnológica. Frente a todos transcurre una deriva de abandono de la coexistencia en paz, esa disrupción de la que habla el SIPRI.
Hay una gran desproporción en la manera que apreciamos las grandes fracturas que cuartean al mundo, y que nos afectan a todos los países. Se nota alivio porque la economía va más o menos bien a pesar de todo y el optimismo tecnológico por momentos se acerca a la euforia, aunque haya tantas advertencias sobre sus riesgos. La invasión de Ucrania, que ya va para cinco años, se ve más como una guerra simétrica que como una ocupación claramente violatoria de las reglas internacionales, y Estados Unidos exige en los hechos una rendición del invadido. La guerra contra Irán preocupa más, al parecer, por sus implicaciones petroleras, y no por lo que es realmente, un desastre. Y así con Palestina y otros, donde están ocurriendo catástrofes humanitarias.
Esta disonancia, por lo pronto, normaliza la disrupción geopolítica que avanza sin freno, y convierte el nuevo desorden global en algo tolerable si la economía se adapta y evita una crisis, si muestra resiliencia, aunque sea bajo tensión, si surfea aceptablemente las oleadas de presiones, si navega de forma pasable la incertidumbre. Como desproporción entre las preocupaciones y las prioridades, es una dolencia global que se agrava.
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