En la pasada semana, del 21 al 25 de septiembre, se realizó la Asamblea General (AG) 81 de la ONU. Las delegaciones, muchas encabezadas por jefes de estado, utilizaron la ocasión para comunicar sus mensajes nacionales (en la tribuna de la ONU en muchas ocasiones se le habla a los públicos nacionales, no al mundo) y para fijar sus posturas frente a la política internacional y la propia organización.
Escrito por: Enrique Provencio D.
El panorama que dejó la AG es perturbador, por decir lo menos. De nueva cuenta, pues también lo hizo en la reunión solemne en la que la ONU celebraba sus ocho décadas, el presidente estadounidense se presentó lanzando amenazas, agrediendo a otros países, despreciando causas humanitarias globales, y en pocas palabras, negando los principios y fines de la cooperación entre las naciones.
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Ahí se ufanó de su intención de arrasar una civilización entera, según avance la elección intermedia estadounidense, e hizo alarde del botín de guerra que obtuvo en Venezuela. De nuevo lanzó un mensaje contra cualquier medida que no guste a su administración, aunque cumpla con las reglas del derecho internacional, lanzó amenazas no solo para Irán sino también contra otros países, como México. En especial, atacó y se mofó de los esfuerzos de la ONU por cumplir con sus mandatos: a los integrantes del Consejo de Derechos Humanos los llamó “hipócritas cobardes”, por ejemplo, y de nuevo despreció a la UNESCO diciendo que promueve la destrucción de culturas.
En la misma línea se colocó el presidente argentino, diciendo que la ONU “se convirtió en una organización inútil que sólo sirve para alimentar una casta de parásitos, fatalmente arrogantes, disfrazados de burócratas bien intencionados”, y que “quienes deberían garantizar la seguridad colectiva y los derechos humanos fracasaron en la tarea y en su lugar permitieron el caos, la violencia y el terrorismo internacional”. La llamó “Leviatán burocrático”, que promueve imposiciones orwellianas, como la Agenda 2030 y la que le siga para 2045, a la que auguró el fracaso.
No todos los discursos siguieron esa línea, aunque sí hubo otros de tono parecido, quizá menos groseros, pero tampoco se apreció una defensa coordinada, clara y decidida de la ONU, del multilateralismo, de defensa de los bienes públicos globales. Al parecer, lo preferible fue enfocarse en exigir una reforma de la organización, que es indispensable, sin duda, en difundir mensajes parroquiales, o en aludir a temas que son importantes en el debate internacional, pero que no tenían implicaciones concretas en ese momento.
Las delegaciones se desentendieron, para todo fin práctico, del último mensaje del Secretario General, que pronto concluye su mandato, quien habló de la fractura global causada por la reconcentración del poder, por su transferencia hacia grupos oligárquicos y corporativos, y por la rendición humana ante las máquinas. Es un nuevo contexto que, siguiendo a António Guterres, choca irreversiblemente con la gobernanza acordada en 1945, y que camina hacia un mundo más fragmentado y fracturado, tenso, de cooperación más débil y mayor incapacidad para enfrentar las urgencias colectivas del cambio climático, las guerras, los riesgos tecnológicos de frontera, la protección de los derechos humanos.
Este es el escenario que está en curso, el de la gran fractura global. Hay otra ruta apuntada por el Secretario General saliente: la de una multipolaridad en red, interdependiente y sostenido por las conexiones entre los centros públicos y privados de poder global político, tecnológico, económico, pero regulado por un marco reformado de derecho internacional y normas aceptadas y compartidas. El dilema es contundente: fuerza y coacción ejercida por muy pocos, versus acuerdo y cooperación entre las naciones. O bien: la consolidación del poder geopolítico, militar, económico y tecnológico que sigue ganando terreno, versus la reparación de la fractura global con un multilateralismo reformado y fortalecido.
Las tareas pendientes agobian a la ONU y las nuevas se presentan con nuevos y más complejos retos. Justo durante la semana de la AG 81 se intensificó la confrontación sobre los modelos de regulación de la inteligencia artificial. Algunos directivos propusieron al Consejo de Seguridad un esquema de prevención cercano al que ha impulsado la Unión Europea, del que puede hacerse cargo la ONU. Al mismo tiempo, Estados Unidos y China reiteraron su rechazo a cualquier regulación que puedan interpretar como limitación al desarrollo de modelos más complejos de IA. Cualquier salida que tenga esta disputa será crucial no solo para anticipar los riesgos de esta nueva tecnología, y también lo será para el futuro de la ONU, para su capacidad de intervenir efectivamente en los grandes asuntos globales.
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