Un informe de Naciones Unidas advierte que el aumento de las temperaturas y las alteraciones de los ecosistemas marinos debilitan una función esencial para el clima. Fortalecer la observación científica y proteger manglares, praderas marinas y marismas figuran entre las prioridades.
México Social / Redacción
El océano absorbe alrededor del 30% de las emisiones de dióxido de carbono de origen humano y cerca del 90% del exceso de calor atrapado por los gases de efecto invernadero. Esa función ha amortiguado las consecuencias de las actividades humanas sobre el clima, pero está sometida a una presión creciente: el calentamiento y las transformaciones del medio marino reducen su capacidad para captar y almacenar carbono.
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Un nuevo informe elaborado mediante la colaboración del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la secretaría de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático advierte sobre este deterioro. Presentado en vísperas de la COP31, el documento señala una disminución cercana al 6% en la capacidad oceánica de absorber carbono.
La cifra describe un debilitamiento de esa función, no que el océano haya dejado de captar CO₂. La nota difundida tampoco precisa el período ni la referencia utilizados para calcular ese porcentaje, por lo que no permite interpretarlo como una caída anual.
“Durante mucho tiempo, el océano nos ha prestado un servicio inmenso en materia de clima, pero ese servicio está sometido a una presión creciente”, explicó Sara Traerup, autora principal del informe, en declaraciones a Noticias ONU.
El aumento de la temperatura actúa junto con cambios en la química del agua, la circulación oceánica y los ecosistemas. Cuando estos procesos reducen la absorción de carbono, una mayor parte del CO₂ permanece en la atmósfera y contribuye al calentamiento. Se configura así una relación que puede intensificar el problema: el cambio climático debilita uno de los mecanismos naturales que ayudan a moderarlo.
Comprender esa evolución requiere información que todavía es insuficiente. El informe identifica vacíos importantes de observación en los océanos Austral e Índico, en el Ártico y en numerosas áreas costeras. Estas carencias dificultan conocer con precisión cómo cambian los flujos de carbono y dónde se necesitan medidas de protección.
Por ello, una de las prioridades consiste en fortalecer los sistemas de observación, los sensores, la infraestructura de datos y los modelos científicos. Según Traerup, estas herramientas se encuentran entre las tecnologías oceánicas más desarrolladas y las inversiones más urgentes. Su utilidad radica en permitir el seguimiento de los cambios y ofrecer evidencia para orientar las decisiones públicas.
Una segunda línea de acción se concentra en los ecosistemas de “carbono azul”: manglares, praderas marinas y marismas que captan y almacenan carbono. De acuerdo con la información presentada, estos ambientes absorben unos 407 millones de toneladas de CO₂ al año.
Su conservación y restauración pueden ampliar esa contribución y generar beneficios para las comunidades. Estos hábitats protegen las costas, favorecen la biodiversidad y sostienen actividades de las que dependen numerosas poblaciones. Su deterioro compromete, por tanto, funciones climáticas y condiciones de subsistencia.
El informe también examina métodos de eliminación de dióxido de carbono en el medio marino, destinados a extraerlo de la atmósfera y almacenarlo de forma duradera. Estas propuestas presentan distintos niveles de desarrollo y mantienen incertidumbres que exigen investigación, seguimiento y regulación.
La autora principal advirtió que las tecnologías oceánicas deben acompañar la reducción de emisiones y la protección de los ecosistemas. Su posible contribución futura no elimina la necesidad de disminuir los gases de efecto invernadero que continúan acumulándose en la atmósfera.
Los pequeños Estados insulares en desarrollo enfrentan dificultades particulares. Aunque generan menos del 1% de las emisiones mundiales, se encuentran entre los territorios más expuestos a los impactos sobre los océanos y el clima. El documento pide facilitarles financiamiento, transferencia tecnológica y capacidades para desarrollar respuestas acordes con sus necesidades.
Entre las experiencias mencionadas figura Seychelles, que en 2015 alcanzó un acuerdo de conversión de deuda vinculado con compromisos de conservación marina. La operación permitió establecer un fondo para apoyar la protección oceánica, la resiliencia climática y actividades sostenibles relacionadas con el mar.
En el Pacífico, Fiyi, Papúa Nueva Guinea, las Islas Salomón y Vanuatu han recibido apoyo para cartografiar manglares y praderas marinas y evaluar el carbono que almacenan. Más de cien personas fueron capacitadas en estas tareas, con el propósito de aportar información a los planes climáticos nacionales.
El informe reconoce también los conocimientos de comunidades locales y pueblos indígenas sobre protección costera y manejo de recursos. Incorporar esa experiencia a la investigación y las políticas públicas puede mejorar las respuestas. Preservar la capacidad del océano para regular el clima requiere observar sus cambios, reducir las presiones que enfrenta y garantizar que las poblaciones costeras participen en las decisiones sobre los territorios de los que dependen.
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Fuente: Noticias ONU, a partir de la información proporcionada sobre el informe del PNUMA y la secretaría de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
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