Las paradojas del desarrollo en el Bajío. Capítulo III: población, hogares y migración - Mexico Social

Escrito por 5:00 am Agendas locales, bienestar, Contenido, Cultura, Derechos humanos, Desigualdades, Destacados, Migraciones, Niñez, Pobreza, Saúl Arellano

Las paradojas del desarrollo en el Bajío. Capítulo III: población, hogares y migración

Imagen de Cortazar antiguo.

Este es el tercer capítulo del ensayo que se está publicando en entregas de capítulos, titulado Las paradojas del desarrollo en el Bajío. En los siguientes enlaces se encuentran los capítulos previos:

Introducción: https://www.mexicosocial.org/desarrollo-regional-2/

Capítulo I: https://www.mexicosocial.org/las-paradojas-1/

Capítulo II: https://www.mexicosocial.org/la-riqueza-2/

Capítulo III

Escribe: Saúl Arellano

3.1. Una región que crece mientras envejece

3.2. Crecimiento, estancamiento y capacidad territorial de retención

3.3. Migración y formación de hogares transnacionales

3.4. Los hogares como unidades de reproducción social

Corolario. La transformación del vínculo: matrimonio, divorcio y pluralización de la vida en pareja

Las transformaciones demográficas de una sociedad no ocurren solamente en el volumen y la estructura por edades de su población. Alcanzan también a las instituciones mediante las cuales las personas organizan la intimidad, la convivencia, los cuidados, la filiación y la transmisión patrimonial. Entre ellas, el matrimonio ha ocupado históricamente un lugar singular porque articula una relación afectiva con un estatuto jurídico y una expectativa social de duración. Examinar sus cambios permite observar una dimensión de la reproducción social que permanece parcialmente oculta cuando el análisis se limita a hogares, población o mercados laborales.

En los trece municipios estudiados existe una transformación secular muy clara. En 1993 se registraban 9.42 matrimonios por cada mil habitantes; en 2024 la tasa se sitúa en 4.69. La reducción es cercana a 50%. El fenómeno no distingue radicalmente al Bajío del resto de Guanajuato: en los otros 33 municipios la tasa pasa de 8.88 a 4.45, mientras el conjunto estatal desciende de 9.01 a 4.50. Estamos, por tanto, ante una transformación de escala estatal que atraviesa a la región y no ante una singularidad local.

La regularidad municipal refuerza esta interpretación. Doce de los trece municipios presentan en 2024 una tasa bruta de matrimonios inferior a la de 1993. Santiago Maravatío constituye la excepción, aunque su reducido tamaño poblacional y el pequeño número de acontecimientos producen una volatilidad que impide conferir al caso el mismo peso interpretativo que a Celaya, Salvatierra o Acámbaro.

El descenso tampoco ha sido lineal. Una exploración segmentada de la serie anterior a la pandemia identifica alrededor de 2011 un cambio en su pendiente. Hasta entonces la reducción regional era del orden de 0.22 matrimonios por mil habitantes cada año; posteriormente continúa descendiendo, pero a un ritmo considerablemente menor. El ejercicio identifica una inflexión estadística, no una causa histórica: cambios jurídicos, demográficos, culturales y económicos pueden confluir en ella y requerirían análisis independientes para establecer mecanismos.

El año 2020 debe separarse de esta tendencia. La tasa regional cayó desde 4.99 en 2019 hasta 2.89, una disminución superior a 40%, consistente con las restricciones extraordinarias que afectaron la celebración y registro de matrimonios. La recuperación posterior confirma su carácter excepcional: en 2022 la tasa había vuelto a 5.04. Sin embargo, para 2024 se encontraba nuevamente en 4.69. La pandemia alteró el calendario de formalización de muchas uniones.

La trayectoria del divorcio recorre una dirección muy distinta. En el Bajío, la tasa territorial pasa de apenas 0.13 divorcios registrados por cada mil habitantes en 1993 a 1.47 en 2024. En términos de magnitud es más de once veces el valor inicial. En los restantes municipios aumenta de 0.20 a 1.10 y para Guanajuato en su conjunto de 0.18 a 1.18.

También aquí la trayectoria contiene rupturas. Antes de la pandemia, un procedimiento exploratorio identifica alrededor de 2012-2013 una aceleración considerable de la pendiente de crecimiento de los divorcios registrados. Para el Bajío, la tasa aumentaba aproximadamente 0.045 unidades por mil anuales antes de ese punto y alrededor de 0.16 después. No debe confundirse este resultado con una demostración de cambio cultural ocurrido exactamente en 2012: las modificaciones del derecho familiar, de los procedimientos administrativos y judiciales, de la accesibilidad al divorcio y de los patrones sociales de separación forman parte del universo explicativo.

Más importante aún, la tendencia reciente desaconseja describir el divorcio como un fenómeno simplemente ascendente. En el Bajío alcanza 1.99 registros por mil habitantes en 2019, cae a 1.34 durante 2020, retorna a 2.03 en 2022 y disminuye posteriormente hasta 1.47 en 2024. Continúa muy por encima de los niveles de los años noventa, pero los últimos años no muestran una expansión lineal e indefinida.

La relación entre ambos flujos ayuda a observar la magnitud de la transformación, siempre que se interprete correctamente. En 1993 se registraban en los trece municipios aproximadamente 1.4 divorcios por cada cien matrimonios celebrados durante ese mismo año; en 2010 eran 15; en 2019, 39.9; en 2020, 46.3; en 2022, 40.3, y en 2024, 31.4. La elevada cifra de 2020 muestra precisamente por qué este cociente no puede convertirse en “probabilidad de divorcio”: aquel año se desplomó el denominador -los matrimonios- por una perturbación administrativa y sanitaria extraordinaria. Ninguna de estas cifras significa que 31 o 46 por ciento de quienes contrajeron matrimonio ese año se divorciaran.

Lo que sí puede sostenerse es que la relación entre los flujos institucionales de entrada y salida del matrimonio ha cambiado radicalmente. Este cambio conduce al problema filosófico. El matrimonio no es únicamente un contrato entre dos voluntades privadas: establece un vínculo reconocido mediante el cual la vida de los individuos se incorpora a una institución de reciprocidad, cuidado y pertenencia. Precisamente por ello, la transformación de sus condiciones de entrada y salida no constituye un asunto meramente privado. Habla de las formas históricas mediante las cuales una sociedad organiza y legitima la intimidad.

La modernidad ha modificado esas condiciones de legitimidad. La permanencia del vínculo posee hoy menos posibilidades de justificarse exclusivamente por la presión familiar, el estigma, la dependencia económica o la dificultad jurídica de terminarlo. Este desplazamiento puede interpretarse desde la teoría del reconocimiento de Axel Honneth: las relaciones afectivas constituyen una esfera decisiva para la formación de la autoconfianza individual porque en ellas una persona espera ser reconocida en su singularidad. La duración adquiere entonces un fundamento distinto. Una relación permanece legítima mientras conserva, en alguna medida, las condiciones de reciprocidad y reconocimiento que hicieron posible el vínculo.

Esto no convierte al divorcio en un indicador de emancipación. Una separación puede expresar violencia, deterioro del reconocimiento, pérdida, desigualdad, precariedad o ruptura de responsabilidades compartidas. Pero tampoco puede considerarse automáticamente evidencia de decadencia institucional. La posibilidad real de salir de una relación constituye asimismo una condición de libertad, particularmente cuando la permanencia depende de asimetrías económicas, coerción o violencia.

La ambivalencia es fundamental. Una institución puede perder estabilidad coercitiva y, al mismo tiempo, ganar legitimidad democrática. La sociología de la intimidad permite situar esa ambivalencia en un proceso más amplio. Anthony Giddens describió el desplazamiento hacia relaciones cada vez más reflexivas, cuya continuidad depende en mayor medida de la satisfacción que ofrecen a las personas participantes. Beck y Beck-Gernsheim identificaron una paradoja semejante: mientras las biografías se individualizan y las normas heredadas pierden fuerza, la búsqueda de amor, intimidad y pertenencia no desaparece; adquiere incluso una centralidad mayor. Cherlin ha conceptualizado este proceso como una progresiva “desinstitucionalización” del matrimonio: no necesariamente su desaparición, sino la reducción del monopolio normativo que durante largos periodos tuvo para ordenar la vida adulta, la sexualidad, la convivencia y la filiación.

Los datos del Bajío permiten observar una expresión concreta de este proceso, pero también establecer sus límites. El Censo de 2020 muestra que entre la población regional de 12 años y más aproximadamente 43.3 por ciento estaba casada y 12.6 por ciento vivía en unión libre. Sumadas, ambas condiciones alcanzan cerca de 55.9 por ciento. En los otros 33 municipios la proporción conjunta es prácticamente la misma: 55.2 por ciento. Cerca de una tercera parte de la población regional permanecía soltera, 5.9 por ciento estaba separada o divorciada y 5 por ciento era viuda.

La caída de los matrimonios registrados, por tanto, no puede equipararse a una desaparición de las relaciones de pareja. Lo que parece estar debilitándose es el monopolio de una forma jurídica particular sobre la organización de la convivencia. El componente generacional resulta todavía más revelador. Entre las personas de 20 a 24 años que en 2020 estaban casadas o vivían en pareja en los trece municipios, 61.2 por ciento se encontraba en unión libre y 38.8 por ciento casada. Entre los 25 y 29 años la participación de la unión libre desciende a 42.4%; entre los 30 y 34, a 30%; y entre los 35 y 39, a 22.7%.

Parte de ese patrón puede corresponder al ciclo de vida: convivencia primero, matrimonio después. Pero incluso bajo esa interpretación el dato tiene importancia sociológica, porque muestra que para una parte mayoritaria de las parejas jóvenes la constitución de una vida común ya no requiere como condición previa la formalización matrimonial.

Además, la semejanza con los otros 33 municipios es notable. Entre quienes viven en pareja de 20 a 24 años, la unión libre representa 61.2 por ciento en el Bajío y 60.2 por ciento fuera de él. El fenómeno vuelve a aparecer como transformación guanajuatense -y probablemente más amplia- antes que como peculiaridad regional.

Desde la perspectiva de la reproducción social, esto modifica la manera en que debemos comprender a las familias. La institución familiar no se está reduciendo a una única forma ni desapareciendo con la disminución de matrimonios. Se pluralizan los itinerarios mediante los cuales las personas constituyen relaciones de pareja, las mantienen, las terminan y eventualmente forman otras. Matrimonio, unión libre, separación, divorcio, viudez, hogares unipersonales y nuevas uniones forman parte de trayectorias vitales que no pueden ordenarse ya mediante una secuencia institucional única.

La dimensión de género impide, sin embargo, celebrar esa individualización sin reservas. En el Bajío, las mujeres de 12 años y más aparecían en 2020 con mayor frecuencia como separadas o divorciadas -alrededor de 7.3 por ciento conjuntamente- que los hombres, para quienes la proporción era cercana a 4.3 por ciento. La viudez presentaba una distancia aún mayor. Parte de esas diferencias responde a estructura etaria, longevidad, patrones de nueva unión y otros mecanismos que estos datos no permiten separar. Pero recuerdan que la libertad para terminar un vínculo y los costos de hacerlo no se distribuyen necesariamente del mismo modo.

Las relaciones de pareja continúan inscritas en estructuras económicas. La autonomía depende de ingresos; el cuidado requiere tiempo; la separación implica vivienda, patrimonio y reorganización doméstica; la presencia de hijos convierte una ruptura conyugal en una relación parental que debe continuar bajo nuevas reglas. Por eso, en los espacios en que la informalidad, la pobreza y la ausencia de sistemas públicos de cuidado son mayores, las decisiones íntimas están condicionadas por restricciones materiales que la retórica de la elección individual puede ocultar.

Por ello, la individualización descrita por la sociología contemporánea no debe entenderse como liberación de toda estructura. Las personas adquieren mayores posibilidades para definir su biografía, pero deben hacerlo dentro de mercados laborales, instituciones jurídicas, estructuras de género y sistemas de protección social desiguales. La pareja se vuelve más negociada en el momento mismo en que las condiciones materiales para negociar siguen siendo profundamente asimétricas.

Lo que los datos muestran pues, es una transformación de la arquitectura institucional de la intimidad, donde si bien la figura el matrimonio conserva un peso central, ésta ha dejado de monopolizar la lógica de formación de las parejas; la disolución legal se volvió mucho más frecuente que tres décadas atrás; las uniones consensuales ocupan un lugar especialmente importante en las edades jóvenes; y los itinerarios conyugales son más reversibles y diversos. La institución no desaparece, pero sí se modifica radicalmente el fundamento de su permanencia.

Este hallazgo completa el argumento del capítulo. La reproducción social del Bajío no ocurre únicamente mediante empleo, migración, remesas, transferencias y hogares. Ocurre también a través de vínculos afectivos que distribuyen cuidados, recursos, obligaciones y posibilidades de autonomía. Su transformación forma parte de la misma modernización desigual que se ha identificado en la estructura productiva y demográfica.

Una región puede integrarse aceleradamente a circuitos económicos globales mientras sus instituciones íntimas cambian con temporalidades diferentes. El matrimonio puede perder centralidad normativa sin que desaparezca la necesidad de cuidado y pertenencia; el divorcio puede hacerse más accesible sin que desaparezcan las desigualdades que condicionan la salida; la unión libre puede ampliar las formas de convivencia y, al mismo tiempo, plantear nuevas preguntas sobre seguridad económica, derechos y protección social.

Por eso la nupcialidad pertenece plenamente al problema del desarrollo. Nos recuerda que reproducir una sociedad significa también construir las condiciones bajo las cuales las personas pueden establecer vínculos, permanecer en ellos libremente, terminarlos cuando dejan de ser habitables y reorganizar la vida sin que esa decisión las condene a una vulnerabilidad desproporcionada.

Ese es, quizá, el punto donde la sociología de las familias vuelve a encontrarse con la filosofía social: en la pregunta por las instituciones capaces de articular intimidad, reconocimiento, libertad y cuidado en condiciones de igualdad.

Investigador del PUED-UNAM

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