“Nos falta crecer”. Este fue el mensaje claro de la Presidenta Claudia Sheinbaum este 19 de marzo, y lo apuntaló: “México puede tener mejores niveles de crecimiento”. Es un énfasis que no se había escuchado desde 2018 por parte de las más altas autoridades. Esto debe entenderse como la aceptación de que, tarde o temprano, el crecimiento económico es necesario para el bienestar, aunque no sea suficiente.
Escrito por: Enrique Provencio D.
En estos últimos ocho años, lo que predominó fue la reiteración de que durante décadas la expansión del producto fue desigual social y regionalmente, no se tradujo en bienestar para todos, fue dañino para el medio ambiente, no redujo la pobreza y generó una estructura cada vez más dependiente del exterior. Se dejó claro lo que no debe ser, pero quedó al aire lo que debe sí hacerse para que haya buen y suficiente crecimiento.
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Estas y otras expresiones, todas ciertas, se desplegaron en documentos oficiales, en discursos y declaraciones. Las acciones gubernamentales se orientaron desde entonces, principalmente, a los esfuerzos distributivos a través de los programas sociales y de la recuperación salarial, sobre todos de los mínimos. De hecho, el crecimiento, e incluso el desarrollo, se convirtieron en propósitos políticamente incorrectos, vergonzantes, proscritos de la agenda de lo que dio en llamarse el humanismo mexicano.
Ya en el Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 (PND) aparecieron referencias aisladas que, al menos, filtraron la idea de que es necesario impulsar políticas de inversión, fomento productivo, innovación, productividad y competitividad, en el marco del desarrollo compartido, justo, equilibrado y sustentable. Se estableció una meta de reducción de la desigualdad económica regional, y otra para llevar la inversión por arriba del 25 por ciento del producto interno bruto (PIB) a partir de 2028 y hasta el 28 por ciento al cerrar la presente década.
El Plan México (PM), que fue incluido en el PND como una sección final en calidad de visión de largo plazo, fue más explícito en la necesidad de impulsar estrategias de industrialización, con el fin de elevar el contenido nacional de las exportaciones, impulsar el dinamismo de regiones rezagadas, atraer más inversiones extranjeras, y, en resumen, promover el desarrollo. El PM y el PND terminaron duplicándose, no siempre de forma coherente, pero proyectaron un aliento de políticas productivas que ya hacía mucha falta, pero la mayoría de ellas sigue en veremos, aunque estén omnipresentes en declaraciones y hasta en decretos varios.
Mientras tanto, la inversión, el medio principal para impulsar ambos planes, trastabilló con estruendo en 2025, su año inaugural: la total se contrajo 6.3 por ciento durante el año, con caídas todos los trimestres, y fue el componente que más influyó en el mal desempeño económico. Por su parte, la inversión pública tuvo algo más que una baja, experimentó un desplome de 28 por ciento en al año, comparando con 2024.
Desde hace más de 20 años, en algunos círculos se exploran las razones por las que México crece tan poco. Se sigue debatiendo, y siempre se postula que solo con más inversión privada y pública, crédito a las empresas, mejor ambiente regulatorio, confianza institucional, innovación, seguridad y certidumbre, entre otros aspectos, podrá conseguirse una mayor expansión productiva y del empleo. Los énfasis cambian a veces de un periodo a otro, pero la inversión siempre se coloca como el elemento clave. La Presidenta lo recuperó así desde principios de febrero, cuando se lanzó Plan de Inversión en Infraestructura para el Desarrollo con Bienestar 2026-2030, y se formó el Consejo de Planeación Estratégica de la Inversión.
Sigue estando por verse si la principal herramienta que el Gobierno Federal se redirecciona. Lo que hasta hace poco se confirmó es que la inversión pública seguirá con un nivel muy bajo al menos hasta 2030, por lo que se entiende que el llamado al sector privada bajo esquemas de coinversión, sea la única salida posible para estimular el crecimiento, sin el cual el empleo continuará por debajo de lo que necesitamos. Se trata, y no hay otra vía realista, de la fórmula histórica de la economía mixta, que en buena hora se reivindica.
No habrá en el futuro muchas oportunidades para conseguir mejores niveles de crecimiento si no se detona la inversión. De hecho, desde el punto de vista demográfico la presente década será la última en la que el crecimiento podrá ser impulsado principalmente por el aumento de la población en edad de trabajar, que ya se encuentra en descenso como motor de la expansión económica. Ya a partir del próximo decenio, y cada vez más en adelante, serán tres los factores determinantes de la prosperidad: la productividad del trabajo, la innovación y la dotación de capital por trabajador. Son, precisamente, las tres áreas en las que hemos venido acumulando rezagos e incluso retrocesos. “Nos falta crecer”, en efecto.
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