Progresistas del mundo
Los pasados días 17 y 18 de abril se reunieron en Barcelona líderes políticos, académicos y miembros de organizaciones civiles y sociales en torno a dos encuentros: la Movilización Global Progresista y la Reunión para la Defensa de la Democracia. Interesa subrayar que se trató de citas distintas para significar los dos ejes con los cuales evaluar la convocatoria del presidente español y la participación de los jefes de Estado asistentes.
Escrito por: Alejandro Sahuí
De un lado se debe ponderar la vocación progresista-socialista de los gobiernos invitados, es decir, lo relativo al eje económico. No solo su discurso sino su política social real: combate a la pobreza con medidas de empleo y salariales, pero además el acceso a la salud, educación, vivienda y servicios básicos, que están bajo permanente asedio de las políticas neoliberales.
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Del otro lado hay que enfocar un eje de índole política que contrasta democracia y autocracia, a través del cual se juzga la calidad del régimen, el sistema electoral y de partidos; derechos políticos como expresión, participación, garantías a disidentes, opositores, y movimientos sociales; así como el Estado de derecho, la división de poderes, los órganos de control y la rendición de cuentas.
A partir de esta cartografía se obtiene un panorama objetivo y crítico de ambos encuentros, se informa nuestro optimismo y pesimismo, de manera simultánea. Porque, si es verdad que el autonombrado progresismo o izquierda parecían en estado catatónico, y la reunión insinúa una vía y un nuevo signo de los tiempos con más conciencia social, no todos los participantes en cambio exhiben igual compromiso con los principios y valores democráticos.
El caso mexicano y la participación de la presidenta Claudia Sheinbaum ilustran este punto. El Informe sobre la Democracia V-Dem 2026: Desentrañando la era democrática, clasifica a nuestro país como una “autocracia electoral”. Esta categoría implica que México está en un episodio de autocratización que atañe directamente a esta administración y tiene que ver con la extinción de órganos autónomos como el INAI o el CONEVAL, con la reforma al Poder Judicial, la militarización de la Seguridad Pública, y que se dirige ahora a la reforma política y la captura del Instituto Nacional Electoral. Esta anunciada reforma es significativa porque a diferencia de las reformas electorales previas se ha impulsado abiertamente sin el consenso de los principales partidos, sin debate cívico, y porque posee una lógica hegemónica evidente.
A este episodio hay que sumar los ataques a la libertad de expresión, a periodistas, defensores de derechos humanos y del medio ambiente, líderes sociales y partidos de oposición. México es uno de los países más peligrosos del mundo para estos actores.
En contra de dicha libertad, el desprecio a la prensa y las voces críticas se ha hecho rutinario en el ritual presidencial de la mañanera, y se extiende por todo el aparato estatal nacional y local, como un estilo de mando que no admite señalamientos ni rinde cuentas. El ejemplo más reciente e ilustrativo de ello es el rechazo del informe del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada.
En estas circunstancias, no sé si el gobierno de México esté legitimado para hablar de defensa de la democracia en el exterior. El discurso de la presidenta Sheinbaum en Barcelona no pudo ocultar el dejo autoritario del falso y conocido dilema: “La libertad es palabra vacía si no la acompaña la justicia social”. Después de decir que ella venía en nombre del pueblo, expresó: “Creemos en la democracia, pero no la de las élites, sino la del pueblo”.
Es fundamental construir alianzas en el ámbito internacional, sobre todo en el contexto actual de incertidumbre. España, Brasil, México, Colombia y Uruguay por sus dimensiones y por su desarrollo pueden ser un referente para los países del llamado Sur Global, particularmente en la región latinoamericana, en donde avanzan partidos y movimientos radicales de derecha que nacen de la inseguridad, la fatiga democrática o las batallas culturales. Sin embargo, valdría la pena fijar estrictas credenciales democráticas dentro de estas alianzas.
En relación con el eje económico, entusiasma apreciar la formación y extensión de la agenda contra la desigualdad; contra los tecnoligarcas; y contra los arreglos fiscales que privilegian a los milmillonarios. Pero no es suficiente proclamarse progresista. Una izquierda auténtica debe comprometerse con la democracia, con la participación incluyente y la oposición plural, además del cumplimiento de los derechos sociales. Es la única ruta hacia la emancipación de las personas ciudadanas.
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