Para un niño, sobrevivir a un bombardeo puede ser apenas el comienzo de otra emergencia. La huida interrumpe la alimentación, aleja los servicios de salud y deja a las familias sin ingresos ni vivienda. En Yemen, la reanudación de los combates profundiza una crisis nutricional que ya amenazaba a millones de menores. La violencia continúa haciendo daño después de los disparos, cuando conseguir comida, agua y atención médica se vuelve una tarea incierta.
México social/ Redacción
Según la nota de Noticias ONU, más de uno de cada cuatro de los casi 2900 niños examinados en zonas con acceso humanitario seguro presentaba malnutrición aguda. Alrededor de doscientos padecían su forma grave. Estos resultados corresponden a los menores evaluados y no constituyen una estimación representativa de toda la infancia yemení. Su gravedad resulta, sin embargo, inequívoca: las brigadas encuentran necesidades urgentes entre quienes han conseguido llegar a lugares donde todavía es posible recibir ayuda.
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La dimensión desconocida de la emergencia exige tanta atención como la documentada. UNICEF señala que carece de acceso humanitario seguro y sin obstáculos a entre el 65% y el 70% de los niños, residentes en zonas controladas por los hutíes. Las dificultades para llegar hasta ellos restringen la atención y el conocimiento de sus condiciones. La ausencia de información suficiente no debe convertirse en una razón para reducir la urgencia de protegerlos.
En apenas tres semanas, cerca de 130.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares; aproximadamente 71.000 eran niños. Algunas familias permanecen atrapadas por los enfrentamientos, las carreteras bloqueadas o la falta de transporte. El desplazamiento puede llevarlas a campamentos donde faltan oportunidades para obtener ingresos y resulta difícil conseguir alimentos y medicinas. A la pérdida del hogar se suma así la imposibilidad de sostener la vida cotidiana con recursos propios.
El testimonio de la madre de Taha, un niño de cuatro años atendido en una clínica móvil, permite comprender esa experiencia. Tras huir sin pertenencias, su temor era perder a su hijo antes de encontrar ayuda. Su relato muestra la distancia que puede existir entre necesitar atención y alcanzarla: una distancia determinada por la guerra, el transporte y la disponibilidad de servicios.
Antes de esta escalada, se proyectaba que más de 2,2 millones de menores de cinco años sufrirían malnutrición aguda durante el año, más de medio millón en su forma grave. Sobre esa fragilidad se acumulan nuevas interrupciones sanitarias. La OMS informa que las operaciones de la ONU están suspendidas en noventa de los 105 distritos prioritarios del sector salud en el norte del país.
Proteger a la infancia exige restablecer el acceso humanitario, sostener la atención nutricional y sanitaria y garantizar condiciones seguras para las familias y el personal de ayuda. También requiere actuar sobre la violencia que multiplica estas necesidades. Las partes enfrentadas y la comunidad internacional deben responder por las condiciones que permiten o impiden esa protección. El futuro de los niños yemeníes depende de decisiones presentes: que la asistencia pueda llegar a tiempo y que sus familias dejen de huir de una amenaza para encontrarse inmediatamente con otra.
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