Bajo presión y en la incertidumbre - Mexico Social

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Bajo presión y en la incertidumbre

Mientras Trump anunciaba el fin de la guerra, Irán lo desmentía horas después e Israel continuaba bombardeando Líbano, para repetir lo mismo semana tras semana, en los últimos tres meses la economía mundial se desaceleraba, el riesgo global y las presiones inflacionarias crecían y la población en riesgo de sufrir hambre aumentaba. La inestabilidad tiene consecuencias concretas, y así lo están registrando cientos de millones de personas.

Un trimestre después de iniciada la guerra en Irán, con sus extensiones a Líbano y el Golfo Pérsico, la economía internacional está en su momento más crítico desde el segundo trimestre de 2020, con toda aquella carga del coronavirus, el encierro y el enfriamiento repentino de las actividades productivas, los servicios y el comercio que impuso la pandemia.

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No es que ahora se haya desatado una crisis generalizada, pero sí se registra una desaceleración que hará más difíciles las cosas para los países más pobres y rezagados, y que incluso afecta a regiones enteras, como la Unión Europea, que están lidiando con economías lentas y con precios al alza.

A principios de junio la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) estimó que de 2025 a 2026 el crecimiento mundial bajaría en 0.6 puntos porcentuales[i], afirmando que “el conflicto en Oriente Medio se ha convertido en el factor dominante que moldea las perspectivas económicas mundiales”. Días después, el 11 de junio, el Banco Mundial, presentó sus perspectivas económicas, con una previsión de crecimiento de 0.4 puntos porcentuales por debajo de 2025[ii].

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Diferencias de cálculo aparte, lo que se confirma es una pérdida que va más allá del decrecimiento, y que se prolonga en secuelas monetarias, bajas del poder adquisitivo, dificultades para comprar comida, cambio de las expectativas de inversión y otras consecuencias no calculadas en lo inmediato, pero que agravan la inestabilidad y a veces el estancamiento de países enteros. Es una disrupción cortesía de Donald Trump.

Según el Banco Mundial, los riesgos siguen creciendo “e incluyen la escalada de hostilidades, nuevas perturbaciones en los mercados de materias primas y tensiones geopolíticas adicionales, mientras que una mayor adopción de la IA ofrece algunas ventajas”. Hay pocos instrumentos para asegurar los flujos de petróleo y gas y para la seguridad energética y alimentaria global, y las presiones tensan las políticas nacionales para controlar la inflación, las tasas de interés, los espacios fiscales y la generación de empleos.

Todo esto último corresponde al diagnostico general, pero, a la vez, parece un retrato de lo que está ocurriendo en México, pues nos enfrentamos a un mayor subsidio a la gasolina que introdujo mayores dificultades para reducir el déficit público, las tasas de interés ya no seguirán a la baja, como adelantó el Banco de México, la inflación no se acercará a la meta del 3 por ciento anual, y los empleos nuevos no llegan ni a la mitad de lo necesario. Es cierto que buena parte de nuestra condición tambaleante se debe a factores internos, pero la desaceleración global no es ajena al bajo crecimiento en el que nos encontramos.

Además de las implicaciones inmediatas, el tropiezo de 2026 provocado por la torpeza de iniciar la guerra en Irán alejará la recuperación de los países menos desarrollados, que aún no superaban los efectos de la crisis del coronavirus. Por ejemplo, y si se excluye a China e India, los países emergentes en desarrollo terminarán 2026 un dos por ciento por debajo del nivel del de su producto por habitante que alcanzaron en 2019. Por su parte, los países en situaciones frágiles y afectados por conflictos, tendrán el presente año un nivel de producto por persona 17 por ciento menor que el de 2019.

Los puntos menos o puntos más de crecimiento, o incluso las décimas de punto, no son una simple medida estadística, pues cuando se combinan con menos empleo y productos más caros, ocurren consecuencias que pueden ominosas. Esto es lo que está ocurriendo con la comida.

Según la base de datos de Perspectivas Mundiales de Seguridad Alimentaria del Banco Mundial, en 2019 había 708 millones de personas bajo inseguridad alimentaria severa. La pandemia gravó las cosas y luego la invasión a Ucrania las empeoró. Para 2026 se estima que esa población llegará a 876 millones, y, según el escenario de base, podría rebasar lo 900 millones en 2029.

A mediano plazo no parecen ser muy buenas las expectativas, pues según las estimaciones de OCDE y del Banco Mundial, el crecimiento potencial seguirá a la baja. La única luz que se advierte, pero en medio de muchas dudas, es que la inteligencia artificial impulse la productividad, o, por lo menos, que siga generando grandes inversiones en centros de datos y en producción de equipos y chips de última generación, como de hecho está sucediendo.

No está claro, sin embargo, el efecto que tendrá la inteligencia artificial sobre la economía mundial, ni sobre los países en los que están ocurriendo esas inversiones, es un tema que está en medio del debate. Lo que tampoco está claro es si el efecto positivo, de ocurrir, se extenderá a la mayor parte del mundo.

Lo que ya se sabe es que las oleadas de innovación se asimilan de forma muy distinta, según las capacidades institucionales y educativas de los países, y que lo más probable es que en una primera etapa, la nueva ola de innovación amplíe la brecha entre países generadores y seguidores de las nuevas tecnologías asociadas a la inteligencia artificial.

Lo que por hora está ocurriendo es que la presión y la incertidumbre están jugando en contra de los países más rezagados, y en contra de las poblaciones más pobres. Es una consecuencia del deterioro global provocado por la guerra de Irán, por las ocurrencias de Trump y de sus aliados israelíes.

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