Escrito por 5:00 am Destacados, En Portada, Mario Luis Fuentes

Entre el cansancio y la furia

La furia es, de acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española, una forma de “ira exaltada”; un “acceso de demencia”; también, “violencia o agresividad”. Nuestro país vive, de forma prácticamente generalizada, atrapado por la furia del crimen organizado, el cual actúa literalmente de forma demencial y mantiene asoladas a comunidades enteras, las cuales, en el contexto actual, se encuentran entre el cansancio y la furia de los perpetradores de las más extremas violencias.

Sigue al doctor Mario Luis Fuentes en Twitter: @MarioLFuentes1

Llevamos ya ocho meses enfrentando a la pandemia de la COVID19. Nadie estaba preparado para un periodo tan largo; y lo peor es que aún faltan muchos meses para que esto termine. Habrá vacuna, nos han dicho, en el mejor de los escenarios, en diciembre; en el peor, en marzo del 2021. Para entonces, con la tendencia que llevamos, habría más de 150 mil muertes confirmadas, y alrededor de 300 mil si la cifra incorpora el llamado “exceso de mortalidad esperada”.

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El confinamiento genera cansancio, agota, provoca estrés, ansiedad, depresión y otros desórdenes de la personalidad; y en el plano existencial, la sensación de que no hay futuro; de que la vida se agota y podría concluir en el marco de cuatro paredes, enfrentando una muerte dolorosa, o bien, en una sala de hospital, en la soledad del frío de los respiradores y los medicamentos intravenosos.

A diferencia de lo que ha ocurrido en la mayoría de los países europeos, el repunte en el número de casos nos llega sin haber tenido siquiera un respiro; el personal médico no ha tenido momentos reales de descanso, ni físico ni mental; y la sociedad en su conjunto no ha tenido espacio para recuperarse del doble golpe que ha recibido: el de la emergencia sanitaria, y al mismo tiempo, el de la crisis económica, que está empobreciendo aceleradamente a millones de familias.

Por ello no sorprenden las multitudes que han salido a la calle a las iglesias con motivo del “Día de San Judas Tadeo”; y tampoco a las festividades de “Todos los Santos” y del “Día de Muertos”. Y es que quizá haya una parte de inconciencia ante el peligro inminente del contagio, pero al mismo tiempo y, sobre todo, la única puerta de fe y esperanza que les queda a millones para continuar dando sentido a la vida, aún en la adversidad.

No hay ningún indicio de que la violencia en los hogares se haya reducido; por el contrario, el confinamiento ha generado nuevas historias de maltrato y abuso, de separaciones, de rupturas en los círculos más íntimos de las familias; todo ello en medio de un sistema judicial desbordado y ahora doblemente saturado debido a lo arcaico de su equipamiento y procesos.

Por otro lado, la criminalidad no disminuye; y de pronto, nos enfrentamos una vez más, cara a cara, con la siniestra imagen de los cuerpos reducidos a menos que objetos; condenados al olvido de las fosas clandestinas: dada la magnitud de los hallazgos, los nombres de Salvatierra y Cortazar entran, parafraseando al famoso título, a la reciente historia de la infamia universal, pues frente al terror de los cuerpos desaparecidos casi a ras del suelo, se cifra algo más que la mera muerte y nos confronta una vez más incluso a un nivel civilizatorio.

¿Cómo vamos a salir de esto, en medio de un ambiente político polarizado, en el que las descalificaciones se disparan entre uno y otro bando todos los días, a todas horas? ¿Cómo reconciliar a un país dolido por la pobreza, las desigualdades, la discriminación y la maldad furiosa que recorre a amplias franjas del territorio nacional?

Las muertes siguen acumulándose por cientos de miles, y dada la desatención de padecimientos como el cáncer, la diabetes o las enfermedades del sistema circulatorio, nuestro país podría llegar a más de un millón de personas fallecidas, una cifra sólo comparable a la que algunos estiman como el saldo de la Revolución Mexicana hace más de cien años.

Urge ante ello que los ánimos se serenen; que la prudencia derrote a la hybris; que pueda imponerse una nueva etapa de paz; y que las y los responsables de hacerlo, construyan una nueva lógica política, de altura y a la altura de las circunstancias; porque México no puede seguir simplemente así, entre la furia y el cansancio, y mirando cómo se escapa el porvenir de una vida digna para millones de seres humanos.

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